Gran Hermano

espiaEl descubrimiento –o la revelación- de un sistema estadounidense de vigilancia electrónica de las comunicaciones en Europa, que se suma a otros episodios de vigilancia en aquel país, genera, además de estupefacción, una grave preocupación. Estupefacción doble. En primer lugar para aquellos confiados, aunque la mayoría sin llegar a la ingenuidad, que pensábamos que la Administración Obama oba a ser más cuidadosa con el respeto a la intimidad y los derechos individuales, dentro y fuera de los Estados Unidos, que cualquier otra posible, incluidas algunas europeas. Ya se ve que no, que la preocupación por la seguridad abate  garantías en cualquier sitio y sean los gobiernos del color que sean, que no por imaginado es la segunda estupefacción. Nótese que, junto a las quejas a Washington de la Unión Europea y de alguno de sus países miembros, se descubren ahora o se denuncian la existencia de otros programas de vigilancia sin respaldo legal, y con la justificación de la lucha contra el terrorismo, en varios países europeos. El Gran Hermano despliega aquí y allá a toda la familia, grandes y pequeños, y, paradójicamente para defender nuestra libertad, la hiere o acaba con ella reiteradamente.

No se trata de negar que el terrorismo, presente como grave amenaza y cada vez más sofisticado, requiere una actitud vigilante, instrumentos técnicos y legales de prevención y dedicación constante en su combate. Se trata, sin embargo, de que la batalla contra él no suponga la vulneración de los derechos y libertades que se pretenden salvaguardar. Europa, además de protestar y de ejercer una presión diplomática en Estados Unidos, necesita un marco legal de protección de la intimidad y de datos que va más allá, sin duda, de la limitación del Parlamento europeo a las pretensiones estadounidenses para con los viajeros. Nos falta un marco legal adecuado (adecuado contra el terrorismo y adecuado a favor de los derechos de los ciudadanos europeos) que no esté desfasado, como ocurre, por los avances técnicos y el desarrollo de las comunicaciones electrónicas. Ha pasado ya demasiado tiempo en el que, a pesar de las evidencias, no se ha avanzado en esta necesaria directiva europea. Si de algo puede servir la agresión denunciada de este espionaje estadounidense es para que la legislación de la Unión en la materia se acelere. Y que se aplique similar criterio garantista y e encuadre legal a los programas y sistemas de vigilancia de cada gobierno.

 

Rubalcaba

Los socialistas españoles buscan un nuevo líder para sustituir a Alfredo Pérez Rubalcaba. Discuten ahora cuándo y de qué manera organizar unas primarias para hacerlo, si debe haber unas o dos (es decir, distinguiendo el secretario general del partido del candidato a la presidencia del Gobierno), las relaciones que en este proceso debe haber entre el liderazgo un programa renovado y atractivo, etc. Pero el hecho es que, incluso los justificadores del papel de Pérez Rubalcaba, o al menos los que no explicitan una abierta, parecen convencidos de que el actual secretario general no es la persona adecuada para ganar unas próximas elecciones.

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Para unos, junto al José Luis Rodríguez Zapatero con el que le vincula la memoria, está ligado a los desastres del pasado o a la desafección de los votantes que se plasmó en las últimas elecciones que le dieron la mayoría absoluta al PP. Para otros no logra en las nuevas circunstancias, oposición y terrible crisis económica, un programa y un discurso creíble ni la formación de un equipo adecuado. Las periódicas encuestas abonan en pesimismo. Pero, aunque el proceso esté en una primera fase, no debe resultar fácil encontrar un sucesor o un sustituto. Nadie genera entusiasmo ni un razonable optimismo y, aunque una sensación de unanimidad sería tan imposible como inconveniente, ninguno de los nombres que se barajan da lugar a un debate razonable del que pudiera surgir una alternativa seria. Y cómo se barajan, además: no hay candidatos, hay personas –se dice- que “no rechazan serlo”, seguramente porque no disponen de un proyecto elaborado, porque todos son conscientes, incluso los que tienen pros, de tener también importantes contras, porque no estan convencidos de disponer hoy de los apoyos necesarios o de cómo serían juzgados en su inmediata obligación de encabezar una oposición a la derecha y un programa contra la crisis.

Lo que quiero subrayar, claro que desde mi personal punto de vista, es que estas circunstancias en que se quiere que aparezcan alternativas claras para suceder al líder actual (circunstancias, no la capacidad o valía de los candidatos), son las que juegan en contra de Pérez Rubalcaba. Las circunstancias son de diverso tipo. La socialdemocracia está en crisis antes incluso de la crisis económica. Sentía ya la necesidad de renovarse (o de repensarse), como ocurrió de modo paradigmático en Suecia, en Alemania, en el Reino Unido e incluso en Francia con Mitterrand en la presidencia de la República, ni siempre con éxito y con los mismos resultados. Y, en Europa, con la dificultad añadida de que muchos de los instrumentos tradicionales para una socialdemocracia clásica, dejaban de estar en manos de los Estados, o de los gobiernos nacionales, para instalarse, a menudo a trompicones, en las instancias europeas.

Pero, en el caso que nos ocupa, las dificultades de las circunstancias, tienen otro escenario que afecta directamente al PSOE. A Rubalcaba, en el juicio a su labor al frente del partido, un sector le empuja a estrategias más contundentes, más radicales, como las que aparecen en la calle para quejarse de las penalidades de la situación o enfrentarse al Gobierno. Desde esta perspectiva se le tacha de blando, de tomar una posición similar a la del PP, de no estar e sintonía con ese punto de vista nebuloso que se dice es el de la calle. Y otros le reprochan cualquier exceso en las formas opositoras o incluso que, a base de dejar claro que está en contra, no subraye aquello en lo que está a favor. “El PSOE es un partido de Gobierno”, dicen. La tensión entre una cosa y otra, presentada con la nitidez y las líneas gruesas de estos momentos, no es fácil de digerir ni de administrar. Entre ser una suerte de Gobierno en la sombra, al modo británico, o una agrupación de manifestantes lo que en el fondo se critica de Rubalcaba es una pose, un ademán estratégico, y menos una ideología o una trayectoria política. Y la pose que hay que tomar para desarrollar un proyecto es lo que parece asustar a sus posibles sucesores.

La discusión sobre si primero hay que elegir una persona y después un proyecto o al revés es inútil. No es posible separar una cosa de la otra. Habría que establecerlas coordenadas del trabajo de oposición encontrando una medida, no intermedia sino distinta, entre la radicalismo indignado y la complacencia pasiva. Lo que ocurre es que quizá sea imposible separando esta cuestión de las otras dos, y esto vale tanto para Rubalcaba (el mejor, a mi juicio, entre los nombres que se barajan, aunque su futuro esté condenado) como para los demás. O se establece –por liderazgo o por consenso- un núcleo de condiciones formales en los que desarrollar la política, el debate, el suelo de un programa que alguien encabeza, o todos –hoy y en el futuro- quedarán enterrados en la falta de aquellas, que se vuelven arenas movedizas. Si lo que no ha tenido Rubalcaba sigue faltando a su sucesor, terminará –y pronto- peor que él.

Consenso

Los graves problemas económicos y las trágicas consecuencias que conllevan para muchos individuos y familias, la constatación de que las políticas que se llevan a cabo implican sacrificios sin que se vean recompensados, al menos en el tiempo que se pretende, con soluciones, la confusión de las propuestas en un debate político en el que lo más llamativo es el enfrentamiento y la descalificación de los adversarios, los fallos en el comportamiento (o los delitos) de los políticos, llevan a una amplia frustración de la que, a menudo, se pretende salir con la sugerencia o demanda de pactos y consensos. Se sugiere que si no es posible es por intereses egoístas o por no enfrentarse a lo que sería un malentendido que debe ser resuelto.

La paradoja es doble. Los que se quejan de la tendencia –o la obligación impuesta- a los gobiernos de tecnócratas como modo de secuestrar la democracia parecen entender que la salida de la crisis es una cuestión científica, racionalmente establecida, que no se logra por el enfrentamiento político y personal de unos y otros. Y, por otro lado, los que reprochan que la política no responda a la exactitud de las propuestas de los programas electorales terminan sosteniendo que, más bien, deben responder no a lo que se prometió sino a algo parecido a la media aritmética de las promesas y no a la letra de aquellas.

La democracia supone la confrontación de ideas y propuestas. Se basa en el pluralismo y no en la homogeneidad y, de esa confrontación, se eligen –siempre temporalmente- las que más votos consigan. La democracia, asimismo, supone instituciones, es decir, conjuntos de reglas que deben ser respetados en el debate y en el Gobierno resultante.

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La exigencia de consenso en las decisiones políticas, en vez de procedimientos democráticos, no es defendible. En ocasiones, sencillamente, es imposible. En otras, vulnera la elección de los ciudadanos sobre quién y cómo debe gobernarse. Ahora se ha llegado a pedir (el ex presidente del Congreso Manuel Marín entrevistado por Victoria Prego en El Mundo) un Gobierno de coalición PP-PSOE, de vigencia limitada aunque para desarrollar un plan a largo plazo. La vigencia del pretendido plan no puede asegurarse porque depende, en cada momento, de la voluntad de los ciudadanos. Y la coalición, sean cuales sean los resultados electorales (en este caso, además, mayoría absoluta del PP), hace innecesarias las elecciones o limita la democracia al momento en el que las decisiones son sencillas y las circunstancias favorables.

Como defiendo que la democracia es pluralismo y confrontación política razonable recelo del consenso como pócima definitiva y me parece, más bien, que es un recurso psicológico ante los problemas: si están de acuerdo, acertamos… hasta que todos los partidos, o muchos, o los principales, se ponen de acuerdo en lo que no nos gusta, como ha ocurrido en España en tiempos recientes y mientras se alababa el consenso y la salvífica unión de todos.

Pero he hablado también de conjuntos de reglas, que son y conforman las instituciones. En este tema, que responde a lo que se suele llamar “consensos básicos”, sí es necesario el consenso lo más amplio y respetado posible. Instituciones, independencia de la Justicia, organismos de control…Y en este tema, sí que estoy de acuerdo con lo que dice Manuel Marín en la citada entrevista: “los partidos controlan con el mando a distancia a todos ellos: la Comisión del Mercado de Valores, la de la Energía, la de Telecomunicaciones, el Consejo General del Poder Judicial, el Tribunal de Cuentas, el Tribunal Constitucional. Así que todo el sistema institucional, como se dice en mecánica, ha gripado, ha dejado de funcionar normalmente por la invasión de la política y de los partidos”. Magnifica descripción de la “partitocracia” la de la imagen del mando a distancia, que es donde hace falta el consenso básico para terminar con él y que funcione la democracia.

Liderazgo

Es ya un tópico afirmar que, independientemente de la opinión de cada uno, el Gobierno del PP tiene “un problema de comunicación”. No puede negarse. Valga como ejemplo –uno entre tantos- la reciente comparecencia tras un Consejo de ministros  nada menos que de los titulares de Economía y Hacienda que sembró el desconcierto y acrecentó el desánimo de los ciudadanos. Quizá consciente de ello, el ministro de Economía acudió el lunes siguiente a una radio para explicarse y rectificar la impresión y logró que el titular más importante fuese la posibilidad de solicitar la eliminación de los billetes de 500 euros. Pero no es sólo un problema de comunicación.

Es, además, un problema de discurso, que no es exactamente lo mismo. Un discurso es un modo estructurado y pedagógico de explicar un programa o un plan. Y faltan, en el debate político, los planteamientos generales –es decir políticos- en los que, ante los ciudadanos se sustentan y se explican las actuaciones del Gobierno presentes y futuras. En política económica, que es la primera preocupación, y en todo lo demás en la que aquella se encuadra y se entiende.

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Cuando falta un discurso, fundado aunque sea discutible, no es posible el liderazgo, que sí es, en circunstancias graves, una necesidad palmaria. A veces parece que se pretende sustituir la confianza que exige el liderazgo por la fe (“Sabemos lo que hay que hacer y lo haremos aunque nos duela y desagrade..”) pero la democracia es un sistema de opinión pública y no el modo de actuar de una iglesia o de un opositor que se presenta más preparado que los demás, y el discurso democrático implica debatir, explicar, escuchar, insistir, convencer… Marcel Gauchet decía recientemente, refiriéndose al presidente Hollande y a Francia, que el discurso debía tener presente lo que preocupa y lo que entiende la ciudadanía (no solamente que se lucha contra el déficit sino por qué y para qué y cómo se utiliza el dinero que se reclama con los impuestos) y que las “apostasías”, los cambios en las promesas electorales previas, exigen explicaciones más detalladas y explicadas.

El problema del Gobierno del PP, sin negar otros, es un problema de liderazgo. El liderazgo político puede verse favorecido por una serie de habilidades pero, en una democracia, ninguna suple al empeño por convencer y generar confianza política e institucionalmente. Cuenta quién lo dice y lo que dice y, para ello, el PP necesita desquitarse de cuestiones que lo atenazan (corrupción, sobresueldos, contabilidad extravagante, etc.) y elaborar un discurso, no un dogma, razonable y creíble. No es fácil, pero sin un discurso así, razonable, explicable y creíble, la influencia en la sociedad y el liderazgo son imposibles.

La propuesta de Aznar

El expresidente Aznar tiene, lógicamente, todo el derecho a opinar sobre la actualidad política y a discrepar del Gobierno. Lo anoto porque desconfío de algunas interpretaciones acerca de sus sonadas manifestaciones en Antena 3 que pretenden enmarcarlas, única o fundamentalmente, en una suerte de desahogo subjetivo por considerarse preterido o no defendido ante acusaciones y sospechas. Quienes han hablado con él en los últimos tiempos aseguran que, sin enfados personales y otros motivos sobrevenidos , le han escuchado cosas muy similares a las que dijo en la famosa entrevista, que me parecen más propias de quien tiene una inmejorable consideración de si mismo que de quien se siente atacado. Sorprende, sin embargo, que en esta medida aparición pública, no haya ejercido, en el tono o en la mesura, el papel de presidente de honor del partido gobernante –que por ello puede intervenir en sus comités de dirección- o el de presidente de la Fundación del mismo, y sí el de discrepante aparentemente ajeno a la maquinaria partidista PP.

A3 ENTREVISTA A JOSÉ MARÍA AZNAR

Lo que me interesa, de todos modos, es el contenido de sus propuestas y, en concreto, dos asuntos: la rebaja de los impuestos como remedio (y como promesa electoral) y la hipotética acreditación de un modo de hacer, el que encabezó a partir de 1996, que sería no solo un legado sino un depósito doctrinal con una fórmula de validez eterna y universal para usar y lograr el éxito. El primero, que viene siendo moneda común en las propuestas de otros dirigentes populares y analistas, es una cuestión, cuando menos, discutible. Nadie puede acreditar que sea una constatación científica que el dinero resultante de menos impuestos sea destinado por los ciudadanos, en las actuales circunstancias, a incentivar la economía y el consumo y no al ahorro para reducir la deuda privada o para atender los previsibles nuevos impuestos si la deuda y el déficit no se limitan con urgencia. Y nadie puede sostener que, en la gravedad de la situación presente, una rebaja de impuestos ayudaría a la reducción del déficit que se nos exige y sin la cual es imposible un crecimiento sostenido. Y, además, al precio de un endeudamiento aún mayor.

“Haga lo que ya hicimos en el 96 y dio resultado” es una recomendación –o una pretendida orden- sin sentido. Ni las circunstancias, ni los problemas, ni los instrumentos son comparables. Si la crisis del 93 fue leve por las devaluaciones previas, instrumento luego imposible, algunos datos –a los que se podrían añadir otros- dan cuenta del abismo entre el panorama al que se enfrentó el PP de 1996 y el que ahora tiene que abordar el PP de 2013.  España disponía de la mitad de los fondos estructurales europeos, era el primer país beneficiario del Fondo de Cohesión y el segundo, tras Francia, de la PAC. El canciller Schroeder, un socialdemócrata dispuesto a reformas a las que en España nos resistimos, y ante algunas pretendidas lecciones españolas sobre ortodoxia presupuestaria, recordó el porcentaje del PIB español que suponían los fondos europeos dotados principalmente por Alemania. Desde el 94, y sin que esto suponga negar otros desajustes, España estaba en crecimiento. Se construían 300.000 pisos al año, que suponían empleo aunque con las consecuencias posteriores que conocemos. Las privatizaciones, que ayudaron en gran medida a la estabilidad presupuestaria, hoy no son posibles. La financiación, hoy, nada tiene que ver con la de entonces. Si esto no quita mérito a una política económica exitosa, la traslación a la crisis de ahora carece de todo fundamento.

El Gobierno de Rajoy asegura estar en una primera fase, reducción del déficit y reforma del sistema bancario, sin la cual sería imposible el crédito y el crecimiento necesario. Se puede discutir su política económica, desde los plazos al reparto de sacrificios entre los particulares y las Administraciones públicas. Se pueden discutir las previsiones, las reformas y la resistencia a algunas de ellas a base de inmediatos recortes. Se puede discutir todo, naturalmente, pero no oponer a este plan, en base al pasado, fórmulas que tienen mucho de coyuntura y nada de mágicas. El debate, el general y el particular en el seno del PP, debería ir, desde luego, por otro lado.

 

El poema del domingo (Seamus Heaney)

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SeamusHeaneyjpeg(Con el fin del año termino esta serie de poemas dominicales. No sé qué haré el próximo año, como siempre ocurre, pero no me refiero a si se cumplirán o no los planes sino, más bien, a que no tengo planes. Reproduciré poemas, anotaré lo que se me ocurra, pero no quiero comprometerme a una fecha fija ni conmigo mismo, porque estaré de aquí para allá, esperando desordenado el chaparrón o las nubes. Gracias, por tanto, a los que han seguido los poemas que me gustan y gracias también, claro, a los que, ocupados en otras cosas, no les han prestado ninguna atención)
Este último poema de 2012 es de Seamus Heaney, uno de los grandes en lengua inglesa, nacido en County Derry, Irlanda del Norte, en 1939. Estudió y luego dio clases en Belfast hasta que, agobiado –y angustiado- por la violencia entre católicos y protestantes, se trasladó a Dublin y más tarde a Harvard y a Oxford. El poema lo reproduzco de Campo abierto, publicado por Visor en edición de Jenaro Talens, el poeta del domingo pasado.

Lo que aparenta ser más fuerte ha sobrevivido a sus límites.
El futuro está con lo que se afirma desde abajo.
Estas cosas que nos corroboran cuando vivíamos
bajo la égida de nuestro furtivo patrón,
el ángel guardián de la pasividad,
ahora hunde un colmillo de amenaza en mi hombro.
Repito la palabra “abatido” a mí mismo
y me planto con la cabeza desnuda bajo las nubes de bancos
marginadas más y más con dorados relámpagos.
Añoro los golpes del martillo sobre las planchas repujadas,
el informe no comprometedor de los escálamos,
para saber que hay uno entre nosotros que no cedió jamás,
de todos sus instintos le decía surgió la acción correcta,
que aguantó su sitio en el indicativo,
cuya barca se elevará cuando caiga el chaparrón.

El poema del domingo (Jenaro Talens)

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jtalens24Jenaro Talens (Tarifa, 1946) es uno de los grandes poetas españoles vivos. A la admiración por su obra poética y crítica (ha escrito sobre historia y teoría literaria, sobre semiótica y teoría fílmica, además de sus constantes artículos de crítica en la prensa), debo añadir, aunque sea de pasada, mi gratitud por su talante amable. Hace ya años, sin conocerle de nada, le envié algunas cosas que había escrito y, cuando pensaba que estarían en alguna papelera, me las devolvió anotadas y llenas de sugerencias). Es un detalle que no olvidaré aunque sigo sin conocerle. Bueno, le vi en un avión rumbo a Estados Unidos, en cuyas universidades ha dado clases y ha sido y sigue siendo estudiado como uno de los importantes poetas de estos siglos XX y XXI.
Reproduzco el breve y magnífico poema de este domingo de la recopilación de su poesía de 1991 a 2006 que publicó Cátedra bajo el título Puntos cardinales.

TERRITORIOS DE UN CUERPO (II)

Déjame ser el huésped de tu boca,
la lentitud con que el calor recorre tu desnudo.
Soy como el frío de una noche desierta,
pronto a buscar cobijo en los derrumbaderos
donde hace el nido la melancolía.
Hay tanto resplandor, la luna es tanta
que me deslumbras con la calidez
de tu silencio, y me sumerjo en ti.
Nunca pensé una eternidad tan cerca.

El poema del domingo (Ted Hughes)

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Ted HughesTed Hughes nació en Yorkshire en 1930 y falleció en 1998, el año en que recibió la Orden del Mérito, cuatro años después de ser nombrado Poeta Laureado. Su obra poética es impresionante, traducida a casi todas las lenguas, estudiada y premiada. Su primer libro (Hawk in the Rain, 1957) ya apuntaba su interés por los animales, a los que volvería en muchas ocasiones, pero su vida y su obra está presidida por su matrimonio con la mítica poeta norteamericana Sylvia Plath, un amor tormentoso y dramático, que los envolvió a los dos hasta que Hughes la abandonara, y aún más allá hasta el suicidio de Plath, y que dio lugar a los mejores poemas de ambos. El poema de este domingo da muestra de ello.

CANCION DE AMOR

Él y ella se amaban
Los besos de él le succionaban todo su pasado y su futuro o eso intentaban al menos
Ella era lo único que a él le apetecía
Ella lo mordía lo roía lo chupaba
Quería tenerlo entero dentro de sí
Sano y salvo para siempre
Los pequeños gritos de ambos revoloteaban entre las cortinas



Ella lo escrutaba procurando que nada se le escapase
Clavándole con sus miradas las manos las muñecas los codos
Él la asía con fuerza para evitar que la vida
Pudiese arrastrarla desde aquel instante
Quería que el futuro cesase de golpe
Quería desmoronarse abrazado a ella
Precipitarse desde el borde de aquel instante en la nada
En la eternidad o en lo que hubiese
El abrazo de ella era una inmensa prensa
Con la que lo imprimía en sus huesos
Las sonrisas de él eran los desvanes de un palacio de fábula
Adonde el mundo real jamás llegaría
Las de ella eran picaduras de araña
Y él aguardaba inmóvil acostado a que ella tuviese hambre
Las palabras de él eran ejércitos de ocupación
Las risas de ella intentos de asesinato
Las miradas de él eran balas dagas vengativas
Las de ella fantasmas agazapados en la esquina con horribles secretos
Los murmullos de él eran látigos y botas de montar
Los besos de ella abogados escribiendo constantemente
Las caricias de él eran los últimos anzuelos de un náufrago
Las artimañas amorosas de ella el chirrido de unos cerrojos
Y los profundos gemidos de ambos se arrastraban por el suelo
Como un animal acarreando un enorme cepo



Las promesas de él eran un separador quirúrgico
Las de ella le quitaban la tapa de los sesos
Con la que anhelaba forjarse un broche
Él con sus votos le arrancó los tendones
Para enseñarle a hacer un nudo de amor
Ella con los suyos le arrancó los ojos para conservarlos en formol
En el fondo de su cajón secreto
Los chillidos de ambos se clavaron en la pared



Mientras dormían sus cabezas se quebraron como las dos mitades
De un melón partido, pero el amor es algo imposible de parar



En sus sueños entretejidos intercambiaron brazos y piernas
Sus cerebros se tomaron mutuamente como rehén



Al amanecer cada uno lucía el rostro del otro

El ministro lenguaraz

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Cristobal-MontoroMuchos medios de comunicación –por la situación general de crisis o por equivocaciones propias de gestión- pierden dinero. Muchos de ellos, por la imposibilidad de acceder a créditos o renovar ampliados los que tienen- deben dinero. Este drama ha llevado al cierre de algunos y a la reducción de plantillas de otros, un mal que afecta directamente a los trabajadores y que, sincera o retóricamente, lamentan todos.
En este escenario es, al parecer, en el que el ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro, ha encontrado un “argumento” para defenderse de las críticas a su gestión y a la del Gobierno. El miércoles, en el Congreso de los Diputados, el ministro se refirió a los medios que “dan lecciones de ética” sobre la amnistía fiscal y tienen “importantísimas deudas con Hacienda” y que deberían “en vez de dar tantas lecciones de ética a través de editoriales lo que tienen que hacer es pagar religiosamente los impuestos en los plazos pertinentes y colaborar de esa manera a corregir el déficit público y financiar correctamente los servicios públicos”.
La reacción del ministro de Hacienda es realmente sorprendente. O esperpéntica, además de insultante. Montoro, que en el Gobierno de Aznar fue un serio y esforzado ministro de Hacienda, ha vuelto al poder con un frecuente y desafortunado tono populista. Sus invectivas alcanzan un día a los grandes empresarios, a la oposición, a los infieles en sus filas, a los medios de comunicación y a todo aquel que discrepe de lo que ha hecho o de lo muchísimo que, prometido, le queda sin hacer. En un momento en el que el Gobierno de Rajoy necesita con urgencia dar explicaciones y asentar el liderazgo en momentos tan graves como los actuales, Montoro parece querer saciar su ira (lo que hace con muy poca fortuna) que colaborar con un proyecto que precisa pedagogía y buenas maneras.
Además, la reacción del ministro no tiene sentido. Si el deudor, cualquier deudor, debe callarse, el primero que debía hacerlo es el Gobierno porque las deudas públicas están también en la nómina de los que impiden que el país salga adelante, medios de comunicación incluidos.
Si a Montoro le molesta hasta la desesperación que su compañero de gabinete Luis de Guindos lo haga mejor debería decírselo al presidente Rajoy. O decírselo a si mismo. No, desde luego, dar estos espectáculos lamentables.

Lehendakari Urkullu

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Iñigo Urkullu, elegido hoy lehendakari con los únicos votos de su partido, se presentó ayer ante el Parlamento Vasco con un discurso calificado por los analistas como “moderado” y por los portavoces de los grupos de la oposición como “inconcreto”.

urkulluLa moderación se explica como contraposición al proyecto soberanista que Artur Mas sostiene incluso después del fracaso electoral con el apoyo de ERC. Efectivamente, el todavía presidente del PNV centró su discurso en la economía y, sin obviar las lógicas referencias de un nacionalista vasco a una “Euskadi dueña de su destino”, la referencia del programa de su partido a una reforma estatutaria en 2015 se quedó en un deseo sin fecha. Algunos han interpretado que este pasaje del discurso era consecuencia del fracaso de su amigo Mas, lo que sin duda ha influido pero tengo para mi que el resultado de las elecciones catalanas fue una confirmación de lo que ya Urkullu sabía por experiencia propia: un programa sustentado en un soberanismo rupturista, como el de Ibarretxe, ahuyenta votantes moderados y lleva a la crisis incluso a la propia militancia. Por ello moderó la campaña y, sin mayoría suficiente tras las elecciones, resultaba del todo absurdo empeñarse en acuerdos parlamentarios en esta cuestión. Urkullu tiene, sin duda, ánimo templado, pero ha sido desde hace tiempo el reconocimiento de la realidad el que ha hecho más moderado al PNV, salvo excepciones, en estas cuestiones.

Mientras Laura Mintegi, candidata de Bildu, tomaba el relevo y exponía en la cámara su proyecto independentista, Patxi López y Antonio Basagoiti recelaban y manifestaban sus dudas por el hipotético intento del nuevo lehendakari de “pactar con todos”: con unos la política económica, con otros la más o menos soberanista. Lo curioso es que si López, tan criticado por Urkullu en la pasada legislatura, piensa que el socio “económico” del PNV será el PP, este partido piensa que el socio del PNV para una reforma estatutaria sería el PSE-PSOE. Para enmarañar, o enmarañarse más, ha habido dirigentes socialistas que plantean una posible convergencia con Bildu en materia fiscal. Pero no tendría ningún sentido que, si el afán soberanista queda no eliminado pero sí aparcado, socialistas y populares no traten de negociar con el nuevo lehendakari una política eficaz y consensuada para salir de la crisis. El PNV, que va a gobernar solo ahora, anhela, en el fondo, un socio.