Sobre el neoliberalismo (II)

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Sigo escudriñando si el término “neoliberalismo”, tan de moda, responde entre los medios y estudiosos a una ideología o políticas concretas o es, como me temo (al menos en la mayoría de casos), de un dicterio utilizado en la retórica de las batallas políticas.

Protesters chant anti-government slogans during demonstrations at Tahrir Square in CairoVamos con otra entrega. En el número 996 de la revista El Siglo, con fecha 3-9 de diciembre, un ilustre especialista en movimientos sociales árabes, explica que “los movimientos islamistas no son revolucionarios, son movimientos de orden, conservadores, firmes defensores del capitalismo liberal en sus países y de los intereses políticos y económicos occidentales”. Imagino que no seré el único sorprendido pero, para lo que me interesa, hay que reconocer que habla de “defensores del capitalismo liberal” y no de “neoliberalismo”. Pero… un momento: este pasado verano, la periodista Olga Rodríguez, experta en revoluciones árabes, charla en Internet con los lectores de Público y les ilustra: “los Hermanos Musulmanes son una organización islámica moderada, conservadora en el plano político, neoliberal en el plano económico”. Acabáramos, neoliberal.

Así que, además de los habituales, hemos constatado en estas dos primera entregas que Mitterrand y los Hermanos Musulmanes son “neoliberales”, lo que no ha de extrañar dado el parecido que ambos tienen con Bush y otros famosos “neoliberales”. Pero, al mismo tiempo, en publicaciones españolas recientes, podemos leer que, en el libro Conflictos armados en el neoliberalismo del coronel Enrique Vega Fernández (del Instituto Gutiérrez Mellado), se identifica al islamismo y el indigenismo como las dos grandes resistencias al neoliberalismo (El Cultural, 2 de mayo de 2011). Y Matt Kennard, en The Guardian (traducido al español por la web rebelión.org en abril de este año, expone sus miedos por el futuro inmediato de Túnez “no a causa de los islamistas, sino por los neoliberales”.
Estoy seguro de que hay análisis razonables del tal “neoliberalismo” como una ideología o un determinado pensamiento político pero, por ahora, 2-0.

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Independencia y democracia

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Artur Mas (elec)La noche de las elecciones catalanas, Artur Mas hizo un descubrimiento –que expuso en su comparecencia pública- y yo confirmé dos, más antiguos. Uno de los míos ya lo tenía claro Mas y, por eso, había pedido una amplia mayoría, excepcional decían en CiU, para él y su partido y no para los partidos que querían la independencia o la convocatoria de un referéndum de “autodeterminación”. Una mayoría parlamentaria con éstos, que se consiguió, no servía, por la contradicción de sus programas en asuntos esenciales, para conseguir la salvación, la de un país al borde del abismo económico, y, con ella, el paraíso, la independencia. Ahora se las tendrá que ver con ERC para un acuerdo que no solo será, como dice Duran i Lleida, inestable, sino también poco razonable ideológica y políticamente. Quizá ahora siga el presidente catalán su camino de independentista, ahora despechado, pero se entiende muy bien que otros de sus compañeros, no menos independentistas, digan en voz más alta o más baja que, en estas circunstancias, es mejor “congelar” esas aspiraciones y dedicarse a la tarea, a la otra tarea.

El de Mas lo explicó muy bien al manifestar su asombro porque la manifestación del pasado 11 de septiembre, “inmensa”, “la mayor de la historia”, “muestra de un arraigado deseo del pueblo catalán”, etc., no se hubiera trasladado a las urnas. La diferencia entre la multitud y la mayoría es un viejo tópico de la politología que Mas, cayéndose de su caballo triunfal, descubrió de pronto porque la democracia, aunque no solo pero sí fundamentalmente, es una “forma” de organización política (y de convivencia) en la que se legitima el poder bajo el imperio de la ley contando votos y no “sintiendo” llamadas iluminadas en el seno de una multitud.
Bajo el imperio de la ley… El más grave problema que revela, a mi juicio, la pretensión independentista en Cataluña, la impulse solo Mas o en compañía de otros, es que se quiere sostener en un enfrentamiento pernicioso entre el principio de mayoría y el principio de legalidad (“no hay ley que pueda con la voluntad del pueblo”), concepción que desvirtúa la democracia porque no existe sin los dos. Puede, claro, modificarse la ley –y la Constitución- pero no saltársela a la torera. En el escenario independentista catalán, no solo el de Mas, parece que el respeto a la ley no tiene vigencia: si es posible el referéndum con la Constitución bien; si no, haremos nuestra propia norma. Y eso, desbaratar el principio de legalidad envuelto en la bandera y en una supuesta multitud, es precisamente lo antidemocrático

Casa de citas: el baile

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El baile mezcla en total armonía lo nupcial y la gimnasia inocente propia de una vestal. Si alguien se propone conocer y experimentar la imposibilidad europea para el amor, al tiempo que el esfuerzo de llevarlo a cabo contra viento y marea, tan solo tendrá que observar a una pareja bailando: el ambiente de tragicomedia salta a la vista. Esto es así para nosotros, pero no era lo mismo para Casanova. Para él, constituía su propio elemento vital; él sabía que el baile representaba el punto culminante de la relación entre el sexo y Europa, así que se sumergía en él, y salvaba de él, entre risas, todo lo que podía ser salvado. En el baile no existía ni “la moral cristiana”, ni tampoco “la libertad pagana”, tan solo existía la danza, misteriosa e irisadora. No existía ni vegetación bestial, ni sociedad refinada, tan solo existía un elemento para la felicidad: la danza, el carnaval.

(Miklós Szentkuthy, “A propósito de Casanova”, Siruela, Madrid 2002)

El poema del domingo (Luis Felipe Vivanco)

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Luis-Felipe-VivancoLuis Felipe Vivanco nació en 1907 en San Lorenzo de El Escorial y falleció en Madrid en 1975, el mismo año en el que obtuvo el Premio de la Crítica. Estudió en Madrid Arquitectura y Filosofía y Letras.
Su madre era hermana de José Bergamín y en la revista de este, Cruz y Raya, publicó sus primeros poemas. Al estallar la Guerra Civil se colocó del lado de Franco, escribió sus peores versos propagandísticos, quizá una de las causas de un cierto olvido en estos últimos 35 años, y formó parte del equipo de la revista Escorial con Rosales, Panero, Ridruejo, etc.
Olvidado o no, taciturno o no, Vivanco es un poeta notable, con una técnica depurada que se amolda con brillantez y una cierta melancolía a las emociones cotidianas, y hasta familiares, sobre las que escribe. Como muestra, el poema de este domingo, incluido en la antología Los caminos que Visor publicó en 1998.

ENGÁÑAME ASÍ

A Gonzalo Torrente Ballester

Engáñame así –un poco nada más- con minutos
suficientes de otoño, con el sol de la tarde
pausada entre las ramas de acacias despojadas,
y el color de sus hojas cobrizas, y los visos
de un horizonte apenas bosquejado en la niebla.
Engáñame en otoño con el fuego encendido
dentro de casa, engáñame con mis hijos que juegan
(y engáñales a ellos con sus juegos –enserio-,
con sus mal afilados lápices de colores
dibujando, acertando sin saber, descubriendo
su realidad de insectos, de árboles como arañas,
de niños con las piernas tan largas, y caballos
galopando –sus patas dobladas-, y gaviotas,
y fachadas de casas con caras asomadas
a todas las ventanas). Engáñame dejándome
pensar, dándome ganas de existir junto al fuego
de pobres pensamientos. Engáñame a diario
con las habitaciones de mi casa (y las horas
fijas de las comidas), y las horas –tranquilas
o agitadas- del sueño. Y otros sueños –despierto-
de otra casa en el campo, de otras habitaciones
más holgadas y el grueso bienhechor de otros muros.
¡Por favor, nunca dejes de engañarme, si creo
que están aquí mis hijos –pintando con sus lápices-
y que esta casa es mía, que es mío el horizonte!
¡Cuánto amor! ¡Cuántas ganas de dejar que me engañes!
Pero, ¿cómo he mirado tan ciego ¡si hay ideas!,
¡si hay grandes ideales: libertad y justicia!,
si hay peligro de muerte (de la nada acogiéndonos
más allá de la muerte del alma), y hay peligro
de que Tú no consigas siquiera engañarnos?
Ay, engáñame un poco (con muy pocos momentos
de semilla que muere). Calla y sigue engañándome
sin palabras, con ramas de este otoño a sabiendas,
sigue insistiendo en surcos repetidos del campo,
sigue dándome ganas de vivir engañado.

Raúl Guerra Garrido (“La estrategia del outsider”)

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Yo tenía la sospecha de que hay, en el tiempo, dos Raúl Guerra Garrido. Uno, outsider, enfadado con el mundo en el que, de tan imperfecto, no se sentía a gusto. Otro, sin dejar de ser un outsider, que descubría de pronto que en ese mundo tan arisco existían refugios para los extravagantes. Mi sospecha era que el cambio de uno a otro se había producido con la llegada de sus nietos. Ahora que publica La estrategia del outsider (Alianza, 2012) descubro que el libro comienza con sus nietos y termina con ellos. En las primeras páginas, uno de sus nietos, Lucas, saluda el nacimiento de su primo: “Roque, bienvenido a Madrid”, y otro, Martín, le corrige: “No, bienvenido a la Tierra”. En las últimas, el narrador sale a la calle a ver jugar a Roque, que tiene ya un año, al aire libre. Y a verlo sonreír, que es algo que hace continuamente.
Guerra Garrido LibroEn ese año entre nietos, Guerra Garrido nos cuenta “la vuelta al mundo de Naraya Sola”, la peripecia llena de ilusiones, afanes, duelos y desencantos de una brillante bióloga que termina trabajando de stripper (la utopía inalcanzable) y su acompañante Ausencio, que es ingeniero naval y quiere ser poeta. Y junto a esta historia, un apasionante flujo y reflujo de reflexiones, lecturas, anécdotas y recuerdos en los que el escritor se enfrenta a la vejez, con sus trabas, el mundo cambiante en el que a veces se siente extraño, la pérdida de memoria, etc., pero no pierde la pasión por la vida, que, por cierto, simbolizan muy bien los nietos.
Guerra GarridoSeguramente no hay modo mejor de escribir sobre todo esto –y Guerra Garrido lo hace de modo excelso, que la ficción. Recuerdo que, hace ya demasiados años, Javier Bello Portu y yo fuimos a San Sebastián a comer con Raúl. Era un 14 de marzo. Javier llevaba una novela del autor de La estrategia del outsider para que se lo dedicase y así lo hizo durante los postres. Ya de vuelta, hojeando el libro, leí que, bajo la dedicatoria, había escrito: “San Sebastián, 15 de marzo…”. “Se ha equivocado de fecha”, le dije a Javier. Y él, siempre sentencioso, me respondió: “No, la ficción de los novelistas es así, no recrea la realidad, la crea. Hoy ya será para siempre 15 de marzo”. Pero leo ahora que los sabios críticos discuten si esta última obra de Guerra Garrido, como ocurrió antes con Castilla en canal o La Gran Vía es New York, es o no una novela y si, con este tipo de libros, el autor, por muy brillante que sea (que lo es), se comporta como un novelista. No lo sé. Me viene a la memoria la famosa anécdota de Unamuno, que tuvo que acuñar el término nivola, cuando elogió con entusiasmo, ante sus colegas de Salamanca, a Rodó. “No es catedrático, don Miguel, no es académico”. “Es verdad –dijo el rector-, no es catedrático como nosotros. Pero, también a diferencia de nosotros, es un maestro”. Si Guerra Garrido no es, en este caso y en otros, un novelista, es siempre un maestro.
Y, por eso, se viaja muy a gusto, con Nayara, Ausencio, el autor y sus nietos, en esta vuelta al mundo del outsider por la ficción y la realidad hecha ficción. Invito a su lectura. Si el nuevo lector disfruta la mitad de lo que yo he disfrutado me lo agradecerá.

Sobre el “neoliberalismo” (1)

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Una de las curiosidades del termino “neoliberalismo” es que, quienes son incluidos en él por sus adversarios, no se identifican a si mismos como pertenecientes a esa supuesta corriente de pensamiento. No ha sido siempre así, pero entonces “neoliberalismo” significaba otra cosa. Apareció en la obra de von Mises (más exactamente en las traducciones, porque en el original alemán habla de “nuevo liberalismo”), inicialmente para designar a los socialistas que se hacen pasar por liberales y, después, para referirse al liberalismo después de la teoría subjetiva del valor, plato fuerte de lo que se llama “Escuela Austríaca”. Apareció también en el famoso coloquio organizado en París en 1938 por Walter Lippman que reunió a pensadores liberales al mismo tiempo apesadumbrados por el desprestigio y la confusión acerca del término “liberalismo” y partidarios de distinguirse de las políticas que habían sustentado el “viejo orden europeo”. Apareció en los años sesenta envuelto en la polémica académica ya que, para algunos, podía identificarse con la “economía social de mercado” y, para otros, era la doctrina liberal, posterior a la Escuela Austríaca, que se distinguía de aquella. Sin ningún carácter peyorativo, al publicarse en España la obra de Mueller-Armack, padre de la economía social de mercado, Trías Fargas escribe en el prólogo (1963): “La economía social de mercado quiere ser algo más amplio y práctico que la teoría neoliberal, con la que por otra parte coincide en los puntos principales”. Desde una perspectiva menos teórica y más pragmática en la disputa política, algunos católicos italianos, que querían compatibilizar sus ideas liberales con la doctrina social de la Iglesia, usaron el término para decir de ellos mismos que eran los “nuevos liberales” o los “neoliberales”.

morin hollandeAhora, es evidente, las cosas son distintas y mi impresión es que “neoliberalismo” se ha convertido, en el debate político y mediático en un dicterio, en el instrumento de un reproche, más que en una doctrina concreta e identificable. En el mejor de los casos, en un tropo dialéctico que toma el todo por la parte, o la parte por el todo, y que sirve para simplificar al adversario y combatirlo con más facilidad. Como esa es mi impresión, me propongo, a través de los debates actuales, los artículos de prensa o los libros recientes, confirmarla o, en su caso, renunciar a ella. Comenzaré hoy, brevemente, con un ejemplo que, por el momento la confirma.

Se acaba de publicar en España una conversación entre el filósofo Edgar Morin y el presidente de la República Francesa, François Hollande, que estaba a punto de serlo cuando el librito se publicó en francés: “Diálogo sobre la política, la izquierda y la crisis”. Hay que señalar que no es Hollande el que se refiere al “neoliberalismo”, sino Morin, que, como una réplica a su interlocutor, le pregunta si no fue Mitterrand el que “convirtió la sociedad francesa al neoliberalismo, con lo cual favoreció el desarrollo del capitalismo financiero” que Hollande, en su programa, criticaba. Un Mitterrand neoliberal es un hallazgo digno de mención para sostener la sospecha de que nada significa, salvo la constatación de que a Morin no le gustan algunas de las cosas que hizo o que, el día de la conversación, el filósofo quería deslizar algunas puyas que no le convirtieran en demasiado próximo al político y su ídolo del pasado reciente.
Mitterrand, en su primer mandato, nacionalizó bancos e importantes empresas, reguló la semana laboral y adelantó la edad de jubilación, incrementó sensiblemente el déficit con políticas sociales. En el segundo, entre otras cosas, instauró el salario social. Debe ser “neoliberal” para Morin, imagino, porque rectificó en buena parte las nacionalizaciones y, sin renunciar a gastos sociales y suntuosos, abrió el camino –solo el camino- a una cierta austeridad presupuestaria que permitiera la presencia en el Sistema Monetario Europeo y porque propició el euro y el Tratado de Maastrich, fondos de cohesión incluidos como el concepto de ciudadanía europea, que Francia ratificó en referéndum por escaso margen. Como se ve, una trayectoria similar a la de Tatcher o Bush, por citar, a otros “neoliberales”. El término, en este caso, sirve para zaherir (a Mitterrand y a otros), más que para designar una política o una ideología concreta. Seguiré con el partido. De momento, 1-0.

La Constitución

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CONSTI134 años de Constitución y creo que nunca ha cedido la discusión. Esta sí que es discutida y discutible. Pero el debate sobre la Constitución no es el problema, sino su contrario, es decir, el falso debate, que es, a mi juicio, el que abunda.
La Constitución, farragosa y poco concreta cuando debía serlo, no solamente es reformable sino también claramente mejorable. Lo que nos parecía ingenuamente que eran consecuencias de un espíritu de consenso (decenas de artículos escritos con ambigüedad poco calculada en los postres de una cena) se han revelado como fallos a corregir. Ocurre, sin embargo, que las propuestas de reforma que ahora se escuchan no parecen tener presente dos cuestiones fundamentales: que hay que tener claro qué y cómo se quiere cambiar y que es preciso conseguir, al menos, un consenso igual al de 1978. Por ejemplo, no deja de ser asombroso que, al proponerse –como se oye a menudo- un Estado federal, o la “federalización” del Estado autonómico, que se tilde de “cuasifederal”, no se explique con detalle hacia dónde exactamente quiere irse. Da la impresión de que, al preguntarse qué es eso –El Estado federal- se responde con un “bueno, lo estoy pensando”, que parece más una réplica, una cierta retórica para contentar provisionalmente a descontentos o nacionalistas, que una propuesta constitucional, que es –o debería ser- algo negociado, consensuado, propio de todos y no de un programa político concreto, aunque parta de él.
Los que, por otra parte, se aferran al texto vigente como a un dogma del que son los únicos intérpretes, se inclinan a menudo por resumir la batalla política de cada momento en el reproche al adversario de ir contra el espíritu constitucional o el espíritu de la Transición, que se identifican desde su punto de vista. Así, escucho cada vez más a menudo que su interpretación se basa en que la Constitución eliminó del escenario político para el futuro las cuestiones que, hasta ese momento, habían dividido a los españoles y, en consecuencia, cualquier propuesta, radical o no, que divida se convertiría en anticonstitucional. Esta añoranza de un falso y peligroso paraíso constitucional yerra, a mi juicio, de plano. Lo que la Constitución hace, y de ahí no su excepcionalidad pero sí su grandeza, no es eliminar cuestiones de debate, sino convertir estos en políticos y no en algo belicoso y dogmático, en temas de debate razonable y respetuoso, incluida la propia Constitución.
Si al menos unos y otros cumpliesen lo que dicta, para defender sus ideas o para reformarla… Pero eso tampoco.

Siria desde Europa

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Lo que con un eufemismo sangrante se llama “crisis Siria”, cuando se trata en realidad de una dictadura asesina, revela, a mi entender, una vertiente más, y no la menor, de la endeblez de la construcción europea y, por ende, la imposibilidad actual de fijar y llevar a cabo, no sólo en lo que al euro se refiere, objetivos y políticas comunes.
La Unión Europea ha sido incapaz desde el comienzo de las masacres ordenadas por Bashar al-Assad de reaccionar como la situación merecía, de socorrer a una población violentamente reprimida, de establecer una posición común. Se repite que, incluso desechando una intervención limitada, como la que se llevó a cabo en Libia,la causa de una indigna abstención internacional ha sido la negativa de Rusia y China en el Consejo de Seguridad de la ONU, que es evidente, pero no se puede olvidar que, en el seno de la UE, Alemania ha sido el gran aliado de los gobiernos ruso y chino y ha quebrado, en realidad, incluso una teórica posición común europea.Se arguye entonces que el pasado de Alemania convierte a este país en refractario a acciones internacionales (que uno no sabia que implicaba también ser refractario a la defensa de los derechos humanos en el mundo), pero no hay que olvidar que esta Alemania todopoderosa en la Unión ha negociado, en los dos países citados, acuerdos comerciales y de inversiones al margen de Bruselas y sus socios europeos).Syria.BasharAlAssad
Europa se acerca mucho más a un conglomerado de intereses contrapuestos que a una Unión institucionalizada y los intereses -económicos- se imponen una y otra vez, batallando además internamente, a una política exterior común y un concepto de la defensa de los derechos humanos en el mundo. Si el euro ha revelado sus “defectos de fabricación”, la política exterior y de seguridad es, en la práctica, una quimera.
Con miedo escénico, la OTAN ha autorizado a Turquía la instalación en la frontera con Siria de misiles en prevención de un ataque y ha advertido al gobierno de este país sobre posibles reacciones si se usan armas químicas.Un paso, de la OTAN, no de la UE, que tiene más carácter defensivo que otra cosa, como si se renunciara a todo lo que no sea la violenta represión de al-Assad con ciertos límites y dentro de sus fronteras.
Y seguimos, como si pudiéramos todavía ser ufanos, hablando de una Europa federal.

Francia: caos a la derecha

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La derecha francesa lleva semanas sumida en el caos. Se diría que, a estas alturas, incluso con los intentos –bienintencionados algunos, malintencionados otros, como si se tratara de pescar en aguas revueltas- de encontrar una salida, el objetivo máximo ha devenido sobrevivir en vez de renacer y relanzarse con la elección de un sucesor para Nicolas Sarkozy, que es lo que teóricamente se pretendía. El proceso electoral ha estado plagado de corruptelas: desde el despido previo del aparato del partido controlado por Jean-Françios Copé, uno de los contendientes, de algunas personas a las que correspondería velar por la legalidad del mismo, hasta trampas repartidas en distintas circunscripciones pasando por una demostración de inutilidad en el recuento y el control de los comicios.

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Este desastre, que sin duda traerá consecuencias –y no buenas- para el futuro de la UMP, embarulla las cosas pero, a mi juicio, no oculta una primera evidencia, que vale para este partido y para muchos otros. Si todos los sondeos entre simpatizantes y posibles votantes, incluso algunos celebrados con posterioridad a las fallidas elecciones internas, subrayaban que el favorito “de la derecha” es el ex primer ministro François Fillon, el resultado interno, aunque aún en duda y discusión, otorgaba a su adversario una posición que no se correspondía con los votantes. Sea quien sea el más votado internamente, la UMP tiene una posición distinta a la de sus votantes, una posición, por dividida, ciertamente más a la derecha, es decir, más próxima a lo que se ha dado en llamar “derecha fuerte” o “derecha sin complejos”.
Lo que se denominó “derechización” de Sarkozy tuvo una causa y una consecuencia. La causa es la incapacidad de responder a una serie de cuestiones que interesaban a los franceses (desde la libertad religiosa, la inmigración o la economía) con un planteamiento distinto del defendido por la extrema derecha del Frente Nacional y hacerlo, en consecuencia, con una aproximación a las posiciones de éste en el fondo y en la forma, en el contenido y en el lenguaje. La consecuencia, bien evidente, es que el ex presidente perdió las elecciones. Sarkozy y sus asesores demostraron ser más acomplejados (ante Le Pen) de lo que parecían y menos fuertes (ante Hollande) de lo que deseaban.
Si se trababa, después del fracaso, de cambiar de planteamiento, la sorpresa ha sido que la mitad de la UMP, encabezada por Fillon, quería una derecha más liberal y la otra, la de Copé, pretendía, por decirlo de algún modo, un programa que, más que aproximarse al Frente Nacional, lo sustituyera, quizá con la única diferencia de añadir al brebaje un poco más de cortesía o un poco menos de pasado sospechoso.
El caos resultante, en lo que a la batalla personal se refiere, podría resolverse, dicen algunos (y quizá lo piensa también el protagonista), con la vuelta de Sarkozy de cara a las primarias de 2016. Pero el verdadero problema es otro porque el populismo de su último tramo como presidente, la vuelta al “nacionalismo integral” de Charles Maurras, icono de los más cercanos colaboradores de campaña, es lo que le llevó al fracaso. Si la cesión ante el Tea Party ha servido para amalgamar provisionalmente el Partido Republicano y para perder las elecciones estadounidenses, el populismo hoy de Copé, y ayer (no sé si mañana) de Sarkozy, servirá para volver a perderlas en Francia sin amalgamar ni un poco a la UMP.

El oficio de opinar

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La semana pasada, en el Congreso sobre comunismo organizado en Madrid por la Universidad Complutense, cuando hablábamos del oficio de opinar en los periódicos sobre la actualidad política, recordé que, hace ya demasiados años, siendo un estudiante preuniversitario en Bilbao, vi en un diario el anuncio de una conferencia sobre el marxismo que iba a pronunciar Leonardo Polo. Polo era un filósofo, hijo de un fiscal que tuvo que exiliarse al finalizar la Guerra Civil, que había sido alumno de Zubiri y de Ortega, profesor en Navarra y del que me habían llegado noticias, a través de uno de sus discípulos, de lo claramente que explicaba asuntos tan complicados como las filosofías de Descartes y de Hegel.
Allí fui. Me interesaba más el marxismo que los dos pensadores citados, a los que se refirió de pasada en su conferencia, pero no entendí ni una cosa ni las otras. Un asistente, sentado en la misma fila de butacas que yo, debió creer que si había entendido todo, o que se lo traía sabido de casa, y, en el coloquio, no dejó de preguntar al conferenciante, replicarle, ampliar sus comentarios, etc. En una de sus intervenciones, que como suele ser habitual eran más pequeñas conferencias que preguntas, el espontáneo comenzó diciendo: “Señor Polo, yo pienso que…”. Y Polo, imagino que ya un tanto mosqueado, le interrumpió: “Oiga, en España hemos pensado Zubiri y yo. Usted opinará…”