Los socialistas españoles buscan un nuevo líder para sustituir a Alfredo Pérez Rubalcaba. Discuten ahora cuándo y de qué manera organizar unas primarias para hacerlo, si debe haber unas o dos (es decir, distinguiendo el secretario general del partido del candidato a la presidencia del Gobierno), las relaciones que en este proceso debe haber entre el liderazgo un programa renovado y atractivo, etc. Pero el hecho es que, incluso los justificadores del papel de Pérez Rubalcaba, o al menos los que no explicitan una abierta, parecen convencidos de que el actual secretario general no es la persona adecuada para ganar unas próximas elecciones.

Rubalcaba_en_el_Congreso

Para unos, junto al José Luis Rodríguez Zapatero con el que le vincula la memoria, está ligado a los desastres del pasado o a la desafección de los votantes que se plasmó en las últimas elecciones que le dieron la mayoría absoluta al PP. Para otros no logra en las nuevas circunstancias, oposición y terrible crisis económica, un programa y un discurso creíble ni la formación de un equipo adecuado. Las periódicas encuestas abonan en pesimismo. Pero, aunque el proceso esté en una primera fase, no debe resultar fácil encontrar un sucesor o un sustituto. Nadie genera entusiasmo ni un razonable optimismo y, aunque una sensación de unanimidad sería tan imposible como inconveniente, ninguno de los nombres que se barajan da lugar a un debate razonable del que pudiera surgir una alternativa seria. Y cómo se barajan, además: no hay candidatos, hay personas –se dice- que “no rechazan serlo”, seguramente porque no disponen de un proyecto elaborado, porque todos son conscientes, incluso los que tienen pros, de tener también importantes contras, porque no estan convencidos de disponer hoy de los apoyos necesarios o de cómo serían juzgados en su inmediata obligación de encabezar una oposición a la derecha y un programa contra la crisis.

Lo que quiero subrayar, claro que desde mi personal punto de vista, es que estas circunstancias en que se quiere que aparezcan alternativas claras para suceder al líder actual (circunstancias, no la capacidad o valía de los candidatos), son las que juegan en contra de Pérez Rubalcaba. Las circunstancias son de diverso tipo. La socialdemocracia está en crisis antes incluso de la crisis económica. Sentía ya la necesidad de renovarse (o de repensarse), como ocurrió de modo paradigmático en Suecia, en Alemania, en el Reino Unido e incluso en Francia con Mitterrand en la presidencia de la República, ni siempre con éxito y con los mismos resultados. Y, en Europa, con la dificultad añadida de que muchos de los instrumentos tradicionales para una socialdemocracia clásica, dejaban de estar en manos de los Estados, o de los gobiernos nacionales, para instalarse, a menudo a trompicones, en las instancias europeas.

Pero, en el caso que nos ocupa, las dificultades de las circunstancias, tienen otro escenario que afecta directamente al PSOE. A Rubalcaba, en el juicio a su labor al frente del partido, un sector le empuja a estrategias más contundentes, más radicales, como las que aparecen en la calle para quejarse de las penalidades de la situación o enfrentarse al Gobierno. Desde esta perspectiva se le tacha de blando, de tomar una posición similar a la del PP, de no estar e sintonía con ese punto de vista nebuloso que se dice es el de la calle. Y otros le reprochan cualquier exceso en las formas opositoras o incluso que, a base de dejar claro que está en contra, no subraye aquello en lo que está a favor. “El PSOE es un partido de Gobierno”, dicen. La tensión entre una cosa y otra, presentada con la nitidez y las líneas gruesas de estos momentos, no es fácil de digerir ni de administrar. Entre ser una suerte de Gobierno en la sombra, al modo británico, o una agrupación de manifestantes lo que en el fondo se critica de Rubalcaba es una pose, un ademán estratégico, y menos una ideología o una trayectoria política. Y la pose que hay que tomar para desarrollar un proyecto es lo que parece asustar a sus posibles sucesores.

La discusión sobre si primero hay que elegir una persona y después un proyecto o al revés es inútil. No es posible separar una cosa de la otra. Habría que establecerlas coordenadas del trabajo de oposición encontrando una medida, no intermedia sino distinta, entre la radicalismo indignado y la complacencia pasiva. Lo que ocurre es que quizá sea imposible separando esta cuestión de las otras dos, y esto vale tanto para Rubalcaba (el mejor, a mi juicio, entre los nombres que se barajan, aunque su futuro esté condenado) como para los demás. O se establece –por liderazgo o por consenso- un núcleo de condiciones formales en los que desarrollar la política, el debate, el suelo de un programa que alguien encabeza, o todos –hoy y en el futuro- quedarán enterrados en la falta de aquellas, que se vuelven arenas movedizas. Si lo que no ha tenido Rubalcaba sigue faltando a su sucesor, terminará –y pronto- peor que él.

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