Es ya un tópico afirmar que, independientemente de la opinión de cada uno, el Gobierno del PP tiene “un problema de comunicación”. No puede negarse. Valga como ejemplo –uno entre tantos- la reciente comparecencia tras un Consejo de ministros  nada menos que de los titulares de Economía y Hacienda que sembró el desconcierto y acrecentó el desánimo de los ciudadanos. Quizá consciente de ello, el ministro de Economía acudió el lunes siguiente a una radio para explicarse y rectificar la impresión y logró que el titular más importante fuese la posibilidad de solicitar la eliminación de los billetes de 500 euros. Pero no es sólo un problema de comunicación.

Es, además, un problema de discurso, que no es exactamente lo mismo. Un discurso es un modo estructurado y pedagógico de explicar un programa o un plan. Y faltan, en el debate político, los planteamientos generales –es decir políticos- en los que, ante los ciudadanos se sustentan y se explican las actuaciones del Gobierno presentes y futuras. En política económica, que es la primera preocupación, y en todo lo demás en la que aquella se encuadra y se entiende.

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Cuando falta un discurso, fundado aunque sea discutible, no es posible el liderazgo, que sí es, en circunstancias graves, una necesidad palmaria. A veces parece que se pretende sustituir la confianza que exige el liderazgo por la fe (“Sabemos lo que hay que hacer y lo haremos aunque nos duela y desagrade..”) pero la democracia es un sistema de opinión pública y no el modo de actuar de una iglesia o de un opositor que se presenta más preparado que los demás, y el discurso democrático implica debatir, explicar, escuchar, insistir, convencer… Marcel Gauchet decía recientemente, refiriéndose al presidente Hollande y a Francia, que el discurso debía tener presente lo que preocupa y lo que entiende la ciudadanía (no solamente que se lucha contra el déficit sino por qué y para qué y cómo se utiliza el dinero que se reclama con los impuestos) y que las “apostasías”, los cambios en las promesas electorales previas, exigen explicaciones más detalladas y explicadas.

El problema del Gobierno del PP, sin negar otros, es un problema de liderazgo. El liderazgo político puede verse favorecido por una serie de habilidades pero, en una democracia, ninguna suple al empeño por convencer y generar confianza política e institucionalmente. Cuenta quién lo dice y lo que dice y, para ello, el PP necesita desquitarse de cuestiones que lo atenazan (corrupción, sobresueldos, contabilidad extravagante, etc.) y elaborar un discurso, no un dogma, razonable y creíble. No es fácil, pero sin un discurso así, razonable, explicable y creíble, la influencia en la sociedad y el liderazgo son imposibles.

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