El expresidente Aznar tiene, lógicamente, todo el derecho a opinar sobre la actualidad política y a discrepar del Gobierno. Lo anoto porque desconfío de algunas interpretaciones acerca de sus sonadas manifestaciones en Antena 3 que pretenden enmarcarlas, única o fundamentalmente, en una suerte de desahogo subjetivo por considerarse preterido o no defendido ante acusaciones y sospechas. Quienes han hablado con él en los últimos tiempos aseguran que, sin enfados personales y otros motivos sobrevenidos , le han escuchado cosas muy similares a las que dijo en la famosa entrevista, que me parecen más propias de quien tiene una inmejorable consideración de si mismo que de quien se siente atacado. Sorprende, sin embargo, que en esta medida aparición pública, no haya ejercido, en el tono o en la mesura, el papel de presidente de honor del partido gobernante –que por ello puede intervenir en sus comités de dirección- o el de presidente de la Fundación del mismo, y sí el de discrepante aparentemente ajeno a la maquinaria partidista PP.

A3 ENTREVISTA A JOSÉ MARÍA AZNAR

Lo que me interesa, de todos modos, es el contenido de sus propuestas y, en concreto, dos asuntos: la rebaja de los impuestos como remedio (y como promesa electoral) y la hipotética acreditación de un modo de hacer, el que encabezó a partir de 1996, que sería no solo un legado sino un depósito doctrinal con una fórmula de validez eterna y universal para usar y lograr el éxito. El primero, que viene siendo moneda común en las propuestas de otros dirigentes populares y analistas, es una cuestión, cuando menos, discutible. Nadie puede acreditar que sea una constatación científica que el dinero resultante de menos impuestos sea destinado por los ciudadanos, en las actuales circunstancias, a incentivar la economía y el consumo y no al ahorro para reducir la deuda privada o para atender los previsibles nuevos impuestos si la deuda y el déficit no se limitan con urgencia. Y nadie puede sostener que, en la gravedad de la situación presente, una rebaja de impuestos ayudaría a la reducción del déficit que se nos exige y sin la cual es imposible un crecimiento sostenido. Y, además, al precio de un endeudamiento aún mayor.

“Haga lo que ya hicimos en el 96 y dio resultado” es una recomendación –o una pretendida orden- sin sentido. Ni las circunstancias, ni los problemas, ni los instrumentos son comparables. Si la crisis del 93 fue leve por las devaluaciones previas, instrumento luego imposible, algunos datos –a los que se podrían añadir otros- dan cuenta del abismo entre el panorama al que se enfrentó el PP de 1996 y el que ahora tiene que abordar el PP de 2013.  España disponía de la mitad de los fondos estructurales europeos, era el primer país beneficiario del Fondo de Cohesión y el segundo, tras Francia, de la PAC. El canciller Schroeder, un socialdemócrata dispuesto a reformas a las que en España nos resistimos, y ante algunas pretendidas lecciones españolas sobre ortodoxia presupuestaria, recordó el porcentaje del PIB español que suponían los fondos europeos dotados principalmente por Alemania. Desde el 94, y sin que esto suponga negar otros desajustes, España estaba en crecimiento. Se construían 300.000 pisos al año, que suponían empleo aunque con las consecuencias posteriores que conocemos. Las privatizaciones, que ayudaron en gran medida a la estabilidad presupuestaria, hoy no son posibles. La financiación, hoy, nada tiene que ver con la de entonces. Si esto no quita mérito a una política económica exitosa, la traslación a la crisis de ahora carece de todo fundamento.

El Gobierno de Rajoy asegura estar en una primera fase, reducción del déficit y reforma del sistema bancario, sin la cual sería imposible el crédito y el crecimiento necesario. Se puede discutir su política económica, desde los plazos al reparto de sacrificios entre los particulares y las Administraciones públicas. Se pueden discutir las previsiones, las reformas y la resistencia a algunas de ellas a base de inmediatos recortes. Se puede discutir todo, naturalmente, pero no oponer a este plan, en base al pasado, fórmulas que tienen mucho de coyuntura y nada de mágicas. El debate, el general y el particular en el seno del PP, debería ir, desde luego, por otro lado.

 

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