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La editorial Forcola acaba de publicar “Los signos en rotación” de Octavio Paz, homenajeado estos pasados días en México en el decimotercero aniversario de su muerte que, además, coincide con los veinte años de su Premio Nobel. El texto ahora reeditado fue publicado en 1965 por “Sur” en Argentina e incluido dos años después como colofón a “El arco y la lira”, uno de los ensayos más célebres de Paz.

Para quien no lo haya leído, o para quien quiera sumergirse de nuevo en lo que Unamuno llamaría el “pensamiento sentiente” del escritor y diplomático mexicano, “Los signos en rotación” ofrece la oportunidad de conocer su manifiesto poético, aunque el mismo pusiera en duda ese término. Resulta estimulante descubrir en estas páginas la explicación brillante y razonada de lo que podría ser una intuición de todos los lectores de poesía. Si existe un trance poético no es, desde luego, ni literalnie intransferible. El poema, dice Paz, nace del silencio o del balbuceo, pero convoca al lector. En el análisis que hace del comienzo de la poesía moderna podría pensarse, como lo hacían algunos de sus protagonistas, que los signos de la poesía estaban muriendo o diluyéndose. Paz, sin embargo, sabe que están ahí,  “en rotación”, y pueden ser encontrados para, tomando una cierta distancia, convertir el poema en algo verosímil y comunicable. Ya Eliot había formulado el ‘secreto’ del buen poema: aquel que, al ser leído, hace exclamar “así escribiría yo su supiese escribir poesía”.

Quería ahora, sin embargo, referirme a una anécdota que me ha venido a la memoria releyendo este breve ensayo de Octavio Paz y que comienza, precisamente, con el convencimiento personal de que, leyendo sus poemas, tenía razón Eliot, que es, por cierto, una de las influencias de “Libertad bajo palabra”, el libro que recoge buena parte de sus poemas de 1935 a 1957. Con es libro me fui en 1987 al congreso que en Valencia conmemoraba el famoso encuentro de intelectuales de 1937 en defensa de la República. Y como allí estaba su autor, traté, merodeando y haciéndome el encontradizo, de conversar con él. No era difícil porque Paz era más cercano y amable de lo que pudiera intuir el más optimista. Tras aquellas charlas interrumpidas por sus obligaciones y los demás participantes en el Congreso, le ofrecí el libro que llevaba y Paz escribió la más hermosa de las dedicatorias: “A Germán Yanke, para que escriba y para que me escriba” y, debajo, su dirección en México.

Nunca le escribí. Nunca me pareció que fuese capaz de decirle algo interesante, de preguntarle algo que no resultase ridículo. Y ahora, leyendo “Los signos en rotación”, que está tan lleno de sugerencias y de aciertos críticos y literarios, no puedo dejar de arrepentirme de haber renunciado a balbucear y tropezarme en otras conversaciones, esta vez por escrito, con Octavio Paz.

 

Octavio Paz, “Los signos en rotación”, Forcola, 2011.

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