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Ha comenzado esta campaña con malos augurios para el PSOE, cuyo objetivo parece reducirse a aminorar la derrota y mantener, si puede en medio del fracaso, algunos de sus tradicionales bastiones. Durante los meses precedentes han aparecido voces, cada vez más extendidas, que, atribuyendo al presidente Rodríguez Zapatero la desafección del electorado, pensaban que, si éste anunciaba su decisión de no volver a presentarse, comenzaría el vuelco en la intención de voto como si todo se redujese a una suerte de manía personal de los ciudadanos o, en todo caso, a quitar del escenario al que se había convertido en la diana de las duras críticas del PP. Las encuestas hechas públicas desde el 2 de abril revelan que el problema era otro: no se trata de eximir de responsabilidad al presidente, sino de constatar que el fracaso y el enfado se sustenta en una política y en un modo de hacer que, lógicamente, el electorado identifica también con el partido.

Se diría asimismo que algún asesor, consciente de las dificultades, ha sugerido con prisa que la estrategia de reducir todo al “gobierno de la calle” –a las cuestiones meramente locales o autonómicas- no basta cuando el problema de la calle es, precisamente, la crisis económica y el desconcierto político, a los que están vinculadas todas las instituciones y no sólo el Gobierno de la nación. En esta carrera contra el reloj, en la que se incorpora el presidente por la puerta de atrás, se ha optado por los más sorprendentes argumentos de política general. Si hay crisis es por culpa del PP, de la política económica puesta en práctica hace más de siete años. Si hay desconcierto político, también. Si hay preocupación por el futuro inmediato de ETA y Batasuna, el problema está en la obcecación del PP hasta el punto de hacerle responsable de un hipotético rearme de la banda.

El problema del PSOE es, por tanto, doble. Si quería huir de una suerte de plebiscito sobre la política general (lo que tendría sentido estratégico) la meta resultaba, en las actuales circunstancias, imposible. Y si tenía que sumirse en ese debate, el método elegido es no sólo absurdo después de tantos años de gobierno elogiados hasta el descaro, sino también erróneo porque no conecta en absoluto con el sentir de la población. En vez de explicaciones, ataques al adversario. En vez de programa, disculpas. Quien se empeña, gobernando, en presentarse como una atribulada oposición, termina en la oposición, que es lo que ocurrirá en la mayor parte de los lugares en los que todavía gobierna, incluso en algunos que podría haber salvado del desastre.

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