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Artur Mas (elec)La noche de las elecciones catalanas, Artur Mas hizo un descubrimiento –que expuso en su comparecencia pública- y yo confirmé dos, más antiguos. Uno de los míos ya lo tenía claro Mas y, por eso, había pedido una amplia mayoría, excepcional decían en CiU, para él y su partido y no para los partidos que querían la independencia o la convocatoria de un referéndum de “autodeterminación”. Una mayoría parlamentaria con éstos, que se consiguió, no servía, por la contradicción de sus programas en asuntos esenciales, para conseguir la salvación, la de un país al borde del abismo económico, y, con ella, el paraíso, la independencia. Ahora se las tendrá que ver con ERC para un acuerdo que no solo será, como dice Duran i Lleida, inestable, sino también poco razonable ideológica y políticamente. Quizá ahora siga el presidente catalán su camino de independentista, ahora despechado, pero se entiende muy bien que otros de sus compañeros, no menos independentistas, digan en voz más alta o más baja que, en estas circunstancias, es mejor “congelar” esas aspiraciones y dedicarse a la tarea, a la otra tarea.

El de Mas lo explicó muy bien al manifestar su asombro porque la manifestación del pasado 11 de septiembre, “inmensa”, “la mayor de la historia”, “muestra de un arraigado deseo del pueblo catalán”, etc., no se hubiera trasladado a las urnas. La diferencia entre la multitud y la mayoría es un viejo tópico de la politología que Mas, cayéndose de su caballo triunfal, descubrió de pronto porque la democracia, aunque no solo pero sí fundamentalmente, es una “forma” de organización política (y de convivencia) en la que se legitima el poder bajo el imperio de la ley contando votos y no “sintiendo” llamadas iluminadas en el seno de una multitud.
Bajo el imperio de la ley… El más grave problema que revela, a mi juicio, la pretensión independentista en Cataluña, la impulse solo Mas o en compañía de otros, es que se quiere sostener en un enfrentamiento pernicioso entre el principio de mayoría y el principio de legalidad (“no hay ley que pueda con la voluntad del pueblo”), concepción que desvirtúa la democracia porque no existe sin los dos. Puede, claro, modificarse la ley –y la Constitución- pero no saltársela a la torera. En el escenario independentista catalán, no solo el de Mas, parece que el respeto a la ley no tiene vigencia: si es posible el referéndum con la Constitución bien; si no, haremos nuestra propia norma. Y eso, desbaratar el principio de legalidad envuelto en la bandera y en una supuesta multitud, es precisamente lo antidemocrático

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