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El baile mezcla en total armonía lo nupcial y la gimnasia inocente propia de una vestal. Si alguien se propone conocer y experimentar la imposibilidad europea para el amor, al tiempo que el esfuerzo de llevarlo a cabo contra viento y marea, tan solo tendrá que observar a una pareja bailando: el ambiente de tragicomedia salta a la vista. Esto es así para nosotros, pero no era lo mismo para Casanova. Para él, constituía su propio elemento vital; él sabía que el baile representaba el punto culminante de la relación entre el sexo y Europa, así que se sumergía en él, y salvaba de él, entre risas, todo lo que podía ser salvado. En el baile no existía ni “la moral cristiana”, ni tampoco “la libertad pagana”, tan solo existía la danza, misteriosa e irisadora. No existía ni vegetación bestial, ni sociedad refinada, tan solo existía un elemento para la felicidad: la danza, el carnaval.

(Miklós Szentkuthy, “A propósito de Casanova”, Siruela, Madrid 2002)

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