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Luis-Felipe-VivancoLuis Felipe Vivanco nació en 1907 en San Lorenzo de El Escorial y falleció en Madrid en 1975, el mismo año en el que obtuvo el Premio de la Crítica. Estudió en Madrid Arquitectura y Filosofía y Letras.
Su madre era hermana de José Bergamín y en la revista de este, Cruz y Raya, publicó sus primeros poemas. Al estallar la Guerra Civil se colocó del lado de Franco, escribió sus peores versos propagandísticos, quizá una de las causas de un cierto olvido en estos últimos 35 años, y formó parte del equipo de la revista Escorial con Rosales, Panero, Ridruejo, etc.
Olvidado o no, taciturno o no, Vivanco es un poeta notable, con una técnica depurada que se amolda con brillantez y una cierta melancolía a las emociones cotidianas, y hasta familiares, sobre las que escribe. Como muestra, el poema de este domingo, incluido en la antología Los caminos que Visor publicó en 1998.

ENGÁÑAME ASÍ

A Gonzalo Torrente Ballester

Engáñame así –un poco nada más- con minutos
suficientes de otoño, con el sol de la tarde
pausada entre las ramas de acacias despojadas,
y el color de sus hojas cobrizas, y los visos
de un horizonte apenas bosquejado en la niebla.
Engáñame en otoño con el fuego encendido
dentro de casa, engáñame con mis hijos que juegan
(y engáñales a ellos con sus juegos –enserio-,
con sus mal afilados lápices de colores
dibujando, acertando sin saber, descubriendo
su realidad de insectos, de árboles como arañas,
de niños con las piernas tan largas, y caballos
galopando –sus patas dobladas-, y gaviotas,
y fachadas de casas con caras asomadas
a todas las ventanas). Engáñame dejándome
pensar, dándome ganas de existir junto al fuego
de pobres pensamientos. Engáñame a diario
con las habitaciones de mi casa (y las horas
fijas de las comidas), y las horas –tranquilas
o agitadas- del sueño. Y otros sueños –despierto-
de otra casa en el campo, de otras habitaciones
más holgadas y el grueso bienhechor de otros muros.
¡Por favor, nunca dejes de engañarme, si creo
que están aquí mis hijos –pintando con sus lápices-
y que esta casa es mía, que es mío el horizonte!
¡Cuánto amor! ¡Cuántas ganas de dejar que me engañes!
Pero, ¿cómo he mirado tan ciego ¡si hay ideas!,
¡si hay grandes ideales: libertad y justicia!,
si hay peligro de muerte (de la nada acogiéndonos
más allá de la muerte del alma), y hay peligro
de que Tú no consigas siquiera engañarnos?
Ay, engáñame un poco (con muy pocos momentos
de semilla que muere). Calla y sigue engañándome
sin palabras, con ramas de este otoño a sabiendas,
sigue insistiendo en surcos repetidos del campo,
sigue dándome ganas de vivir engañado.

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