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Yo tenía la sospecha de que hay, en el tiempo, dos Raúl Guerra Garrido. Uno, outsider, enfadado con el mundo en el que, de tan imperfecto, no se sentía a gusto. Otro, sin dejar de ser un outsider, que descubría de pronto que en ese mundo tan arisco existían refugios para los extravagantes. Mi sospecha era que el cambio de uno a otro se había producido con la llegada de sus nietos. Ahora que publica La estrategia del outsider (Alianza, 2012) descubro que el libro comienza con sus nietos y termina con ellos. En las primeras páginas, uno de sus nietos, Lucas, saluda el nacimiento de su primo: “Roque, bienvenido a Madrid”, y otro, Martín, le corrige: “No, bienvenido a la Tierra”. En las últimas, el narrador sale a la calle a ver jugar a Roque, que tiene ya un año, al aire libre. Y a verlo sonreír, que es algo que hace continuamente.
Guerra Garrido LibroEn ese año entre nietos, Guerra Garrido nos cuenta “la vuelta al mundo de Naraya Sola”, la peripecia llena de ilusiones, afanes, duelos y desencantos de una brillante bióloga que termina trabajando de stripper (la utopía inalcanzable) y su acompañante Ausencio, que es ingeniero naval y quiere ser poeta. Y junto a esta historia, un apasionante flujo y reflujo de reflexiones, lecturas, anécdotas y recuerdos en los que el escritor se enfrenta a la vejez, con sus trabas, el mundo cambiante en el que a veces se siente extraño, la pérdida de memoria, etc., pero no pierde la pasión por la vida, que, por cierto, simbolizan muy bien los nietos.
Guerra GarridoSeguramente no hay modo mejor de escribir sobre todo esto –y Guerra Garrido lo hace de modo excelso, que la ficción. Recuerdo que, hace ya demasiados años, Javier Bello Portu y yo fuimos a San Sebastián a comer con Raúl. Era un 14 de marzo. Javier llevaba una novela del autor de La estrategia del outsider para que se lo dedicase y así lo hizo durante los postres. Ya de vuelta, hojeando el libro, leí que, bajo la dedicatoria, había escrito: “San Sebastián, 15 de marzo…”. “Se ha equivocado de fecha”, le dije a Javier. Y él, siempre sentencioso, me respondió: “No, la ficción de los novelistas es así, no recrea la realidad, la crea. Hoy ya será para siempre 15 de marzo”. Pero leo ahora que los sabios críticos discuten si esta última obra de Guerra Garrido, como ocurrió antes con Castilla en canal o La Gran Vía es New York, es o no una novela y si, con este tipo de libros, el autor, por muy brillante que sea (que lo es), se comporta como un novelista. No lo sé. Me viene a la memoria la famosa anécdota de Unamuno, que tuvo que acuñar el término nivola, cuando elogió con entusiasmo, ante sus colegas de Salamanca, a Rodó. “No es catedrático, don Miguel, no es académico”. “Es verdad –dijo el rector-, no es catedrático como nosotros. Pero, también a diferencia de nosotros, es un maestro”. Si Guerra Garrido no es, en este caso y en otros, un novelista, es siempre un maestro.
Y, por eso, se viaja muy a gusto, con Nayara, Ausencio, el autor y sus nietos, en esta vuelta al mundo del outsider por la ficción y la realidad hecha ficción. Invito a su lectura. Si el nuevo lector disfruta la mitad de lo que yo he disfrutado me lo agradecerá.

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