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Una de las curiosidades del termino “neoliberalismo” es que, quienes son incluidos en él por sus adversarios, no se identifican a si mismos como pertenecientes a esa supuesta corriente de pensamiento. No ha sido siempre así, pero entonces “neoliberalismo” significaba otra cosa. Apareció en la obra de von Mises (más exactamente en las traducciones, porque en el original alemán habla de “nuevo liberalismo”), inicialmente para designar a los socialistas que se hacen pasar por liberales y, después, para referirse al liberalismo después de la teoría subjetiva del valor, plato fuerte de lo que se llama “Escuela Austríaca”. Apareció también en el famoso coloquio organizado en París en 1938 por Walter Lippman que reunió a pensadores liberales al mismo tiempo apesadumbrados por el desprestigio y la confusión acerca del término “liberalismo” y partidarios de distinguirse de las políticas que habían sustentado el “viejo orden europeo”. Apareció en los años sesenta envuelto en la polémica académica ya que, para algunos, podía identificarse con la “economía social de mercado” y, para otros, era la doctrina liberal, posterior a la Escuela Austríaca, que se distinguía de aquella. Sin ningún carácter peyorativo, al publicarse en España la obra de Mueller-Armack, padre de la economía social de mercado, Trías Fargas escribe en el prólogo (1963): “La economía social de mercado quiere ser algo más amplio y práctico que la teoría neoliberal, con la que por otra parte coincide en los puntos principales”. Desde una perspectiva menos teórica y más pragmática en la disputa política, algunos católicos italianos, que querían compatibilizar sus ideas liberales con la doctrina social de la Iglesia, usaron el término para decir de ellos mismos que eran los “nuevos liberales” o los “neoliberales”.

morin hollandeAhora, es evidente, las cosas son distintas y mi impresión es que “neoliberalismo” se ha convertido, en el debate político y mediático en un dicterio, en el instrumento de un reproche, más que en una doctrina concreta e identificable. En el mejor de los casos, en un tropo dialéctico que toma el todo por la parte, o la parte por el todo, y que sirve para simplificar al adversario y combatirlo con más facilidad. Como esa es mi impresión, me propongo, a través de los debates actuales, los artículos de prensa o los libros recientes, confirmarla o, en su caso, renunciar a ella. Comenzaré hoy, brevemente, con un ejemplo que, por el momento la confirma.

Se acaba de publicar en España una conversación entre el filósofo Edgar Morin y el presidente de la República Francesa, François Hollande, que estaba a punto de serlo cuando el librito se publicó en francés: “Diálogo sobre la política, la izquierda y la crisis”. Hay que señalar que no es Hollande el que se refiere al “neoliberalismo”, sino Morin, que, como una réplica a su interlocutor, le pregunta si no fue Mitterrand el que “convirtió la sociedad francesa al neoliberalismo, con lo cual favoreció el desarrollo del capitalismo financiero” que Hollande, en su programa, criticaba. Un Mitterrand neoliberal es un hallazgo digno de mención para sostener la sospecha de que nada significa, salvo la constatación de que a Morin no le gustan algunas de las cosas que hizo o que, el día de la conversación, el filósofo quería deslizar algunas puyas que no le convirtieran en demasiado próximo al político y su ídolo del pasado reciente.
Mitterrand, en su primer mandato, nacionalizó bancos e importantes empresas, reguló la semana laboral y adelantó la edad de jubilación, incrementó sensiblemente el déficit con políticas sociales. En el segundo, entre otras cosas, instauró el salario social. Debe ser “neoliberal” para Morin, imagino, porque rectificó en buena parte las nacionalizaciones y, sin renunciar a gastos sociales y suntuosos, abrió el camino –solo el camino- a una cierta austeridad presupuestaria que permitiera la presencia en el Sistema Monetario Europeo y porque propició el euro y el Tratado de Maastrich, fondos de cohesión incluidos como el concepto de ciudadanía europea, que Francia ratificó en referéndum por escaso margen. Como se ve, una trayectoria similar a la de Tatcher o Bush, por citar, a otros “neoliberales”. El término, en este caso, sirve para zaherir (a Mitterrand y a otros), más que para designar una política o una ideología concreta. Seguiré con el partido. De momento, 1-0.

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