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CONSTI134 años de Constitución y creo que nunca ha cedido la discusión. Esta sí que es discutida y discutible. Pero el debate sobre la Constitución no es el problema, sino su contrario, es decir, el falso debate, que es, a mi juicio, el que abunda.
La Constitución, farragosa y poco concreta cuando debía serlo, no solamente es reformable sino también claramente mejorable. Lo que nos parecía ingenuamente que eran consecuencias de un espíritu de consenso (decenas de artículos escritos con ambigüedad poco calculada en los postres de una cena) se han revelado como fallos a corregir. Ocurre, sin embargo, que las propuestas de reforma que ahora se escuchan no parecen tener presente dos cuestiones fundamentales: que hay que tener claro qué y cómo se quiere cambiar y que es preciso conseguir, al menos, un consenso igual al de 1978. Por ejemplo, no deja de ser asombroso que, al proponerse –como se oye a menudo- un Estado federal, o la “federalización” del Estado autonómico, que se tilde de “cuasifederal”, no se explique con detalle hacia dónde exactamente quiere irse. Da la impresión de que, al preguntarse qué es eso –El Estado federal- se responde con un “bueno, lo estoy pensando”, que parece más una réplica, una cierta retórica para contentar provisionalmente a descontentos o nacionalistas, que una propuesta constitucional, que es –o debería ser- algo negociado, consensuado, propio de todos y no de un programa político concreto, aunque parta de él.
Los que, por otra parte, se aferran al texto vigente como a un dogma del que son los únicos intérpretes, se inclinan a menudo por resumir la batalla política de cada momento en el reproche al adversario de ir contra el espíritu constitucional o el espíritu de la Transición, que se identifican desde su punto de vista. Así, escucho cada vez más a menudo que su interpretación se basa en que la Constitución eliminó del escenario político para el futuro las cuestiones que, hasta ese momento, habían dividido a los españoles y, en consecuencia, cualquier propuesta, radical o no, que divida se convertiría en anticonstitucional. Esta añoranza de un falso y peligroso paraíso constitucional yerra, a mi juicio, de plano. Lo que la Constitución hace, y de ahí no su excepcionalidad pero sí su grandeza, no es eliminar cuestiones de debate, sino convertir estos en políticos y no en algo belicoso y dogmático, en temas de debate razonable y respetuoso, incluida la propia Constitución.
Si al menos unos y otros cumpliesen lo que dicta, para defender sus ideas o para reformarla… Pero eso tampoco.

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