Etiquetas

, ,

La derecha francesa lleva semanas sumida en el caos. Se diría que, a estas alturas, incluso con los intentos –bienintencionados algunos, malintencionados otros, como si se tratara de pescar en aguas revueltas- de encontrar una salida, el objetivo máximo ha devenido sobrevivir en vez de renacer y relanzarse con la elección de un sucesor para Nicolas Sarkozy, que es lo que teóricamente se pretendía. El proceso electoral ha estado plagado de corruptelas: desde el despido previo del aparato del partido controlado por Jean-Françios Copé, uno de los contendientes, de algunas personas a las que correspondería velar por la legalidad del mismo, hasta trampas repartidas en distintas circunscripciones pasando por una demostración de inutilidad en el recuento y el control de los comicios.

-
Este desastre, que sin duda traerá consecuencias –y no buenas- para el futuro de la UMP, embarulla las cosas pero, a mi juicio, no oculta una primera evidencia, que vale para este partido y para muchos otros. Si todos los sondeos entre simpatizantes y posibles votantes, incluso algunos celebrados con posterioridad a las fallidas elecciones internas, subrayaban que el favorito “de la derecha” es el ex primer ministro François Fillon, el resultado interno, aunque aún en duda y discusión, otorgaba a su adversario una posición que no se correspondía con los votantes. Sea quien sea el más votado internamente, la UMP tiene una posición distinta a la de sus votantes, una posición, por dividida, ciertamente más a la derecha, es decir, más próxima a lo que se ha dado en llamar “derecha fuerte” o “derecha sin complejos”.
Lo que se denominó “derechización” de Sarkozy tuvo una causa y una consecuencia. La causa es la incapacidad de responder a una serie de cuestiones que interesaban a los franceses (desde la libertad religiosa, la inmigración o la economía) con un planteamiento distinto del defendido por la extrema derecha del Frente Nacional y hacerlo, en consecuencia, con una aproximación a las posiciones de éste en el fondo y en la forma, en el contenido y en el lenguaje. La consecuencia, bien evidente, es que el ex presidente perdió las elecciones. Sarkozy y sus asesores demostraron ser más acomplejados (ante Le Pen) de lo que parecían y menos fuertes (ante Hollande) de lo que deseaban.
Si se trababa, después del fracaso, de cambiar de planteamiento, la sorpresa ha sido que la mitad de la UMP, encabezada por Fillon, quería una derecha más liberal y la otra, la de Copé, pretendía, por decirlo de algún modo, un programa que, más que aproximarse al Frente Nacional, lo sustituyera, quizá con la única diferencia de añadir al brebaje un poco más de cortesía o un poco menos de pasado sospechoso.
El caos resultante, en lo que a la batalla personal se refiere, podría resolverse, dicen algunos (y quizá lo piensa también el protagonista), con la vuelta de Sarkozy de cara a las primarias de 2016. Pero el verdadero problema es otro porque el populismo de su último tramo como presidente, la vuelta al “nacionalismo integral” de Charles Maurras, icono de los más cercanos colaboradores de campaña, es lo que le llevó al fracaso. Si la cesión ante el Tea Party ha servido para amalgamar provisionalmente el Partido Republicano y para perder las elecciones estadounidenses, el populismo hoy de Copé, y ayer (no sé si mañana) de Sarkozy, servirá para volver a perderlas en Francia sin amalgamar ni un poco a la UMP.

Anuncios