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La semana pasada, en el Congreso sobre comunismo organizado en Madrid por la Universidad Complutense, cuando hablábamos del oficio de opinar en los periódicos sobre la actualidad política, recordé que, hace ya demasiados años, siendo un estudiante preuniversitario en Bilbao, vi en un diario el anuncio de una conferencia sobre el marxismo que iba a pronunciar Leonardo Polo. Polo era un filósofo, hijo de un fiscal que tuvo que exiliarse al finalizar la Guerra Civil, que había sido alumno de Zubiri y de Ortega, profesor en Navarra y del que me habían llegado noticias, a través de uno de sus discípulos, de lo claramente que explicaba asuntos tan complicados como las filosofías de Descartes y de Hegel.
Allí fui. Me interesaba más el marxismo que los dos pensadores citados, a los que se refirió de pasada en su conferencia, pero no entendí ni una cosa ni las otras. Un asistente, sentado en la misma fila de butacas que yo, debió creer que si había entendido todo, o que se lo traía sabido de casa, y, en el coloquio, no dejó de preguntar al conferenciante, replicarle, ampliar sus comentarios, etc. En una de sus intervenciones, que como suele ser habitual eran más pequeñas conferencias que preguntas, el espontáneo comenzó diciendo: “Señor Polo, yo pienso que…”. Y Polo, imagino que ya un tanto mosqueado, le interrumpió: “Oiga, en España hemos pensado Zubiri y yo. Usted opinará…”

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