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Leí hace tiempo el chiste de aquel joven francés que comenzó a escribir poemas y sus amigos decían “se cree Víctor Hugo”. Mosqueado, quiso escribir una novela y poco después oyó comentar “ahora se cree Flaubert”. Para evitar las chanzas se dio al teatro pero siguieron las bromas: “se cree Moliére”. Asqueado, y para evitar esas despectivas comparaciones, dejó de escribir. “Mira éste –oyó decir-, ha terminado por creerse Rimbaud”.
No hay modo, ciertamente, de contentar a todos pero esto de dejar de escribir es, para los escritores, cosa sorprendente. Hace un par de meses el escritor Julian Tepper (nacido en Nueva York en 1979) se acercó a Philip Roth y le entregó un ejemplar de su novela Balls. Roth le agradeció el libro, elogió el título, y le dijo: “si yo fuera tú abandonaría ahora que puedes. Es una tortura. Escribes y escribes y tienes que tirarlo prácticamente todo porque es malo. Te diría que parases ahora”. La reacción del cansado Roth recuerda lo que André Gide anotó en su Diario. Como miembro del comité editorial de NRF, de Gallimard (siempre se cuenta que rechazó En busca del tiempo perdido de Proust), recibía numerosos manuscritos, muchos con la amable petición no de que se publicaran sino de que el escritor les diera una opinión: “¿Cree que debo seguir escribiendo?”. Gide anota: “¿Pero pueden dejar de escribir? Si pueden, que lo dejen”. El propio Roth, entrevistado tras la concesión del Premio Príncipe de Asturias de este año, insistía en lo “frustrante” que es escribir: “¿Qué me ha llevado a seguir haciéndolo? La respuesta es muy tonta: no sé cómo parar… Si pudiese dejar de escribir lo haría, pero no sé cómo hacerlo”.
Unos meses más tarde, el reiterado candidato al Nobel anunciaba, sin embargo, que dejaba de escribir. Casi al mismo tiempo, el que lo obtuviera en 2005, el húngaro Inmre Kertész, declaró con un deje cansado que “ya no quisiera escribir”, como si sintiera que ya había colmado su empeño en contar y reflexionar sobre el Holocausto en ensayos y novelas, acompañado por la paradoja de sentirse más a gusto y más comprendido ahora en Alemania, donde vive, que en su país natal. Y, por las mismas fechas, Antonio Lobo Antunes, al terminar una novela que se publicará en 2014, escribe un artículo en Visao –que titula precisamente “Adiós”- en el que anuncia que será la última, que ya ha dicho lo que tenía que decir, que tampoco concederá entrevistas, que quien quiera leerle puede leer lo que ya ha escrito como él experimenta que oye una música nueva cuando escucha repetidamente a Beethoven.
Tres grandes que, de pronto, abandonan lo que hasta ese momento no sabían cómo. Es, ciertamente, un misterio y quizá querer conocer la verdad de la causa de este desistimiento es tan absurdo como preguntarse, decía Camus, por la causa del suicidio: “Para empezar, ¿cómo saber si hay una causa o varias?”. En Aire de Dylan, la última novela de Enrique Vila Matas, el narrador quiere retirarse de todo arrepentido de lo que había escrito hasta ese momento. Pero no puede. Y no puede porque se ha encontrado con una historia que le obliga a ponerla por escrito. Ojalá se encuentren con una historia así Roth, Kertész y Lobo Antunes. Este deseo y esa necesidad los ha explicado muy bien Antonio Muñoz Molina que, admitiendo que no le gusta el último periodo “grandilocuente” de Philip Roth, espera que, a pesar del abandono, “nos vuelva a contar una historia verdadera y perfecta”. Yo lo espero de los tres.

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