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Hoy, 30 de noviembre, nació hace 138 años Winston Churchill, una de las más significativas figuras de la política europea del siglo XX. No quiero ahora reseñar su larguísima, y en muchas ocasiones controvertida, trayectoria política, sino detenerme un momento en el tópico de la falta de agradecimiento de los británicos que, en 1945, después de haber liderado -desde antes que cualquier otro y con una energía y entrega digna de encomio- la lucha política y militar contra Hitler, no le apoyaron en las urnas como él mismo esperaba. Al término de la guerra, Churchill, encabezando el partido conservador, perdió las elecciones y el puesto de primer ministro que desempeñaba desde la dimisión de Chamberlain el 10 de mayo de 1940. El triunfo del laborista Clement Attlee en las elecciones de 1945, cuando todavía Churchill era un gigante político en el Reino Unido, se ha interpretado a veces por razones achacables a su programa político (el descontento con sus propuestas sobre la sanidad y la educación públicas, que afectaban directamente a muchos de los que habían combatido en el campo de batalla) y a veces por la desafección que su partido, y no tanto él, se había granjeado desde años atrás, desde los tiempos de Chamberlain y Baldwin. El gran líder de la Guerra Mundial tenía que compartir el poder en tiempos de paz con el Partido Conservador y la idea no gustaba a muchos votantes.


Sea como fuese, el tópico subraya, entre los muchos partidarios que Churchill ha tenido haya hoy mismo, que los británicos fueron desagradecidos con su primer ministro en 1945. Para reforzar la tesis, o atribuirle a otros el desagradecimiento, se cita una y otra vez una frase del propio Churchill (“los grandes pueblos son siempre desagradecidos”) que, aquí, puso de moda el ex presidente José María Aznar tras la elección de Obama en 2008 adjudicando los méritos a su amigo Bush y la falta de agradecimiento a los ciudadanos estadounidenses que por entonces, y quizá aún hoy, le daban la espalda en las encuestas y le valoraban muy a la baja. Si la cita tuvo éxito quizá fuese porque se pensó, que hablando de Bush con Churchill al fondo estaba, en realidad, hablando de si mismo.
Muchas frases redondas son atribuidas erróneamente a Churchill (tanto él como su sucesor el laborista Attlee utilizaban a menudo las muy sonoras del historiador Edward Gibbon) y otras, que si eran del político que hoy recordamos, se sacan de contexto o se utilizan para asuntos que no fueron precisamente aquellos a los que se refería. La alusión a los pueblos desagradecidos procede de Séneca, que lo dijo de los hijos con respecto a los padres aunque con intención de más alcance. A los hombres en general se lo achacó Maquiavelo, como una advertencia para que el príncipe gobernara con éxito y sin demasiados sustos, y se discute si Churchill estaba pensando al decir la famosa frase en su fracaso de 1945 o, algún tiempo antes, en la lacerante falta de agradecimiento de Moscú cuando, ya aliados contra Hitler, le proporcionaba armas y entregaba la vida de muchos soldados británicos protegiendo los movimientos de las tropas de Stalin por Europa. La queja, con su adorno grandilocuente, habría sido expresada, en este supuesto, a Roosevelt.
Pero lo que me interesa destacar, en este 138 cumpleaños de Churchill, es que en absoluto fue olvidado tras la guerra ni se le dejó de mostrar el agradecimiento de los británicos, desde la reina a los ciudadanos. Si perdió las elecciones en 1945 fue elegido de nuevo primer ministro en 1951, cargo en el que estuvo hasta su dimisión definitiva en 1955. En 1953 se le otorgó la Orden de la Jarretera y todo el Reino Unido vibró de entusiasmo cuando, ese mismo año, se le concedió el premio Nobel. Dos años después se le quiso otorgar al título de duque de Londres que terminó por declinar. La más grande manifestación de devoción se vivió al final de enero de 1965. Churchill fallece y durante tres días miles de personas honraron su cadáver en Westminster. El funeral fue el primero celebrado en la catedral de San Pablo a una persona que no era de la realeza desde 1914 con una participación popular y una presencia internacional que, según los cronistas, sólo ha superado desde entonces el de Juan Pablo II. El traslado del féretro por el Támesis hasta el cementerio fue un acontecimiento impresionante en el que a la multitud se sumó el gesto simbólico de inclinar todas las grúas de las orillas.
Estuviera donde estuviera entonces, Winston Churchill, sin duda, no podría decir otra cosa que los grandes pueblos son, cuando hay que serlo, agradecidos.

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