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Últimamente me encuentro en mis lecturas con la sombra de la muerte (o con la muerte misma), como si fuese, si no un presagio, una advertencia. Nada más terminar Mortalidad, el impactante y emocionante testimonio de Christopher Hitchens sobre su imposible lucha contra el cáncer o, mejor, como el mismo anota, sobre la lucha del cáncer contra él, he leído El mar, de John Banville, que tenía desde hace mucho a la espera, siempre postergado por otros libros. No sé si lamento el retraso o me felicito por él ya que la novela, que obtuvo el Premio Man Booker en 2005, merecía haber sido degustada cuando antes aunque el olvido ha hecho que pueda disfrutar de ella ahora mismo, en este otoño de siete años después de su publicación.
Banville cuenta en El mar la peripecia personal de Max Morden, un historiador del arte que acaba de perder a su mujer y que decide refugiarse en un pueblo junto al mar en el que veraneaba de niño. Los recuerdos se agolpan y algunos, como el de su mujer, le atormentan. Todos son, de algún modo, como la historia de su relación infantil con el matrimonio Grace y sus hijos gemelos, que centra buena parte del libro, la manifestación de una pérdida. La vida, quizá, es más el continente de lo que se pierde que el contenido de lo que se acumula. Y, con un estilo literario muy hermoso, que en ningún momento pierde el aliento, hace que la depresiva soledad y el borboteo de las emociones –que el lector hace suyas- conviertan al autor y al libro en algo que podríamos llamar “un clásico”, no por su opción estética, sino por el carácter memorable de la novela. No son nada, no pierde nada, estos siete años de retraso y tampoco lo serán, ni se perderá el valor de su prosa, muchos años después.
Max Morden, alejado del mundo y sumergido junto al mar en sus recuerdos, que llegan como el oleaje o la marea, trata inútilmente de escribir un libro sobre Bonnard. Una y otra cosa le da pie a Banville para algunas referencias literarias y artística, que nunca son un artificioso añadido sino un modo de enmarcar simbólicamente la historia que nos cuenta. Por ejemplo, el fascinante cuadro “Desnudo en la bañera, con perro” del pintor francés, en el que retrata a Marthe, que no se llamaba realmente Marthe, con la que compartió desgracias cincuenta años, desnuda en la bañera, con las larguísimas piernas que parecen deformar la pila, y en un escenario, quieto y acuoso, que da la impresión de que se derrama. Como el ambiente magistral de la novela.

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