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Fernando Beltrán (Oviedo, 1956) es “nombrador” y por sus éxitos en este peculiar oficio sabía de él. Le contrataron, al parecer, porque había un lugar al que no iba nadie –Parque Biológico de Madrid- y propuso, para empezar, cambiarle de nombre. Desde que es Faunia tiene éxito y visitas. Cuando se animó a constituir una empresa para crear nombres le dijeron que estaba loco pero, con el paso del tiempo, todos reconocen Amena, La Casa Encendida, Opencor, Suma de Letras, etc. No era, como se ve, una locura.

“Poeta y nombrador” dijo su hija en el colegio cuando le preguntaron la profesión de su padre. Porque el nombrador ha publicado una quincena de libros y un par de interesantes manifiestos poéticos desde 1983, año en el que obtuvo el accésit del Premio Adonais. Como no conozco a su hija, que hizo de nombradora del trabajo de su padre, tuvo que ser un periodista –y también poeta- el que me lo descubriera como escritor: Gonzalo Cortizo. Un favor que nunca agradeceré suficiente.
En 2011, Hiperión publicó su obra poética de 1980 a 12010. Una poesía, como dice el nombrador, “entrometida. El libro, del que he elegido este poema para un domingo de noviembre, se titula, irónica y significativamente, Donde nadie me llama.

Te amé como se aman
las cosas que no ocurren,

como se pone nombre
a las caricias

y se contagia el don
de la tristeza

una noche cualquiera

buscándote en un bar
donde no estabas,

persiguiendo tu lluvia
por las calles vacías

donde nunca estuviste
y aún me esperas.

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