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Thomas Hardy nació en el condado de Dorset en 1840 y falleció en 1928. Arquitecto de profesión, lector infatigable, es uno de los novelistas más importantes del periodo de entresiglos en Inglaterra. Admirado por las generaciones siguientes de escitores y lectores, sus novelas de la década de los 70 del siglo XIX le valieron la incomprensión y el agrio rechazo por su crítica de la sociedad victoriana. Volvió entonces a la poesía, que había cultivado de joven sin publicar, y a una vida distinta desde que conociera a Emma Gifford cuando restauraba una iglesia en el norte de Cornualles. Es la mujer de sus versos, en los que decía querer mostrar la otra cara de las emociones humanas, y de su vida. Al morir sus méritos y el éxito de sus novelas hicieron que fuera enterrado en la Abadía de Westminster pero su corazón fue acertadamente depositado en la tumba de Emma.

El poema de este domingo pertenece a Los poemas del novelista, una edición bilingüe seleccionada, traducida y anotada por Adolfo Sarabia, que fue publicada en 2002 por Hiperión.

ME MIRO EN EL ESPEJO

Me miro en el espejo,
veo mi piel ajada,
y digo “¡Dios quisiera
que hubiese envejecido mi corazón igual!”

Así no sufriría
al ver los corazones que se me han vuelto fríos
y el eterno descanso esperaría yo solo
con ánimo impasible.

Pero el Tiempo, que quiere verme seguir sufriendo,
hay parte que nos quita, otra parte nos deja;
y sacude este frágil cuerpo al llegar la tarde
con pálpitos que son del mediodía.

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