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En las elecciones autonómicas vascas el PP ha obtenido el 11,30% de los votos válidos cuando en las anteriores, 2009, consiguió el 14,09%. Una pérdida, por tanto, de 2,79 puntos. Prefiero utilizar, para este comentario, el porcentaje de votos válidos porque el número de votos o el de escaños, que por llamativos veo a que a muchos les sirven de guía (o de disculpa), precisarían hacer aclaraciones sobre la abstención y el censo electoral –menor en esta ocasión que en la anterior- o, en el caso de los escaños, sobre un sistema electoral que no responde a la proporcionalidad, por las circunscripciones, y que está sometido, en los escaños logrados, por la comparativa de los partidos entre si (el beneficio del más votado y el efecto de las diferencias entre unos y otros, etc.) de la Ley d’Hont.


Una pérdida de 2,79 puntos para un partido que no había conseguido un porcentaje elevado en las elecciones precedentes, desde luego muy por debajo de los resultados del PP en el resto de España, es significativo. Si el propio Antonio Basagoiti, candidato a lehendakari y presidente del PP vasco, ha dicho tras las elecciones que los resultados “no son buenos”, no seré yo el que pueda convencerle de otra cosa. Pero esta realidad no impide tratar de analizar lo que haya podido ocurrir, aunque sea como meras hipótesis (que espero sean razonables), y ensayar sobre el papel algunas consecuencias.
El primer dato es que, no sólo en estos comicios sino históricamente, el PP en el País Vasco no tiene la incidencia en el electorado que, con las variaciones que se quiera, si se muestra más o menos homogénea en el resto de España. Algo parecido ocurre en Cataluña, en donde, en las autonómicas, sus porcentajes de voto válido han oscilado entre el 5,31% y el 13,8% (12,335 en las últimas de 2010). En las últimas legislaturas de ambas comunidades, el PP ha tenido un papel importante por resultar necesario para la gobernabilidad, pero eso no quita su reducido resultado electoral comparado con otras regiones. A nadie se le oculta que, incluso con profundas diferencias con el nacionalismo, compiten en Cataluña y País Vasco con otras formaciones nacionalistas de centro-derecha, con mayor implantación y posibilidades de gobernar que les restan apoyo en las urnas. Por eso, en las elecciones generales suelen tener mejor resultado, ya que el tema a dilucidar es otro, y mejoran en las autonómicas en las que el enfrentamiento entre nacionalistas y no nacionalistas es más acusado en vez de otras cuestiones. Seguramente por ello las encuestas vaticinan una mejora popular en las próximas elecciones catalanas, con el referéndum de autodeterminación y la independencia en el frontispicio, y los resultados de sus compañeros vascos fueron mejores contra Ibarretxe (ya fueran los candidatos del PP Carlos Iturgaiz, Jaime Mayor Oreja o María San Gil) que contra Ardanza o Urkullu. El trasvase de votos del PP al PNV o de la abstención al PP se acentúa teniendo en frente nacionalistas más drásticos y, viceversa, es del PP al PNV o de la abstención al PNV cuando los candidatos de éste son más moderados. Volveré a ello en relación a las elecciones del pasado domingo.
Mientras, otros datos. En sus dimensiones, el PP vasco no tiene una presencia homogénea en el País Vasco. En estos últimos comicios, ha conseguido en 18,95% de los sufragios válidos en Álava, el 11,79% en Vizcaya y sólo el 8,48% en Guipúzcoa. La fuerte implantación del nacionalismo en Guipúzcoa, que tampoco es exactamente homogénea en relación al resto del País Vasco, la menor importancia en Álava o el poder del PNV en Vizcaya, encabezado por líderes “moderados” que también se han enfrentado a las veleidades radicales, puede ser, claro, una explicación, pero téngase en cuenta que el PSOE, con pésimos resultados este año, ha conseguido el 19,58% en Álava, el 18,94% en Vizcaya y el 19,26% en Guipúzcoa, es decir, una implantación similar en todo el País Vasco que al PP le ha faltado y le falta. Es, mediante la acción política y el papel de sus líderes, una asignatura pendiente.
Con todo, una fortaleza del PP, demográfica y de cara a la opinión pública, pero que debe entenderse más como reto que como satisfacción, es que, en los tres territorios, su incidencia es sensiblemente mayor en las capitales que el resto. Valga solo, por llamativo, un ejemplo: si el domingo pasado, como he dicho, el porcentaje de voto obtenido en Guipúzcoa ha sido el 8,48%, en la capital, San Sebastián, llegó al 15,50%, casi el doble. Al Partido Socialista le ocurre lo mismo –es más fuerte en las tres capitales que en la totalidad de los territorios- pero sólo mínimamente. Ser más urbano es distinto y más conveniente que sólo urbano. Sobre todo para conseguir mejores resultados electorales.
Volvamos a ese trasvase de votos entre PP y PNV, o entre la abstención y los dos partidos citados. Cuando el PP pactó con Patxi López el apoyo a su investidura en 2009 y al gobierno socialista, mediante un documento suscrito en el que constaban algunos objetivos políticos compartidos y determinadas fórmulas de seguimiento y colaboración, hubo ya voces que se levantaron molestas. Unos, desde los aledaños del Partido Popular y desde el interior del mismo, entendían que, ideológica y estratégicamente, era mejor cualquier entendimiento con el PNV que, a diferencia del PSOE, podía ser socio tras un eventual triunfo del PP en las elecciones generales. A lo largo de la legislatura, no fueron pocos los empresarios que dijeron a Antonio Basagoiti –como él mismo ha reconocido en alguna ocasión- que tenía que ir pensando, por una teórica mayor coincidencia en lo que a la política económica se refiere, en cambiar de socio. Fuera del País Vasco he oído y leído planteamientos muy similares. Cada uno puede pensar lo que quiera sobre estos u otros pactos –a mi me pareció magnífico que el PP apoyara a López y facilitara una fórmula de gobierno no nacionalista que sucediera al sempiterno nacionalismo-, pero lo que me interesa es subrayar, junto a las diferencias y a los juicios, un indudable terreno sociológico común que, a mi entender, sustenta, en determinadas condiciones, el trasvase de votos. Hubo otros, hay que recordarlo, que se opusieron, tácita o explícitamente, a aquel pacto por entender que el PP, poseedor a su juicio de una inamovible doctrina de “principios y valores”, debía defenderla en solitario, más allá de la política, es decir, de las transacciones y pactos que contiene la política. Más valía, para estos, estar solos en la oposición, pero puros, que contaminados en el poder o en su cercanía. No se debía tratar de atemperar a otros con un programa conjunto porque, al mismo tiempo, eso significaba atemperar el propio-
Los impuros son más, no hay duda, y me parece que las circunstancias antes citadas, se daban en las elecciones del pasado domingo. El PNV había dejado a un lado los monstruos generados por los sueños de Ibarretxe por haber quedado escaldado por su Plan, no por el rechazo al mismo en el Congreso, sino por los problemas que le había ocasionado internamente tanto por un cierto mimetismo con la Izquierda Abertzale en Guipúzcoa, que le pasó factura en las urnas, como por el enfado y las críticas en Vizcaya, en donde se esgrimía su éxito en las elecciones como prueba de la eficacia de una “moderación” pragmática. Urkullu, desde luego, era más digerible para una parte del electorado conservador que Ibarretxe y sus desvaríos. Junto a ello, se convertía en un objetivo compartido por muchos detener el avance de Bildu, que había ganado en las elecciones locales y forales de 2011 en Guipúzcoa, que había conseguido sorprendentes resultados en todo el País Vasco y que se postulaba, con posibilidades, para gobernar tras las autonómicas.
El “voto útil” para muchos de los que pensaban así, era votar al PNV y no al PP, por mucha simpatía con la que se le mirara.
Creo que el trasvase del PP y de la abstención al PNV no es, en este escenario, una ocurrencia mía, sino un dato que manejaba, como peligro, el propio PP y, como oportunidad, el PNV. Y me parece que así ha ocurrido, un trasvase que no es una deserción del PP (ha perdido, recuerdo, 2,79 puntos) ni la causa del triunfo del PNV, pero que ha compensado en cierta medida la desafección del sector de votantes tradicionales del PNV que se siente más cerca o sencillamente entregado a Bildu. Quienes votaron al PP y ahora, en base a este planteamiento que no juzgo –hoy- pero que me parece que es una realidad, se sentirían este lunes satisfechos aunque siguieran pensando que no han ganado “ellos”.
Me faltan datos –una encuesta postelectoral y sus correspondientes estudios sociológicos- pero me parece que esta tesis es razonable. Es más, pienso que la mayor parte de la pérdida de votos del PP responde a criterios similares, a los que habría que añadir, como minoritarios, los desencantados que se quedan en casa, el efecto de las políticas del Gobierno del PP y los apegados a la “pureza” antes aludida.
Y, por último, una consideración práctica. Si no estoy muy equivocado, si una parte de los votantes del PP reaccionan así, ¿hay quien crea que sólo los recuperarán los “puros”? Un problema de los dirigentes de los partidos es que la opinión de sus amigos es la de los que van a la sede, la de los que van a la sede la de los militantes y la de los militantes la de los votantes. Y no es así nunca, ni en este caso ni en otros.

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