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Cualquier repaso de la historia del arte, por somero que sea, revela una historia de las obsesiones de los artistas que aparecen, como referencia o tema constante en su obra. Recientemente, dos exposiciones se han presentado, significativamente, como muestra de las obsesiones de sus protagonistas: Gauguin y su búsqueda de lo que pudieran suponer, en el tedio de la civilización, las tierras vírgenes (Museo Thyssen) y Louise Bourgeois y su trabajo original y concienzudo para no ser olvidada ni rechazada ni como artista ni como mujer (La Casa Encencida). La obsesión tiene una vertiente perturbadora, no en vano la palabra procede de la que en latín significa asedio y otra, complementaria, que designa lo que, sin trastorno pero con cierto desasosiego, se nos presenta una y otra vez en la mente. En el caso de los artistas, seguramente, juegan las dos cosas. También se dice, con ironía, que un escritor tiene dos o tres temas y un buen escritor solo uno.

Una obsesión llamativa, encendida si se quiere, es la del pintor Gustave Coubert (1819-1877) por las mujeres pelirrojas. Hubo muchas mujeres en su vida y en su obra: de piel blanca o levemente oscurecidas, vestidas o desnudas (muy a menudo), estilizadas o redondas, pero tenía que ser, para impresionarle, siempre pelirrojas. En una carta dirigida a su padre, en 1865, le cuenta su trabajo y sus sorpresas en el taller: “entre las dos mil mujeres que han venido a mi taller, más que la princesa Karoly o a Mlle. Aubé, he admirado la belleza de una soberbia pelirroja en cuanto comencé el retrato”. Se trataba de Joanna Hiffernan, irlandesa, modelo y amante de James Whistler, el precursor del impresionismo, que se la presentó a su amigo Coubert y este la convirtió –también- en su musa. En 1863, Whistler presentó su retrato de Jo –todo blanco salvo su cobriza cabellera- en el Salón de los Rechazados por el jurado del oficial Salón de Paris y, tres años más tarde le bella irlandesa aparece, ante el espejo y mesándose los cabellos, en un lienzo de Coubert.

 

 

 

 

 

 

No fueron los únicos artistas obsesionados por las cabelleras pelirrojas. La famosa Psique de Lawrence Alma-Tadema es pelirroja, como la shakesperiana Ofelia pintada por Millais o la Beatriz de lord Leighton. Manet, para la descarada “Olympia” y para “El desayuno en la hierba”, eligió como modelo a la pelirroja Victorine Meurent y, como tantas veces se ha subrayado, en “La Venus de las pieles” –novela en la que la protagonista es un trasunto de la escritora Fanny Pistor, de la que Leopold Sacher-Macoch se convirtió, mediante contrato, en su esclavo durante seis meses- está explicitada la obsesión por las pelirrojas del autor. La Venus de Boticelli, que dicen que representa más la inteligencia que el amor carnal, es también pelirroja. Algo tienen, no hay duda.
Coubert, que no era amigo de los disimulos, dijo que las pelirrojas eran para él una expresión de la libertad, que tenían algo especial para la apología del sexo y del erotismo. Pero, también para él, eran al mismo tiempo personas concretas que le habían impresionado tanto o más que los conceptos. El mismo año que pintó “Jo, la bella irlandesa” terminó el que iba a ser su lienzo más turbador y famoso, “El origen del mundo”, en el que pinta a una mujer desnuda, recostada sobre las sábanas, con las piernas abierto y el pubis en primer plano. Las andanzas del oleo son numerosas. Se dice que fue pintado por encargo de un diplomático turco pero, poco después, estaba en el establecimiento del anticuario Antoine de la Narde y, de allí, sin que se sepa cómo, fue expuesto en 1913, donde lo compró el barón húngaro Hatvany, que también mostraba sus cuadros en la galería. El barón se lo llevó a Budapest hasta que, en la Segunda Guerra Mundial, fue requisado por la Verhmatcht. Pasó después al Ejército Rojo, que lo devolvió a su dueño, que a su vez se lo vendió a Lacan. Tiene algo tan turbador, más allá del desnudo, que el anticuario de la Narde, el barón Hatvany y Jacques Lacan lo tuvieron escondido, tapado por otros, siempre oculto. Sólo ahora, después de que la familia Lacan pagara con el cuadro unos impuestos sucesorios, se puede ver sin trabas en el Museo de Orsay, en París.
Desde que se conociera “El origen del mundo” –título brillante que no es de Coubert- se ha especulado acerca de si la modelo era también Joanna Hiffernan. Incluso los especialistas, ante las dudas de si el vello púbico de la modelo era o no realmente pelirrojo, han analizado el color y el hipotético desgaste del oleo para desvelar un misterio discutido y aún no resuelto. Los “coubertistas”, de su pintura y sobre todo de su vida, no titubean: ¿quién iba a ser si no Jo? ¿no es menor el misterio y la evidencia del vello que el misterio y la evidencia de cuáles eran las relaciones entre el pintor y la bella irlandesa en 1866?
Lo dejo aquí porque he quedado con una pelirroja y no quiero retrasarme.

 

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