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En las elecciones generales de 2008 el PSOE, encabezado por José Luis Rodríguez Zapatero tras una primera legislatura con el respaldo de la opinión pública a pesar de una oposición frontal del PP, obtuvo un 43,87% del voto útil. El PP se quedó en un 39,94%, es decir, a 3,96 puntos de su principal adversario. En noviembre de 2011, al término de esa legislatura mediante la convocatoria de elecciones anticipadas, cambiaron las tornas y el PP consiguió el 44,62% y el PSOE, esta vez encabezado por Alfredo Pérez Rubalcaba, bajó hasta el 28,73%, una impresionante pérdida de 15,14 puntos del voto válido.
¿Cuál es, si se puede determinar una principal, la causa de esa significativa pérdida? En los últimos meses, antes y después de esos comicios generales, leo y escucho que el derrumbe del PSOE, o del ex presidente Zapatero para quienes quieren hacerle responsable de todo, está en mayo de 2010 cuando, alertado u obligado por sus socios europeos y los Estados Unidos, el Gobierno tomó una serie de medidas de sonoro ajuste ante la “emergencia económica” o, en la retórica socialista del momento, para la responsable “salvación del euro”. Últimamente, los que se oponen con contundencia a los ajustes y recortes del PP de Rajoy, e incluso piden su dimisión por no ajustar su política a las promesas electorales, insisten, como si formularan un principio y no sólo una protesta contra el actual Gobierno, que Zapatero habría tenido que hacer lo mismo en 2010, al ser consciente de que no podía llevar a cabo su “contrato” con los electores, y, en vez de las medidas que tomó entonces, proponer, mediante elecciones, un nuevo programa. Como no lo hizo, insisten, promovió una desafección que le llevó al catastrófico resultado electoral año y medio después.


Si observamos el gráfico de la estimación de voto desde las elecciones de 2008 repararemos en un primer e importante descenso del apoyo al PSOE en el periodo de marzo de 2008 a mayo de 2009, del 43,87 obtenido en las urnas hasta aproximadamente 38%. Este periodo negativo coincide con la aparición de la crisis económica internacional desde la caída de Lehman Brothers y la reacción oficial española negando la crisis y hablando de una desaceleración que se combatía con el Plan E, las inversiones locales, los créditos del ICO y culminaba con el relevo de Pedro Solbes. La incredulidad de los votantes, la sensación de que no se sabía como responder a una crisis que los ciudadanos ya veían clara, la aceleración del paro, etc. operaron en contra de un Gobierno del PSOE que negaba la mayor y hacía gala de nuestra fortaleza y el mejor sistema financiero del mundo. Hubo después un leve repunte, hasta una estimación de voto cercana al 40% -coincidiendo con la subida del IVA y la Ley de Economía Sostenible- y, de ahí, vuelve a producirse la caída del PSOE por un plano inclinado hasta mayo de 2010, momento en el que los ajustes anunciados por Zapatero suponen una caída en la valoración electoral del PSOE hasta el 32,3% a comienzos de julio. No se trata, por tanto, de negar el efecto en la estimación de voto de esta dura conversión a la ortodoxia presupuestaria que ya se imponía en Europa, sino de intentar colocarla en su verdadero lugar. Las medidas suponen al PSOE una pérdida 4 puntos (según un sondeo de Antena 3; 3,8 puntos según una encuesta de El País; 3,1 puntos según el CIS en julio) pero no debe olvidarse que toda la gestión socialista hasta ese momento ya había rebajado las expectativas en más de 6 puntos. Y que, a mediados del mes de julio, se observa un leve ascenso de 2 puntos, desde el que vuelve a hacerse presente el plano inclinado por el que cae el PSOE acelerándose con la Reforma Laboral de septiembre de 2010, que supone un nuevo varapalo de 4 puntos que vuelve a recuperarse poco antes del mes de diciembre.
Podría decirse, por tanto, sin dejar de ser razonable, que las medidas de mayo y la Reforma Laboral de septiembre de 2010 supusieron, en la evolución de la intención de voto socialista, una pérdida parecida y complementaria a la que ocasionó la gestión económica del Gobierno hasta ese momento. Y que si, después del torbellino del efecto de esas dos decisiones, el PSOE consiguió una relativa mejora, lo perdido antes y paulatinamente ya no tendría remedio. Ni coyuntural remedio.
En ese final de año, las expectativas socialistas vuelven a caer estrepitosamente hasta el 24,3% pero el descontento con la política económica (en el que, ojo, los encuestados combinan que las medidas son impuestas desde fuera con quejas concretas y la impresión de que son insuficientes) viene acompañado, y de qué manera, con el descalabro socialista en las elecciones catalanas de finales de noviembre después de un largo desgaste con el tripartito, el nuevo Estatuto de esa comunidad y la sentencia del Tribunal Constitucional. En el juicio sobre el Gobierno la economía es fundamental, pero no sólo ella,
Tras ese descenso a los infiernos, el PSOE se recupera algo, con altibajos, y consigue en las locales de mayo de 2011 un 27,79 de los votos emitidos y alcanza poco después, en las estimaciones de voto hasta el mes de noviembre, es decir, hasta poco antes de las últimas elecciones generales, estar entre el 30 y el 31%. Muy lejos, siempre, del PP, que todo el mundo preveía como ganador, pero no muy lejos del 32,3% estimado en el “fatídico” mayo de 2010. Sin embargo, como decía al comienzo, nada paraba ya la tendencia a la baja (ni la convocatoria adelantada, ni la decisión de Zapatero de retirarse, ni la candidatura de Rubalcaba –sobre todo teniendo en cuenta que se le elige sin un debate y primarias que habían generado una cierta ilusión-, ni nada). El 20 de noviembre del pasado año vota al PSOE el 28,73% del electorado, 15,14 puntos menos que en 2008 y casi 4 por debajo de la estimación de mayo de 2010.
Creo, por ello, que el juicio negativo de los electores no puede atribuirse a los recortes de ese mes sino a toda una trayectoria en la que cuentan la política y la economía, incluso en ésta rumbos bien distintos que se consideran insuficientes, deficientes, improvisados y contradictorios. El Barómetro del CIS estimaba a comienzos de este verano pasado que la intención de voto del PSOE en ese momento (ya en la oposición) no alcanzaba el 30%. Mayo de 2010, desde luego, no tiene la culpa.

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