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Cuando me preguntan qué poeta prefiero de todo el siglo XX -lo que alguna vez, amablemente, me preguntan- no dudo en responder: Wynstan Hugh Auden. El, se ha dicho (Edward Mendelson), es, además, el primer poeta en lengua inglesa que se sintió a sus anchas en el siglo XX, no porque le pareciera plácido, sino porque nunca renunció al coraje necesario para enfrentarse a sus males, a sus posibilidades, a sus tragedias y al uso variado que se daba al lenguaje de su tiempo. Mi elección, además, viene avalada: sus primeros poemas fueron publicados en 1928 por su amigo Stephen Spender, captaron la atención y admiración de T. S. Eliot, que apadrinó los siguientes poemarios y terminó siendo el más celebre de su generación. En 1987 conocí en Valencia, en el congreso que conmemoraba la famosa reunión internacional de escritores y artistas de 1937, a Stephen Spender,amigo y colega de tantas aventuras, y le hice la consabida pregunta: ¿quién es el mejor poeta del siglo XX. “Auden” respondió con una sonrisa.
Auden nació en York en 1907 y estudió en Oxford. Vivió en Alemania, escribió libros de viajes, se trasladó a Estados Unidos y obtuvo la nacionalidad estadounidense, volvió a Oxford a dar clases de poesía y murió en Viena en 1973. Galaxia Gutemberg publicó en 2007 una extensa selección de su obra en edición bilingüe de Jordi Doce, de la que selecciono este domingo el fragmento XXXVII de Un poema no escrito, en el que reflexiona sobre el amor y la poesía.

XXXVII
Tengo hambre: Tengo mucha hambre; Me muero de hambre: es evidente que estoy hablando de tres grados distintos del mismo apetito. Te amo un poco; Te amo mucho; Te amo con locura: ¿Seguimos hablando de tres grados distintos? ¿O más bien de tres clases distintas?

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