El último informe del FMI, que aquí sólo se ve en lo que afecta a España, está siendo aventado por unos y por otros. Como un susto más por el Gobierno, porque sus previsiones, además de ser negativas, ponen en duda el cuadro macroeconómico de los Presupuestos de 2013. Como un arma por algunos sectores de la Oposición, aunque muchos de los que lo esgrimen aborrecen del FMI y sus pompas), porque vendría, dicen, a subrayar los errores del Gobierno y sus cábalas en el aire.

El FMI tiene una larga tradición de equivocaciones, y en este mismo informe corrige las previsiones anteriores. El ex presidente Felipe González ha señalado recientemente, con ironía, que él, estando en el Gobierno, ya había recomendado que los informes del FMI fueran uno al año, y no tres, porque era mejor equivocarse una que tres veces. Puede ser que se equivoque y puede ser que esta vez acierte, al menos con el respaldo de la retórica del presidente Rajoy con la información de Reuter sobre una inminente petición de rescate: quizá Reuter sabe más que yo, lo que podría ser, o quizá yo acierte si les digo que no…

No soy capaz de avalar o echar abajo el informe y las previsiones. Ni de ofrecer un contrainforme. Lo que me llama la atención es la seguridad con la que se dan los datos que tendrá la economía en los próximos años y hasta 2017, ya sea en el caso de Mongolia o en el de España. ¿Es una condena -o una celebración en algunos países- impepinable? ¿Da igual la política económica que se lleve a cabo o las circunstancias geopolíticas de cada país? Si la economía de los Estados Unidos se va a mantener como hoy dentro de seis años, ¿es lo mismo que ganen los demócratas o los republicanos. Hay muchos países de las economías principales a las que se hace referencia que tienen en el periodo profetizado elecciones con candidatos y partidos que prometen políticas confrontadas: ¿hagan lo que hagan ocurrirá lo que el FMI aventura?

Esa es mi desconfianza, o mi sorpresa, como se quiera. Más incluso que la directora general del FMI recomiende, en una vorágine de declaraciones no siempre aparentemente coherentes, políticas distintas de las que ayer llevaba a cabo como ministra francesa de Economía. Claro que todo el mundo puede caerse del caballo y rectificar, pero hay que procurar no caerse del caballo antes de montar en él. Y, así, tras un informe tan demoledor, se nos anuncia que los hombres del FMI (no los de negro, los de gris) vendrán la próxima semana a España para ver cómo están las cosas.

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