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Vuelvo al gran Czeslaw Milosz, con cuya Tierra inalcanzable, la antología que –traducida y prologada por Xavier Farré- publicó el año pasado Galaxia Gutenberg, he pasado buena parte del verano. En los poemas en ella recogidos hay playas y piscinas, sol, calor y sombras y, además, una reflexión poética densa sobre el siglo XX. Milosz estuvo siempre apegado a los avatares de su tiempo desde que naciera en Szetejnie en 1911, hoy Lituania, hasta su muerte en 2004 en su querida Polonia. Querida y añorada, y vivida en la distancia a través de la lengua polaca que nunca abandonó, porque su vida fue un continuo exilio desde la Segunda Guerra Mundial hasta su larga estancia en Berkeley. Volvió a Polonia en 1993, con un enorme bagaje de versos, traducciones y ensayos en los que se plasma una evolución política que le convirtió en un enemigo perseguido del régimen comunista que, en su propio país, prohibió sus obras hasta poco antes de la concesión del Nobel en 1980. Para quien quiera saber más sobre él, sobre sus ideas y sobre el siglo XX, recomiendo el archifamoso ensayo El pensamiento cautivo.

Encuentro

Íbamos por campos helados antes del amanecer,
el ala roja se levantaba, aún era de noche.

Y de repente pasó corriendo una liebre,
y uno de nosotros la señaló con la mano.

Eso fue hace tiempo. Hoy ya no viven
ni la liebre ni quien la señaló.

Amor mío, dónde están, adónde van
el destello de la mano, la línea del movimiento,
el crujido de la tierra helada.
No hay tristeza en mi pregunta, sino reflexión.

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