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Estaba una mañana en una de las librerías Papacito de Montevideo, verdaderos paraísos de los libros antiguos y recientes, y había elegido una vieja edición de El Estado y la revolución de Lenin ede la que me gustó su tipografía amplia y clara. En ese momento entró Mario Benedetti y, tras dudarlo unos minutos, me acerqué a él. “Es usted Benedetti”. “Sí, ¿y usted? ¿Nos conocemos?”. Le dije que no o, mejor, que yo sí le conocía de algún modo porque había leído sus libros. “Ah, muchas gracias, entonces quizá me conoce mejor que yo”. Era un hombre amable, sonriente; daba la impresión de que, de pronto, no tenía otra cosa que hacer que hablar conmigo.Cuando le conté que estaba en Montevideo invitado por el novelista Ruben Loza Aguerrebere y el diario El País (el de allí, claro) me dijo que había visto a Ruben (acentuando el nombre en la u, como hacen en Uruguay) dos días antes, en el sastre, probándose un chaqué. “A lo mejor le van a dar el Nobel”, comentó sonriente. Le dije que ojalá se lo dieran, claro, pero que era para la boda de su hija. “Sí, sí, me lo contó”. Me invitó a tomar un café en una terraza cercana y, mientras hablábamos, o, más bien, mientras me preguntaba por mi trabajo, por mi familia, por lo que me parecía Montevideo o por lo que me gustaba leer, me dijo que le perdonara un momento, volvió a Papacito y salió de nuevo con un ejemplar de Defensa propia, que me regaló. “Ahí está también Lenin”, me dijo. “Bueno -respondí-, no es precisamente mi héroe”. “Ya me dí cuenta, siguió, si es usted amigo de Ruben y ha venido por El País. Pero también estoy yo…”. Al despedirnos, comentó: “¿Sabe? No ocurrirá pero me gustaría”. “¿Qué?”, pregunté. “Que le dieran el Nobel a Ruben”. “También me gustaría que se lo dieran a usted”, le dije. “Bueno, gracias, pero Ruben ya tiene el chaqué”.
Había pensado reproducir de Defensa propia “El bien y el mal”, el poema en el que está Lenin, pero he elegido al final “Posibles”, en el que me parece que, aún más, está él.

POSIBLES

Si uno descansara de los pobres diablos
de las mezquindades que aportan los solemnes
de las pesadillas con ojos entreabiertos
la vida sería más llevadera
uno podría armar una buena memoria
para que lo esperara en el futuro
y asimismo una ventana abierta
en la que el alma pudiera ventilarse
y los espectros por fin se acobardaran

si uno pudiera imaginar su mínima liturgia
con quien colecciona clemencias y perdones
y repartiera la ayuda que nos queda
entre esperados y desesperados
la vida esquivaría los charcos del dolor
y se amoldaría a un decoro frágil

si uno pudiera desgarrar los odios
hasta que nadie los reconociera
quedándonos tan panchos en la suerte
y tan tranquilos fuera del calvario
la vida empezaría verdaderamente
y uno se atrevería a ser feliz.

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