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No sólo me gusta leer a Fernando Pessoa (Lisboa, 1888-1935). También me gusta que un poeta tan complejo y poliédrico guste a tanta gente, sea reeditado constantemente y acapare la atención de críticos sabios y lectores comunes como yo. Pessoa, amarrado a la mesa en la que despachaba correspondencia comercial sin pretender más que 60 dólares mensuales (“ni uno más”, decía), creó, entre otros heterónimos, a Ricardo Reis. Le hizo nacer en 1897, le hizo ser médico en Brasil, le hizo aficionado al mundo clásico, le hizo amigo de sus otros heterónimos aunque escribió con ironía que, ellos dos, Reis y Pessoa, nunca se conocieron personalmente. Para seguir esta apasionante historia de Reis, José Saramago le hizo sobrevivir a su creador y nos lo presenta, ya muerto Pessoa, volviendo de Brasil a Portugal a bordo del Highland Brigade. Reis había escrito que en todo poema, por breve que fuese, hay algo en lo que se nota que Homero existió. En todos no, pero en los suyos (y en los de su creador) sí. Este poema del domingo pertenece, claro, a las Odas de Ricardo Reis.

Cuántos gozan el gozo de gozar
sin que gocen el gozo y lo dividen
entre ellos y el ver
los otros que ellos gozan.
Ah, Lidia, los trajes del gozo omite,
que el gozo es uno, si es nuestro, no lo damos
como premio a los otros
por ver nuestro gozo.
Cada uno es él sólo, y sin con otros
goza, de los otros goce, no para ellos.
Aprende lo que te enseña
tu cuerpo, tu límite.

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