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El problema de “comunicación” del Gobierno español no es, a mi juicio, de elección de tiempos: esperar o no a conocer la situación de la deuda, y su coste, para decidir o no pedir ayuda a los nuevos fondos europeos o a saber las condiciones en que estos se formalicen y las decisiones del BCE. Tampoco el “miedo escénico” que los ministros y su presidente puedan tener a la reacción de la opinión pública ante medidas que supongan recortes en determinados servicios públicos. El problema, desde mi punto de vista, es de discurso, es decir, de la forma en que se explica –no en la que se establece- una determinada política.

Obama lo explicó muy bien en julio de este mismo año cuando evaluaba de modo autocrítico lo que le parecía su más grave error durante los dos primeros años de su mandato y que no era otra cosa que reparar en que no bastaban “buenas políticas” (las que él consideraba tales), sino que hacía falta también, desde la presidencia, contar a los ciudadanos “una historia que de sentido y unidad a aquellas”. Este modo de proceder, en el que Obama reconocía haber fallado como creo que falla ahora el Gobierno de Rajoy, es “la historia que explique dónde se quiere ir y por qué esa meta es un objetivo optimista”. La dura política del Gobierno se plantea ahora como “lo que no queremos hacer”, como si simplemente se tratase de un mandato inopinado o de una obligación impuesta para mantenerse vivos y no para alcanzar ningún objetivo ilusionante y conveniente.

El “relato” con que se trufa ahora la retórica puede ser una ficción, que no creo tenga otro sentido que engañarnos, o, como apuntaba Obama –más allá de sus éxitos o fracasos, de la identificación o discrepancia con sus ideas-, el dibujo de unos objetivos, de una meta que se considera mejor que el punto de partida, y que conlleva, en el camino, sacrificios y sinsabores que sólo así tienen sentido. Prefiero un plan, un plan político bien explicado, discutible pero razonable, que la prosa acre e improvisada del BOE, y, detrás, un Gobierno que da la impresión de desconcierto y pesadumbre, que prefiere no hablar con nadie de lo que hace: “comprendo que no les guste, a mi tampoco, pero es lo que hay…”

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