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Todos conocen a John Updike como novelista, o como editor del Lampoon o periodista de The New Yorker hasta que en 1957 se trasladara a Ipswich a escribir sus novelas, pero muchos menos como poeta, aventura que nunca abandonó a pesar de la reticencia de una crítica que él se tomaba con buen humor: “es posible que merezca ser olvidada”.
Cuando José María Moreno Carrascal empezó a seleccionar y traducir algunos de sus poemas, Updike manifiesta su contento en ser publicado en una lengua que había dado escritores que le eran muy queridos (cita en concreto a Cervantes, Unamuno, Ortega y Gasset, Salvador de Madariaga, Neruda, Borges, Cela, García Márquez y Mario Vargas Llosa) y que había sido tan próxima a su madre, una hispanista que visitó varias veces España empeñada en escribir una novela sobre Ponce de León. En el tercero de sus viajes, John Updike, acompañado también por su hija, hizo de conductor y guía y, cuando llegaba la noche y no lograba dormir, escribía versos, como los Sonetos españoles y este que elijo hoy y que, junto a aquellos, fue publicado en 2002 por la editorial valenciana Pre-Textos. A mi me gusta y no quiero olvidarlo.

VIII

Estas islas de la Historia entre atascos de tráfico
Juana la Loca en Tordesillas
tocaba el clavicordio apoyada en una almena,
contemplaba un río, extensos campos y un hombre solo
que atrapaba una oveja descarriada;
en Valladolid, Álvaro de Luna
se había hincado de rodillas en la pequeña plaza, llamada del Ochavo,
ahora sucia y con una placa, a la espera de ser decapitado.

Estas almas creyeron que las estrellas con ellos se agitaban.
Mi vida se ha cerrado herméticamente; duermo
mientras la idea de volver a ti surge como una cometa.
Arden neumáticos de goma donde los mártires sangraron,
la locura de la luz del sol derrite la llanura.
Hay más tulipanes que verdades en mi Madrid.

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