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Vicente Gallego nació en Valencia en 1963. Le gusta abrir su curriculum diciendo que abandonó los estudios para trabajar, entre otros oficios llamativos, como portero y bailarín en una discoteca, podador de pinos, repartidos de paquetería y pesador de residuos tóxicos urbanos en el vertedero de Dos Aguas. No es mala universidad, desde luego, para quien lo observa todo con lucidez y reflexiona sobre todo lo que ocurre a su alrededor y en su propia experiencia. Tanto oficio no le han impedido a Gallego las más vastas lecturas de poesía y sobre poesía y una intensa y fructífera relación con los poetas de su generación (y de las antecedentes y sucesivas). Y quizá a ambas cosas debe su proverbial sentido del humor y simpatía. Y esa vida que surge a borbotones en cada verso, todos técnicamente cuidados y llenos de frescura.

Ha sido premiado, entre otros con el Rey Juan Carlos de poesía, el Ciudad de Melilla y el Loewe . El poema de este domingo pertenece al libro Cantar de ciego.

CON LOS OJOS ABIERTOS

Con los mejores quise,
busqué un orden,
anduve hasta cansarme.
Virtud
no la aprendí,
pero no hay mala idea que una noche
no tuviera por mía.
Hallaron las pasiones
conmigo buen casero, que en mi hogar
todo vino se prueba
y más de un trago
le di a la jarra aquella donde oculto
la rabia y los venenos.

 
De amar lo que no dura, yo me acuso,
y de nunca aprender.
Aquí, lo que se da,
se quita, y aun parece
que se diera tan sólo por quitar.
 
Mirad, esto es un hombre:
estos cuatro aguinaldos
tan a cara de perro defendidos,
dos medias de susto
y dos de espanto.

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