Etiquetas

Hace ya bastantes años me pidieron que acompañara y presentara a Ernesto Cardenal en una serie de recitales poéticos organizados con motivo de un viaje veraniego a España. Acepté encantado, como encantado he leído ahora Vuelos de victoria, uno de los poemarios del nicaragüense editados por Visor con motivo de la reciente concesión del Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana.
Cardenal es un poeta cósmico y, de algún modo, desbordante. Quiero decir que parece recoger en cada poema y empaquetar adecuadamente en cada poema la cúpula celeste y todas las constelaciones. No quería tanto, puede decir un lector como yo, más bien apegado a lo contenido. En otros poemas, como los que recogidos en el libro citado, su compromiso político y geográfico aparece una y otra vez, subrayado. Digo geográfico porque durante aquellas jornadas, el “reverendo”, que quería que le llamase “compañero”, me repetía lo que yo negaba una y otra vez: “Aquí serás liberal pero en Nicaragua serías sandinista”. No quería tanto, podría decir al leer estos versos. Sin embargo, en los poemas cósmicos o comprometidos, si pueden separarse, hay tanta fuerza, tanta sinceridad, tanta ternura y tantos destellos de belleza que, dejando a un lado las diferencias ideológicas o estéticas, uno no puede sino exclamar “si, sí, quiero más”.
Espero que se permita, al hilo de poema que he elegido para este domingo, contar algunas anécdotas de aquellas jornadas inolvidables. Cuando llegué a San Sebastián y le conocí le dije, en broma, que no sabia cómo iba a terminar el viaje porque yo era la persona menos adecuada para presentarle y acompañarle. “¿Por qué?”, preguntó extrañado. “Porque tengo fama –le dije-, y no sólo por el apellido, de ser de la CIA”. A pesar de mis desmentidos posteriores, Cardenal se tomó en serio mi (mala) “fama” y, tras cada presentación, se levantaba y explicaba a la audiencia que, a pesar de lo que se dijera, “mi hermano Germán no es de la CIA” y que, por ello, iba a abrazarme delante de todos. Terminaron gustándome los abrazos y los aplausos del público antes de que leyera sus versos. Un día le conté que, estando en la Universidad de Kentucky, había ido varias veces a la Abadía de Getsemaní, en la que Ernesto Cardenal había estado con su maestro, el poeta Thomas Merton. A partir de entonces, además de ser su hermano y no ser de la CIA, añadía: “y hay tres cosas que nos unen: Dios, la poesía y Kentucky”.
Una noche, después de cenar, subimos a su habitación para beber vodka de una botella que custodiaba en su medio vacía maleta. Me preguntó como era Loyola y traté de describir someramente el santuario y el valle lleno de iglesias y conventos. Le dije que en uno de ellos estaba “la monja más guapa del mundo”. Era una broma del músico Javier Bello Portu, con el que nos inventábamos excusas para visitarla. Y, ciertamente, era tan sonriente y hermosa que bien podría ser la monja más guapa del mundo. Cardenal me dijo: “siento desilusionarte pero la monja más guapa del mundo está en Nicaragua y es prima mía”. Cómo no recordarlo al leer, en Vuelos de Victoria, “Recordando de pronto”…

RECORDANDO DE PRONTO

En mis últimos días en el mundo
cuando yo iba a ser un monje trapense
conocí en un balneario una linda muchacha
que iba a ser monja.
Era además prima mía.
Recuerdo aquellas piernas.
Sus curvas como la curva de la costa.
Su piel era morena como la arena de la playa.
Desnuda, excepto lo que cubría el traje de baño.
Iba a desposarse con Dios,
¡las Bodas con Dios!
Y yo pensé en el buen gusto de Dios.

Madre Ana aun es monja
pero en plena revolución nicaragüense
es monja reaccionaria.

Anuncios