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Pablo Neruda (nacido en Parral, Chile, en 1904 -cuando todavía era Ricardo Reyes-, y fallecido en la capital de ese país en 1973, dos años después de recibir el Premio Nobel) es, para el crítico norteamericano Harold Bloom, que le da un lugar de honor en su “canon de la literatura occidental”, un poeta que ningún otro, en el hemisferio occidental, admite comparación con él. Incluso quienes juzguen exagerada o arbitraria esta opinión contundente del profesor newyorkino admitirán la grandeza de Neruda, su apasionada y apasionante facilidad para convertir en poesía  las emociones y las ansiedades de la vida, las grandes cuestiones sociales o políticas, en las que se puede coincidir o discrepar, y las pequeñas -¿pequeñas?- de la vida cotidiana, incluso privadas y familiares, en las que anida el amor -uno de sus temas preferidos- y todo aquello que sin duda compartimos todos los seres humanos.

Su extensa obra fue universalmente reconocida en vida. Para él tuvo quizá un significado especial el doctorado honoris causa de la Universidad de Oxford y, naturalmente, el Nobel, que en sus memorias recuerda con orgullo e ironía recordando que, además de medallas y diplomas, también le entregaron el cheque. Como le contaran que el rey de Suecia se había detenido charlando con él más que con los demás galardonados y mostrando más simpatía, escribe que “tal vez haya sido una reminiscencia de la antigua gentileza palaciega hacia los juglares”.

Pero no hace falta ser rey, ni coincidir con las ideas políticas del poeta, para seguir agradeciéndole sus versos a este soberbio juglar. Para este domingo he elegido el poema XX de su famoso “20 poemas de amor y una canción desesperada”.

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Escribir, por ejemplo : ‘La noche está estrellada,
y tiritan, azules, los astros, a lo lejos’.
El viento de la noche gira en el cielo y canta.
Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Yo la quise, y a veces ella también me quiso.
En las noches como ésta la tuve entre mis brazos.
La besé tantas veces bajo el cielo infinito.
Ella me quiso, a veces yo también la quería.
Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos.
Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido.
Oir la noche immensa, más inmensa sin ella. 
Y el verso cae al alma como al pasto el rocío.
Qué importa que mi amor no pudiera guardarla.
La noche está estrellada y ella no está conmigo.
Eso es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos.
Mi alma no se contenta con haberla perdido.
Como para acercarla mi mirada la busca.
Mi corazón la busca, y ella no está conmigo.
La misma noche que hace blanquear los mismos arboles.
Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.
Ya no la quiero, es cierto pero cuánto la quise.
Mi voz buscaba el viento para tocar su oído.
De otro. Será de otro. Como antes de mis besos.
Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos.
Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero.
Es tan corto al amor, y es tan largo el olvido.
Porque en noches como ésta la tuve entre mis brazos,
mi alma no se contenta con haberla perdido.
Aunque ésta sea el último dolor que ella me causa,
y éstos sean los últimos versos que yo le escribo.

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