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En 2010, agotada durante su gira italiana, Patti Smith decide detener el viaje y dormir en la pequeña ciudad, desconocida para ella, en la que se encuentra ya avanzada la noche. A las 5 de la mañana, en la habitación del hotel, despierta de lo que ella misma llama “un sueño apocalíptico”: estaba en medio de bosques devastados y paisajes desérticos y, a su lado, San Francisco de Asís, de rodillas,  lloraba desconsolado. Aún conmocionada, se levanta, se viste, sale a la calle y, a pocos pasos del hotel, entra en una gran iglesia y encuentra, tras un tapiz rojo, un fresco que reconoce: “El sueño de Constantino”, el primer emperador romano convertido al catolicismo, pintado por el gran maestro del Renacimiento Piero della Francesca. Estaba, sin saberlo hasta ese momento, en Arezzo, en la Toscana, cuyo paisaje urbano reconocemos los que jamás la hemos pisado por la película “La vida es bella”, y la iglesia era la Basílica de San Francisco, al que poco antes, en su sueño, había visto llorar junto a ella.

Tras ello, la cantante y escritora comenzó a estudiar la vida de San Francisco y a escribir la canción “Constantine’s dream”, primero sola, luego con la ayuda del guitarrista Lenny Kaye. La vuelta a casa de Francisco advertido por una voz misteriosa que le impelía a no luchar y regresar, sus afanes religiosos y sus arrebatos místicos compatibles con la capacidad de organización de la orden y las intrigas y exigencias vaticanas, su deseo de predicar y de esconderse, su larga enfermedad, el deseo de encontrar la luz en la naturaleza y en el rostro de sus hermanos… Patti Smith, en los años 70 del pasado siglo, había abandonado su casa para ir a Nueva York ha encontrarse con el mundo underground hasta que conoció al guitarrista Fred “Sonic” Smith y se alejó de todo con él en una esquina perdida de Michigan en la que vivieron y criaron a sus hijos. “Cocinaba, hacía la colada, era madre a tiempo completo –explica-, quería acompañar y escuchar a mis hijos. Mi vida jamás ha sido tan punk como entonces”. Fred murió en 1994, a los 44 años, y un año después Allen Ginsberg le animó a subir de nuevo a los escenarios. Y a ellos subió con un bagaje impresionante de lecturas, de estudio del rock, el jazz y la música country y varios libros de cuentos y poemas escritos. Y con un raro sentimiento religioso (“tengo doble naturaleza, soy piadosa y, al mismo tiempo, revoltosa”). Con todo ello ha querido encontrar siempre una luz, quizá distinta de la del santo pero de parecida naturaleza, una luz que casa bien con el espíritu del “Cántico de las criaturas” o “Alabanzas en todas las horas” de Francisco de Asis.

La luz, al fin y al cabo, es el secreto y el misterio de “El sueño de Constantino” de Piero della Francesca, la que genera los afectos y el ambiente del fresco, la que esconde o revela la mirada de los sirvientes, la que ilumina al emperador que, al mismo tiempo, está dormido y a punto de despertar.

“Constantine’s dream” aparece ahora en “Banga”, el último disco de Patti Smith, que se presenta en toda Europa y es también como un sueño y en el que se puede escuchar, además, la guitarra de Jackson y el piano de Jesse, aquellos dos niños criados en Michigan. Me gusta esta mujer iluminada, la que se empapa de las “Iluminaciones” de Rimbaud, la que busca en las canciones las palabras y la inteligencia, la que “estrenó” su “Gloria”, arrodillada como el santo en el sueño, delante de la tumba de Jim Morrison, la que ha llorado, reído y soñado tanto.

 

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