En uno de los ya antiguos viajes de poetas por Estados Unidos, que ahora me vienen a la memoria recordando mi última estancia allí, cuatro hombres y una mujer durante varias semanas lejos de nuestros escenarios habituales formábamos un curioso microcosmos. Entre otras facetas de la vida humana que se reproducen así como en un ensayo de laboratorio está la del constante ejercicio de la seducción, del que en ese viaje aprendí algo. Nosotros utilizábamos cuatro sistemas distintos y –aunque imposibles todos porque la viajera Luisa Castro pensaba a todas horas en un músico que había dejado en Madrid investigando en la lejanía los ritos indios- no eran del todo despreciables. Al parecer han rendido resultados en circunstancias más favorables.

El de Luis García Montero era, sin duda, la ternura. Sus sonrisas, como muchos de sus versos, cuadran bien con las medidas clásicas… pero no las necesitan. Todas sus historias son encantadoras, hasta cuando miente como un bellaco (un bellaco encantador, es verdad), y crea a su alrededor un ambiente de fascinación. Es el seductor que, incluso si fracasa, da la impresión a los que le observan de que ha triunfado. Si no seduce a una, seduce a los demás. Jon Juaristi, por su parte, recurría a su literaria hipocondría para apelar a la protección. Estaba ahí, en una esquina, perorando muy ilustradamente sobre los deportes en la literatura europea de entreguerras (porque si Luis recuerda quién metió un gol, Jon sabe qué escritor estaba en las gradas) y, de pronto, algo le oprimía el pecho o en su costado aparecían los síntomas inequívocos del cáncer de huesos. Si hay a cien metros de una escena así una mujer que no sea fría como un iceberg se tiene que cercar, poner una mano temblorosa sobre su cuello y tratar de atemperar con amabilidad y arrumacos esos sufrimientos, esos avisos tremendos de muerte inminente. Si el guión previo no se completaba, siempre podía aparecer a la mañana siguiente, en el desayuno, diciendo que todavía no se encontraba del todo bien. Y esperar al próximo ataque.

A mi, que era –y soy- el menos intelectual de los cuatro, me dio por apelar a la curiosidad, dando la sensación –o pretendiéndolo- de que ni Luisa me interesaba, ni estaba dispuesto a revelar los secretos de mi pasado, ni iba a prestar la más mínima atención a las infantiles estrategias de mis amigos. Pero para seducir con estas armas hay que ser, por lo menos, Cyril Connolly que, aunque era un tipo desastrado, conquistó a una rubia hermosa y millonaria a base de sagacidad, muchas lecturas, una inquietante ironía y algunos hilos –de todo tipo- de origen tan selecto como misterioso. Si quiero parecer misterioso me toman por inseguro; si cosmopolita, por chófer de algún rico desesperado; si irónico, por un hombre habitado por la confusión… Y si pretendo dármelas de despegado siempre hay alguien que pregunta pudoroso si estoy estreñido o me ha sentado mal el almuerzo. Sólo conseguí que, en un restaurante en el que un académico trataba de explicarnos por qué había estudiado tres carreras, Luisa, agobiada por la interminable historia, se levantara, se acercara a mi, y me dijera:

– A ver, déjame que te vea de cerca. Me gusta… tu camisa. Me encanta el color amarillo.

El método de Alex Susana parecía el más eficaz. Un ejemplo real: en cualquier tertulia alguien menciona Boston y Alex, con absoluta naturalidad, inicia su relato:

– Boston… Yo estuve en Boston hace unos años y me ocurrió una cosa sorprendente. Había estado en Nueva York en una reunión de editores y, cuando comenté que quería ir a Boston, un profesor de Harvard me dijo que ni se me pasara por la cabeza ir a un hotel, que él tenía que quedarse una temporada en Nueva York y me dejaba su casa. El caso es que me dejó las llaves y, un par de días después, llegué a su casa, en la zona residencial más elegante de Boston. Era una casa preciosa, en el salón había un Picasso. Un Picasso original, ¿eh?, no una litografía. Y la biblioteca era magnífica. Cogí un tomo de Yeats y, cuando iba a entrar en el dormitorio, oí ruidos. Había alguien. La verdad es que sentí un poco de miedo, pero era absurdo quedarse allí, así que abrí la puerta y ví que en la cama había una mujer impresionante, rubia, con el cabello rizado, con un aire de frescura difícil de explicar. Después del susto, le expliqué las razones de mi presencia allí y le dije que me iba a dormir al salón, pero ella, sonriendo con malicia, dijo: “No, no, ni hablar, los amigos de Mike son también mis amigos”, y levantó las sábanas…

Una mujer de buen corazón escucha esto y se siente, al menos, intrigada, que es el comienzo de la atracción: ¿qué tendrá este hombre, aunque yo aún no me haya dado cuenta? Seguramente aprovechara la primera oportunidad para saber más de Alex y, si da con su “Cuaderno veneciano”, no podrá  quedar indiferente al enterarse de que una mañana salió del palacio que también le habían prestado para comprar una jaboneta y terminó en la bañera con una hermosa italiana. ¿Qué tendrá este hombre que yo aún no he percibido? ¿Qué tendrá que convierte en tan afortunadas a las mujeres con las que se encuentra? Decididamente, si la seducción tiene alguna relación con la capacidad para despertar pasiones, la pasión más vigilante es la envidia intrigada. Es como aquel personaje de Kundera que no lograba ligar con nadie en el balneario: llama a una amiga de Praga, la compaña por las instalaciones, la mete en su habitación para contarle sus penas y, cuando la amiga se marcha a la vista de todas, empieza a tener éxito con las mujeres.

Pero ya he dicho que hasta los más refinados sistemas resultaban inútiles con Luisa. Cada uno se conformaba con una frase o una caricia furtiva y todos, por la noche, en larguísimas conversaciones que recordaban las de los adolescentes que pasan la noche fuera de casa por primera vez, nos consolábamos mutuamente o administrábamos los silencios para suscitar la duda de si había habido algo más. En otro viaje anterior, por cierto, incluso tuvimos que compartir cuarto en casa de Samuel Amell durante una escapada un poco rocambolesca de Lexington a Columbus para huir por unas horas de tantos esfuerzos seductores: chistes e historietas hasta la madrugada. En aquella ocasión tuve que compartir la cama –eso sí, muy grande- con Luis García Montero. Lo anoto por si de verdad la intriga y la envidia resultan un buen método.

(Ciudad sumergida)

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