Etiquetas

Estos días de Feria del Libro, en los que amablemente te hacen un hueco en alguna caseta para charlar con pasados o futuros lectores, que no siempre se acercan, me distraía yo imaginando, no se por qué, la verdad, a Federico García Lorca recorriendo sonriente este sorprendente Paseo de los Libros del Retiro. Vestido de blanco, trajeado naturalmente, con pajarita, estrechando la mano a un visitante, deteniéndose ahora ante un escritor, luego ante un poeta, más tarde ante un historiador y crítico. Saludando a todos, siempre con un comentario o una pregunta amable, no queriendo de todos modos interrumpir o queriendo llegar también a la caseta en la que sabe que hay otro amigo. Y, de pronto, quedándose, entre nervioso y expectante, delante de un escritor desconocido con su novelista igualmente desconocida, sin saber bien qué preguntar o qué decir, pero sin quererse marchar de allí, pidiendo una silla y diciendo, con aire de pronto tímido, que, a pesar del calor, se siente la brisa. Como si ante el encuentro, todo, incluso los libros, perdieran de pronto un interés que se ha centrado en el que va dejando de ser un extraño.

Abandono

¡Dios mío, he venido con
la semilla de las preguntas!
Las sembré y no florecieron.

(Un grillo canta
bajo la luna.)

¡Dios mío, he llegado con
las corolas de las respuestas,
pero el viento no las deshoja¡

(Gira la naranja
irisada de la tierra.)

¡Dios mío, Lázaro soy!
Llena de aurora mi tumba,
da a mi carro negros potros.

(Por el monte lírico
se pone la luna.)

¡Dios mío, me sentaré
sin pregunta y con respuesta!,
a ver moverse las ramas.

(Gira la naranja
irisada de la tierra.)

Anuncios