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El pasado mes de abril,como tantas veces antes, volví a la Universidad de Kentucky. Cuando llegas a una universidad norteamericana recibes una seria, y aparentemente caritativa, advertencia: “Las sonrisas de las alumnas no significan lo mismo que en España”. En realidad, lo que quieren decir es que, aunque sean agradables, no significan nada: te cruzas con ellas en el campus y sonríen mecánicamente, como un impulso de su reloj interior. Seguramente el nuestro, en Europa, es más lento, un tanto cíclico y tenemos la sensación de que volveremos a encontrarnos o, al menos, de que no hay nada que impida que pueda suceder. Habrá tiempo, por tanto, para los gestos, para dotar al encuentro, o a la relación, de un sentido más profundo en el que las sonrisas tengan el lugar adecuado a lo que significan.
En Kentucky, incluso rodeados de campos aparentemente tranquilos(es la tierra de los caballos, del tabaco, el refugio de antaño de los gánsters), todo está contagiado por la vertiginosa velocidad de los Estados Unidos. Se ha reducido el tiempo, y todo son ocasiones únicas suspendidas en la ligereza absoluta. El reloj interior trabaja allí por impulsos y las sonrisas de las estudiantes -y de las mujeres en general- no son medios, sino remedios.
Todo parece escaparse y las sonrisas, automáticas, son “imperdibles”. Quizá aquellos estudiantes sean en el fondo tan puritanos porque esa apariencia se ha convertido en algo “políticamente correcto”, pero no son pudorosos, algo que implica, al estilo de Rousseau, que era de la vieja Europa, distingos y delicadezas heredadas. Se pueden concebir los placeres de la vida, en este tráfago de prisa, como éxtasis puntuales (y entonces las sonrisas y todas las prácticas amorosas son el manual de la vida) o a la vieja y europea usanza, como un trayecto (y entonces las circunstancias y la memoria son el manual de la vida. Allí te sonríen como digo, nadie recuerda que te sonrió.
En Europa, donde hay que reconocer que el pudor tampoco está precisamente de moda, imagino que se debe a una atávica concepción del tiempo y de la vida como trayecto -y, por lo tanto, con esperanza- el que, al sentir la necesidad de decir algo cuando se acerca el orgasmo, se exclame “me voy”. En Estados Unidos, tras tantas décadas de educación sexual, dicen “me vengo”. Me vengo a ese instante que no puedo perder porque es lo único que existe. La acción ha podido con la esperanza. Me voy, por el contrario, fuera del tiempo y de los instantes, a otro lugar en el que sea posible otro trayecto.
Sin embargo, quizá cada día nos parecemos más. Nos vamos contagiando todos de una prisa que lo centrifuga todo y, sin tiempo, la gimnasia mecánica va a ganar la partida a los gestos, que son movimientos con sentido. Llegará el momento, me temo, en que el amor se vuelva imposible, en el que no se resista tener que decir “yo te amo” porque tras decir “yo” y “te” comprobemos que el cuerpo, que hemos convertido en la única patria de las emociones, no ha alcanzado el éxtasis. ¿Cómo seguir entonces? “En todos los lugares se enamora la gente”, me dice una alumna, claro, sonriente. Pero creo, más bien, que lo que hacen los que logran enamorarse es escapar de todos los lugares. Y estamos tan apegados al que pisamos…

(Ciudad sumergida)

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