Etiquetas

Sobre el libro que publiqué el mes pasado “Jesús de Sarría, el nacionalista heterodoxo”, editorial Muelle de Uribitarte.

La vida de Jesús de Sarría es la apasionante historia de un fracaso. Lector impenitente, agitador intelectual, soñó con una revista cultural –dijo Alejandro de la Sota- como otros soñaban con un caballo de carreras o una novia de ojos azules. Junto a un grupo de amigos, heterogéneo en costumbres e ideas, fundó la revista Hermes, sin duda uno de los grandes monumentos culturales del Bilbao del siglo XX, pero la iniciativa apenas duró seis años (de 1917 a 1922) agobiada por las pérdidas económicas y la falta de los apoyos que creyó podía aglutinar durante mucho tiempo. Este fracaso, que no empalidece la importancia de la publicación mientras se editó, supuso para Sarría, de algún modo, el descalabro de su concepción de Bilbao como el lugar en el que podía fructificar la convergencia del poder económico, que se acrecentó al termino de la Gran Guerra, y la pujanza cultural. El señorito de Algorta, que vestía elegantes y coloridos chalecos y se paseaba en calesa con calefacción, fue así desilusionándose de los grupos pujantes en la vida económica y financiera de Bilbao, que le parecían insensibles a la justicia social, hasta escribir su famoso “Oligarcas y ciudadanos”, en el que plantea un programa más típicamente socialdemócrata que inclinado, como algunos han defendido, al cristianismo social. En una carta a su admirado Unamuno se declara, sin ambages, un “hombre de izquierdas”.

El espíritu de Hermes respondía a una idea repetida por Miguel de Unamuno, maestro de todos sus fundadores y al que el propio Sarría, “director-propietario” de la revista, llamaba “el presidente de Hermes”: no es la unanimidad la que nos mantiene unidos sino la conversación. Para comenzar a editarla se reunieron seis jóvenes de Bilbao, todos ellos con una biografía que ya era en 1917 interesante intelectualmente, que no podían ser más dispares. Tres nacionalistas, Alejandro de la Sota, hijo del acaudalado empresario Ramón de la Sota, hermano del que sería ese mismo año el primer presidente nacionalista de la Diputación de Vizcaya, Ignacio de Areilza, abogado que entonces era concejal en el Ayuntamiento de la Villa y el propio Jesús de Sarría. Tres no nacionalistas, incluso adversarios ideológicos, que, aunque su evolución hacia la derecha o el fascismo se produjo posteriormente –en un camino que se dio al mismo tiempo en sectores de la derecha de otros países europeos-, representaban en 1917 una opción liberal y un tanto iconoclasta: Joaquín de Zuazagoitia, Pedro Mourlane Michelena y José Félix de Lequerica.

Todos ellos eran lo que pasado el tiempo Jorge de Oteiza llamó “vascos mundiláteros”: habían estudiado en Francia o Inglaterra, leían a todos, viajaban, estaban atentos a lo que ocurría en el mundo y se sentían vinculados al concepto de Europa que en la Gran Guerra habían defendido los aliados, discutían siempre con sentido del humor. Los tres no nacionalistas tenían como maestro a Unamuno; los tres nacionalistas a Unamuno y Sabino Arana, al que no mitificaban sino que concebían como el hombre que, despertando el sentimiento nacional, había iniciado un camino en el que ellos querían evolucionar. Sarría siempre tuvo por don Miguel más que veneración, como demuestra su nutrida correspondencia. Areilza había hecho un encendido elogio del catedrático de Salamanca en el pleno municipal en el que solicitó que una de las bibliotecas de Bilbao llevara su nombre. Para Sota y sus constantes lecturas era parte indisociable de su vida. Hermes, sin dejar de ser una revista nacionalista, quería unirlos, a ellos y a muchos otros, en un proyecto común que, como tal, tenía que ser de todos y que debía empezar por rendir honor y reivindicar a los hombres de cultura universal que un cierto nacionalismo quería apartar. Su director, incluso en los momentos en que Hermes se inclinó más al nacionalismo militante, logró mantener unidos a los fundadores y sus amigos (en una carta le dice a Unamuno que, de los principales, sólo Gregorio de Balparda y Salaverría se habían desvinculado del proyecto) pero el fin de la revista presagiaba ya divisiones irreconciliables y el fracaso de una batalla conjunta.

Su propia concepción del nacionalismo se estrelló contra un muro. Nacido en La Habana, vivió allí con la nostalgia del País Vasco que presidía la existencia de su padre pero no heredó de él el nacionalismo. Tras la muerte de sus progenitores, volvió a Algorta y en la casa de sus tías, sobre todo a partir del euskera que allí escuchaba y la reinterpretación de los sentimientos de su padre, recaló en el nacionalismo “no sin tiempo y esfuerzos”, como él mismo reconoce. Pertenece, desde su primera militancia bajo la influencia de Luis de Eleizalde (nacionalista de primera hora, de aquellos a los que Sabino Arana confía lo que se ha dado en llamar la “evolución españolista”, hombre culto y anglófilo, traductor de Scott, preocupado por la educación y por una cultura vasca abierta y moderna), al grupo de los que concebían a Arana como el comienzo de una evolución que no mitificaba el pasado y que no pretendía la independencia, sino el logro de una plena autonomía en el Estado. El, además, acuñó la expresión “vinculación española” como una pertenencia que no era una imposición sino una realidad secular que formaba parte de su vida y de sus sentimientos. En Hermes colaboraron nacionalistas de todas las tendencias en unos momentos de vibrante debate interno y división abierta entre Comunión y los aberrianos, entre autonomistas y separatistas, entre quienes mantenían una concepción étnica y confesional o una tesis moderna, laica y democrática, aunque a nadie se le oculta que la revista estaba más cerca de los autonomistas laicos, es decir, del fondo ideológico que Sarría puso negro sobre blanco en el librito “Ideología  del Nacionalismo Vasco”. El renovador, junto a otros, se convirtió en un intelectual heterodoxo que terminó siendo expulsado y no encontró acomodo ni con los tradicionalistas y ultramontanos ni con los aberrianos independentistas.

Tantos sinsabores y fracasos, la ruina y las complicaciones sentimentales, hicieron que Jesús de Sarría, para espanto de todos, se arrojara en 1922 del balcón de su casa, entonces en la calle Correo, y no pudiera ser salvado por los médicos que le atendieron. Y todos, de uno y otro lado, de una u otra tendencia, se unieron de nuevo, a la hora de su muerte, para lamentarla como lamentaron el fracaso de sus afanes. Pero ya no estaba junto a ellos el que Basterra llamó, con justicia, “el tesorero de nuestras esperanzas”.

Anuncios