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En el debate europeo (público y privado, en los medios de comunicación y en el interior del Consejo Europeo, informal o formal) se diría que el gran defensor de los eurobonos, se conforme por el momento o no con colocar el asunto sobre la mesa, es el presidente francés François Hollande. En España es ahora, al parecer, bandera del PSOE –o de su secretario general- que, acepta una intervención más decisiva del Banco Central Europeo en la adquisición de deuda, como exige o ruega el presidente Rajoy, pero entiende que los eurobonos son “los antibióticos” necesarios en el momento presente. Sin embargo, el actual ministro de Asuntos Exteriores del Gobierno de España, cuando era vicepresidente de la Comisión de Economía del Parlamento Europeo y hace bien pocos meses candidato a formar parte del Gabinete de Rajoy, era, en representación de su partido, el gran valedor de los eurobonos: “nutren –declaró- el mecanismo de rescate. Cuando un país tenga que acudir a ellos, le someterán a un examen, sobre todo por su comportamiento en materia de gobernanza, y, según ese examen, le darán dinero más caro o más barato”. “Habrá eurobonos, no queda otra”, añadió insistiendo, como ya había dicho en el Parlamento Europeo, que Alemania había calculado mal el coste que le supondría. En una tribuna periodística publicada a finales de 2011, García Margallo subrayaba la necesidad de un papel más activo en el mercado de deuda del BCE y, otra vez, en los eurobonos. Y, en declaraciones casi simultáneas, ponía dos ejemplos fuera de la zona euro que, a su juicio, revelaban las ventajas con que contaban en Estados Unidos (“la Reserva Federal ha aumentado su potencia de fuego un 236%, nosotros el 103%) y en el Reino Unidos (“El Banco de Inglaterra ha comprado un 20% del PIN en deuda pública, el BCE sólo un 2%) y esperaba que, cuando países como España o Italia demostraran su esfuerzo por el control y la disciplina, se podría poner en marcha “la que se puede llamar pata de la solidaridad.

Su Secretario de Estado de Asuntos Europeos, Iñigo Méndez de Vigo, al afirmar que renegociar el pacto fiscal europeo no era “ni posible ni razonable, añadió que la emisión de eurobonos sería bien vista por Alemania “cuando los países se comprometan firmemente con la consolidación fiscal”. El secretario del Partido Popular Europeo, el español y popular López-Isturiz, señaló asimismo que la mayoría de sus partidos miembros, veían con simpatía la propuesta de Herman Van Rompuy de que el BCE se convirtiera en prestamista de último recurso de los estados.

La bandera de los eurobonos ha quedado, sin embargo, en manos ajenas al Gobierno del PP por razones pragmáticas. No se quiere dar la impresión de que España tiene problemas para financiarse a si misma y, ante la necesaria demora de un cambio del Estatuto del Banco Central Europeo, le ha parecido a Rajoy más eficaz dejar aparcada la reivindicación de los eurobonos para insistir, ante la posición alemana, en una acción más intensa y urgente del BCE en la adquisición de deuda pública y, en consecuencia, una rebaja de los intereses de la misma, siempre exhibiendo el compromiso y el correspondiente sacrificio en el cumplimiento de las exigencias de estabilidad y de las reformas estructurales. Alemania, como se sabe, es recelosa y dicta las normas, aunque haya otros países europeos que la apoyen, pero España, que renuncia en el debate a un concepto del gobierno  económico de Europa –BCE incluido- distinto del actual, no puede únicamente “rogar” una solidaridad, un “favor” de Alemania en momentos críticos para el precio de la deuda, sino buscar afanosamente el apoyo de otros países, y de la Comisión, para modificar la abstención en esta materia del Banco Central y, en lo posible, eliminar los intermediarios en una ordenada y sistemática adquisición de deuda. Es cierto que no vivimos el momento en que las emisiones son las más caras de la historia pero su coste, hoy, es mucho mayor teniendo en cuenta los ajustes presupuestarios y el montante de intereses y principal que supone  la deuda en unas cuentas que deben tratar de salvaguardar los servicios básicos del Estado. El pragmatismo, también por cierto el de Hollande, exige hoy rondar a Alemania, pero el modelo de Europa y su gobierno económico con una moneda única, no es debe ser sólo solicitado a esa poderoso país sino, con posiciones razonadas y explicadas, negociado con todos los europeos. Esta, y no otras, sí que es buena materia para el consenso en España.

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