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– Aquí se sentaba Hemingway.

– Me parece que eso era en el Iruña de Pamplona.

– Y en este, dice. Y allí al fondo se sentaba Bertolt Brecht.

– ¿Brecht? Yo creo que nunca estuvo en Bilbao…

– ¿Y la canción?

– ¿La canción? Yo qué se por qué la tituló “Bilbao”… He oído decir que era el nombre de un prostíbulo alemán, algo portuario, de marineros, pero el título no de debe a que hubiera estado aquí.

– Pues yo sigo diciendo que aquí se sentaba Hemingway y allí Bertolt Brecht.

Vale. El es así, pero su imaginación encaja bien con el centenario Iruña, que ha sido siempre el refugio de los sueños. Sí, ya sé que el género ha sido siempre bueno, y que organizaron tras la Gran Guerra la encuesta más suculenta para que los parroquianos eligieran sus bebidas preferidas, y que Unzué se preocupó desde el primer día por la atención esmerada, y que los azulejos son hermosos y vistosos, y el altillo para la orquesta entre las dos barras es cosa de mucha consideración. Ya sé todo eso, y también que el Iruña, tantos años en el Ensanche, testigo de tantas ansias y tantas emociones y de tantas penas ahogadas en vino y amabilidades es algo más que la suma de los elementos del inventario y del negocio.

Allí, de niños, nos colábamos para pedir un vaso de agua, una disculpa para contemplar a los serios clientes conversar de toros y fútbol y, cuando el verano nos cogía en la Villa, era el lugar ideal para soñar con los sanfermines, de los que aún no podíamos disfrutar pero se podían inventar en un lugar que llevaba el nombre de la capital de Navarra y se había inaugurado, precisamente, un 7 de julio, el de 1903. Ese “nosotros” éramos los de Abando, los bautizados en la iglesia de enfrente, que nos parecía monumental y misteriosa. Pero más misteriosas –y a menudo más monumentales- nos parecían las mujeres que tomaban el aperitivo en las mesas junto a las ventanas que dan a los jardines de Albia, y por allí nos paseábamos antes de entrar y, para seguir espiando, pedíamos ya algo más fuerte que un vaso de agua, quizá un refresco.

Y luego nos fuimos haciendo mayores, pero el Iruña siguió siendo el lugar de las fantasías del barrio. Hay cosas que, en la adolescencia, se hacen siempre en grupo y a los que nos dio por soñar con ser escritores, el Iruña, aunque Hemingway no hubiera estado nunca allí, ya que mi amigo no puede demostrarlo, se convirtió en una suerte de paraíso hemingwayano, y allí nos íbamos con cuadernos y lápices a intentar contar historias que nunca se podían escapar de nuestros escenarios habituales. A veces nos colocábamos junto a las ventanas, para que los paseantes fueran testigos del comienzo de brillantes carreras literarias, pero en otras ocasiones, quizá cuando teníamos algo más sentido y verdadero para escribir, intentábamos que los camareros, fuera de los horarios de comidas, nos dejaran colarnos en el interior, que nos parecía tan exótico, tan mediterráneo. Decían que en el Ayuntamiento, para demostrar lo sorprendente que era Bilbao, también había un salón árabe, pero no nos dejaban comprobarlo. Allí vi por primera vez –y por última, al menos de cerca- a Carlos Fuentes, vestido inmaculadamente, como el inglés que vino a Bilbao de otra canción, presentando Los años de Laura Díez, otra historia de cien años en las que se mezclan los datos de la vida pública con la íntima de dos mujeres. Allí, esta vez sólo por primera, charlé con Mario Benedetti, interrumpiendo su conversación con Ángel Ortiz Alfau. Y allí,en esta ocasión la única, me pude partir de risa con Mújica Lainez que, ante las preguntas surrealistas e insistentes de un colega, le dijo: “Ya sé que ustedes, los vascos, han sufrido mucho, pero le aseguro que yo no tengo la culpa”.

Luego aparecen las melancolías, que ya no nos abandonan nunca, y qué mejor lugar que el Iruña para amasarlas con un café o con una copa. Sí, resulta hemingwayano, como aquellos grandes cafés de París en los que el escritor de Michigan se sentía a gusto porque, como tantos otros, allí podían estar solos y estar juntos. Solos porque nada en el Iruña es agobiante ni agresivo. Juntos porque, entre paredes y azulejos, entre adornos y mesas, tan clásicas, tan de toda la vida, se ve bullir Bilbao, se averiguan las horas en las que la vida social estalla y en las que se retira, se contemplan las modas y los usos, los que son cambiantes y los que resultan permanentes, se oye hablar de la noticia del día y, si uno se demora escuchando, también de esas emociones que anidan, en todo lugar y en toda circunstancia, en los corazones humanos. Imagino en el Iruña a todos los personajes de mi Bilbao letrado. Tengo derecho a ello si mi amigo fija con escrupuloso detalle dónde se sentaban Hemingway y Brecht. Imagino a Alejandro de la Sota vagabundeando por allí, escuchando irónico las conversaciones de sus amigos y conocidos, Sánchez Mazas, Mourlane, Miquelarena, etc. En las que recorrían a velocidad inusitada el tortuoso recorrido entre la rebeldía y la derecha. Y a Zunzunegui tratando de que le pagaran el café. Y a Blas de Otero cimentando su amistad con Aresti. Y a Unamuno pensando que Bilbao, en definitiva, es un Iruña más grande porque allí, entre los buenos menús de la famosa canción y los mejores caldos, se cimentaba el “vivir universal y civil” del fraile Savonarola.

Allí tomaba un café el párroco de San Vicente, que se iba volviendo sordo al tiempo que se quebraba. Discutía acaloradamente con un amigo y el cura me dijo que callara, que se iba a enterar mi padre, como si mi padre fuera más omnipresente que el Dios de su iglesia. Y todo lo que se de juzgados lo he oído a los abogados y funcionarios judiciales que aún toman el aperitivo en el Iruña sin dejar de mirar a la audiencia. Uno aprende cosas sorprendentes en el Iruña y allí oí decir a un abogado sabio que, con los clientes, hay que utilizar la primera persona del plural, que no se puede decir “vas a ir a la cárcel” sino “como nos descuidemos, vamos a la cárcel”. La compañía de los parroquianos del café, siempre tan vivo, da una cierta tranquilidad, aunque uno esté solo ante el destino y la voluntad de los hombres, aunque no sepa porque aquella mujer del fondo, la de la blusa blanca y el vaso de tubo no se digna mirarte, aunque no sepa si Dios le está mirando a ella, que por su belleza podría ser.

Los cien años del Iruña no son mis cien años, pero lo parecen. Ahora, pasado el tiempo, recorridos tantos kilómetros, sigue teniendo algo de palacio de la imaginación, pero es, sobre todo, el de la memoria. Y recordando los anuncios de jerez y vinos de Málaga de los azulejos, piensa uno que no es mal lugar para quedarse, como el duque George Clarence que, cuando fue condenado a muerte por su hermano, el rey Eduardo IV, eligió morir en un tonel de tan suculento vino.

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