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El pasado domingo, tras conocerse el triunfo de François Hollande en las elecciones presidenciales francesas, escuché en la radio a un hombre que decía al periodista que iba a saludar a Hollande en el mismo sitio en el que, además de celebrar el  triunfo en 1981, despidió a François Mitterrand tras su muerte en enero de 1996. Yo no estuve allí pero lo recuerdo perfectamente. Sonó mi teléfono y oí la voz inconfundible del músico y director de orquesta Javier Bello Portu: “Germán, estoy en la Bastilla, rodeado de una multitud, despidiendo por los dos a Mitterrand”. Por los dos. Estaba bien porque años antes, una mañana de sábado inolvidable, habíamos “asaltado” al presidente de la República en la Plaza de los Vosgos cuando descendía de un automóvil, ante la sorpresa de los paseantes, con el sombrero en la mano y una sonrisa un tanto huidiza. Tuvo la amabilidad de detenerse un momento con nosotros y saludarnos con palabras amables sobre España. Quizá mi sorpresa era mayor que la de los demás, incluido Javier que vivía en Paris desde 1970, porque muchos de ellos habían podido verle subir y descender del coche en la rue Brieve, en el Barrio Latino, donde estaba su domicilio. Yo, casi adolescente, había querido escribir una novela “francesa” sin haber estado nunca en Paris y situé inocentemente a mi harapiento personaje en una buhardilla de la rue Brieve que, cuando fui a verla, estaba llena de policías y barreras contra el tráfico de coches.

Ninguno de los dos, ni Javier ni yo, éramos socialistas. Javier, viviendo allí, sentía admiración intelectual y política por Mitterrand y siempre le perdonó todo, desde los errores de cálculo (como en el 68 contra su adversario De Gaulle) a la interesada potenciación de la extrema derecha para dañar las opciones de los gaullistas pasando por algunos episodios de corrupción de familiares cercanos. A mi me había acercado a su figura un filósofo que, aparentemente, estaba en sus antípodas ideológicas pero que mantuvo con el político francés una amistad inquebrantable: Jean Guitton, académico, amigo de Pablo IV, llamado por Juan XXIII al Concilio Vaticano II como único laico participante en sus deliberaciones. En una entrevista le preguntaron si, como filósofo y teólogo, se sentía más a gusto con Giscard d’Estaigne, Pompidou o Mitterrand, que eran los tres últimos presidentes a los que, como a De Gaulle, había tratado con asiduidad. “Con Mitterrand”, respondió sin dudarlo. “¿Por qué?”, siguió el entrevistador. “Porque con Giscard podía hablar de la Iglesia y con Pompidou de religión, pero con el único con que podía hablar de Dios era con Mitterrand”. Eran amigos. O más que eso, como demuestran cientos de gestos de los dos a lo largo de la vida. Un año después de la muerte de Mitterrand, Guitton escribió Mi testamento filosófico, un libro lleno de sentido del humor e ironía en el que imagina su propia muerte, los comentarios de los académicos en su funeral y en el que, a la hora del juicio ante Dios, elige a Mitterrand como abogado.

Sin dejar de lado ninguno de sus rasgos políticos, a mi me interesaba el Mitterrand de Guitton, el presidente amigo del filósofo, el lector un tanto angustiado, el hombre con el que se podía hablar con Dios, el que se había equivocado y había acertado con inusitada convicción. “¿De dónde son ustedes?”, preguntó cuando le asaltamos y Javier, el más unamuniano de los unamunianos, se diría que a veces más incluso que don Miguel, respondió: “De donde era Unamuno”. Y Mitterrand: “Oh, Unamuno, tan pegado a la realidad y a lo espiritual… pero ¿creía?”. “Dudaba, dijo Javier, de una cosa y de la otra”. “Claro”, concluyó el presidente. A Guitton le dijeron un día que, mientras él creía (era en Francia el “philosophe catholique” por antonomasia), su amigo no. Mostró la imagen de la Virgen que llevaba en el bolsillo y dijo: “Yo soy un supersticioso, él un místico”.

Por eso me gusta pensar que aquel anochecer del comienzo de 1996, cuando Javier nos representaba a los dos en la despedida a Mitterrand en la Bastilla, también Guitton estaba con nosotros de algún modo con sus 96 años a cuestas. “A mi me gusta Unamuno –me dijo un día Javier Bello Portu- porque dudaba con convicción”. Como ellos. Dudar con convicción debe ser, quizá, aceptar el misterio. En uno de sus muchos encuentros, Guitton le contaba a Mitterrand que el misterio es la única escalera posible para superar los barrotes de la vida. El presidente le preguntó cuál era el último. “La muerte”, respondió el filósofo. “¿Y después de la muerte?” “Eso que se llama el más allá”. “Pero ¿qué es el más allá?”, quiso saber Mitterrand. “No lo sé, el misterio… Por eso lo llamamos el más allá”, dijo Guitton.

Ahora deben saberlo los tres, que aceptaron el misterio como parte de la vida misma, tantas veces como la mejor explicación. Cuando, también en la Bastilla,  su nuevo sucesor en el Elíseo, François Hollande, se presenta como el admirado heredero de Mitterrand, espero que, al menos de vez en cuando, no se olvide del abogado de Guitton, del hombre que habló de Unamuno con el músico vasco, del que quería saber qué era el más allá.

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