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Los marinos de mi familia están del lado de mi madre. Mi abuelo, como muchos otros entre sus antecesores, todos nacidos en las orillas de la Ría de Bilbao, era marino mercante, contramaestre de un buque que recorría el mundo en largas travesías que a mi y a mis hermanos nos parecían llenas de aventuras. Cuando el barco –que para nosotros era “su” barco- llegaba a Bilbao, nos invitaba y nos lo enseñaba, a veces creo que con más emoción que la nuestra. Recuerdo haberle visto llorar cuando falleció la abuela y mi extrañeza porque sintiera de ese modo la ausencia de quien estaba lejos de él tantos meses al año. No entendía yo bien entonces qué es en realidad la distancia ni seguramente el amor. Pero el abuelo era la representación de la vida en la mar, el vínculo con el afán de irse, de navegar, de descubrir nuevos mundos, como si todo eso tuviese que ser necesariamente una herencia.
Mi padre, sin embargo, pertenecía a una familia centroeuropea para la que el mar debía ser, en todo caso, un sueño y los barcos, que los usaron con profusión, un simple medio de transporte. La actividad de los Yanke estuvo vinculada al mar, de todos modos, desde que su abuelo llegara a Bilbao y se convirtiera en consignatario de buques en el puerto. El poeta catalán Alex Susanna me envió desde los Países Bajos postales que reproducían los carteles publicitarios de Yanke Hermanos anunciando líneas marítimas por medio mundo. Pero él, mi padre, sí que tenía amor a la mar, a contemplarla, a navegar, a la pesca, a la terminología marítima, a su historia. No era una herencia, sino una pasión. El heredero fui yo, aunque con ese cierto desdén de los que poseen un capital que ha generado otro.
Durante los veranos en Plencia volvía cada día en la que llamaban “caravana del hambre” –los coches que se alejaban de Bilbao en cuanto terminaba la jornada laboral “intensiva”- para comer algo y hacerse a la mar con sus amigos. Y si el tiempo no lo permitía para colocarse el chubasquero y limpiar la embarcación o reparar los aparejos. Le gustaba charlar con los pescadores del pueblo, vagabundear por el puerto y, al anochecer, contar sus historias y anécdotas. Uno de ellos, al que frecuentaba más que a otros (un asturiano que a mi me parecía que debía tener mil años, El Banderillas), me enseñó pretendidos secretos de la pesca y de la navegación a la vista mientras mi padre, a un lado, sonreía con sus enseñanzas y mis preguntas. En una ocasión me contó un naufragio y el fallecimiento de un pescador que, angustiado por la espera entre los restos de la embarcación, se dirigió a nado hacia la costa y fue estrellado por las olas contra las rocas. “Fuimos todos esa noche a su casa y le llevamos algo a su viuda”. “¿Qué le llevaron?”, pregunté. “Flores”. “Y a la mañana siguiente, cuando la mar amainó, llevamos también algo a aquellas rocas asesinas”. “¿Qué llevaron?”, volví a peguntar. “Flores”, dijo. Con aquella historia escribí un cuento ingenuo con el que gané un premio literario, uno de los muy pocos que he conseguido en mi vida. Recuerdo el título: “Y se lo dijeron con flores”, que era una mala copia de un anuncio publicitario. Pero su historia era para que aprendiera algo que El Banderillas me repetía una y otra vez mientras la contaba: “Germantxu, en la mar no hay agarraderas”.
La tragedia de la mar, las historias de tormentas y naufragios, contrastaba con la placidez con que a mi se me presentaba su visión desde la playa o en la mayor parte de las breves salidas de pesca a la que era invitado. Una tarde, sentados en la popa del San Valentín, con la mar en calma, quizá le pregunté si aquella inmensidad, aunque estuviera recortada por los límites de la bahía, producía calma o inquietud en el ánimo. Digo quizá porque no recuerdo la pregunta, pero sí la respuesta de un hombre que, como él, no estaba inclinado a las frases altisonantes y a las conclusiones filosóficas: “El vaivén de las olas remueve lo que tenemos dentro, sea esto lo que sea”.
Uno de aquellos años, ya frisando el otoño, mi padre, en compañía de su amigo Manu Fernández y puede que de algún otro, fueron en el San Valentín hasta la desembocadura de la Ría de Bilbao para asistir a alguna regata. Junto al Puente de Vizcaya, que es un trasbordador y no un puente colgante como lo llaman, enarbolaron frente a los muelles repletos de espectadores una ikurriña y con ella izada salieron a El Abra. Franco estaba a punto de morir y aquella bandera no estaba entonces permitida. Mi padre no tenía nada de nacionalista, más bien lo contrario, y, cuando de vuelta a Plencia nos los contó, mi madre le regañó por el gesto y el riesgo: “Mujer, la mar es de todos”, respondió. Y yo, que ni entonces ni ahora he tenido especial aprecio por esos símbolos, le entendí muy bien: es verdad, la mar es de todos, sobre todo de lo prohibido sin motivo.
Una tarde de verano estaba yo, adolescente, con unos amigos en la playa de Plencia. No solamente era el lugar del baño y de la holganza, sino el del ligue y los descubrimientos. De pronto, alguien divisó en la mar a una muchacha que se ahogaba y la gente, más expectante que activa, se fue arremolinando en la orilla mientras la bañista daba muestras evidentes de no poder permanecer en la superficie. Antes de que ninguno de los mirones entre los que me encontraba hiciera nada por salvarla, un hombre, desde una de las embarcaciones que salían a pescar, se lanzó al agua en su busca y tuvo que sumergirse porque la chica se hundía. Cuando apareció de nuevo con ella entre los brazos y la conducía todo lo rápido que podía a la playa, una señora, a mi lado, me dijo: “Fíjate bien, chaval, es un héroe”. Llegaron a la orilla. Ella, sin sentido. Él, vestido, calado hasta los huesos. Nos acercamos y los rodeamos cuando, sobre la arena mojada, trataba de reanimarla y en ese momento vi que aquel hombre era mi padre. “Papá”, dije, pero no me hizo caso. En cuanto la chica reaccionó, expulsó al agua que tenía dentro y comenzó a toser compulsivamente, mi padre la tomó de nuevo en sus brazos y la llevó corriendo hacia el sanatorio cercano. No me miró siquiera, pero era mi héroe. “Es mi padre”, le dije a la señora. El héroe en que debía fijarme era mi padre.
Veinticinco años más tarde, cuando la vida le había quebrado la salud y se había empeñado en golpearle la existencia y el ánimo, me dijo una mañana que ya no merecía la pena seguir vivo. “¿Cómo que no? –le replique- Ya dijo aquella mujer de la playa que eras un héroe”. Murió unos días después.

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