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LA MUJER QUE VENDÍA MARLBORO

Guy Davenport fue hasta su muerte profesor en la Universidad de Kentucky. Era ya entonces y sigue siendo hoy, más allá del mundo anglosajón, un “autor de culto”. En aquella Universidad tuve el honor de conocerle –te invitaba a comer y, cuando llegabas, te dejaba compartir con él, en su despacho, los sándwiches que llevaba preparados de casa- y de sostener con el autor de Tatlin! algunas conversaciones interesantes. Me dijo, por cierto, que la traducción de este libro al español era mejor que el original porque su editor, Mario Muchnik, había corregido algunos errores de sus cometarios sobre Física. Pero me ha venido hoy a la memoria porque en una ocasión me dijo que el mejor escritor europeo que conocía era Pierre Michon, que había tenido un gran éxito en 1984 con Vidas minúsculas y del que yo no sabía nada.
Tampoco después de que, en 2009 –ya fallecido Davenport-, ganara el Premio de la Academia Francesa con Los once, en el que evoca la Revolución Francesa. Nada hasta ahora que Anagrama ha publicado El origen del mundo, editado en Francia en 1996, libro breve e intenso por el que he descubierto que Davenport, si no toda, tenía mucha razón. Michon cuenta en esta novela la llegada a Castelnau, a orillas del río Beune, de un joven de apenas 20 años que es contratado como maestro. En España, traducido por María Teresa Gallego, el libro se titula El origen del mundo pero en francés es La Grande Beune. Un doble acierto, sin duda, porque, en primer lugar, no tenemos aquí las referencias adecuadas de la geografía francesa y, en segundo término, porque la evocación del famoso cuadro de Gustave Coubert viene muy bien, a mi juicio, para un libro en el que la ausencia de artimañas y ocultación no evita, ni quiere hacerlo, el misterio.
Cada frase de la novela de Michon es una maravilla con la que se hilvana una historia en el que el paisaje, hasta en la descripción, se mezcla y se confunde con los personajes, entre los que dos protagonistas, la dueña de la pensión en la que vive el maestro y la turbadora estanquera de la que queda fascinado tienen un papel preponderante. La región de Francia en la que transcurre, famosa por su mitología y sus cuevas prehistóricas, sirve también de escenario –real y literario, telúrico y de lenguaje- para revelarnos las raíces y las imposibles ansias de volar de sus habitantes. Suenan las palabras de Michon como seguramente suena el viento entre las rocas, las cuevas y los bosques de Castelnau y pasan las estaciones del año por las páginas de la novela con tal viveza que todo se aprecia. Pero, por encima de unas cosas y otras, está vez logrando despegarse de la tierra aunque sea, como todo, también imposible, la sensual historia de amor del joven maestro fascinado por la estanquera: “Mi deseo se llamaba Yvonne y vendía Marlboro”. Una delicia, como el libro.

Pierre Michon, El origen del mundo, Anagrama, Barcelona 2012, traducción de María Teresa Gallego Urrutia

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