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Como soy un mitómano (alguien que pretende engrandecerse, aunque sea artificialmente, con algún lazo con los grandes) y Louis Aragon ya había muerto, fui en 1985 a celebrar mi cumpleaños a Saint-Arnoult-en-Yvelines para visitar, en el parque del Molino de Villeneuve, la tumba de Louis Aragon y dejar sobre ella unas flores. Porque allí reposan los restos del poeta y los de Elsa Triolet.
Louis Aragon (nacido en Paris en 1897 y fallecido en la misma ciudad en 1982) es uno de los más importantes representantes del surrealismo, cuyo nacimiento como corriente literaria está intimamente ligado a su obra. Fue también un destacado militante del Partido Comunista Francés, aunque nunca perdió en la peripecia complicada del partido en el siglo XX su personal independencia de criterio. Y, sobre todo, uno de los intelectuales militantes de la Resistencia contra el nazismo en la Segunda Guerra Mundial.
Pero mi visita tenía más que ver con lo apasionante que me parecía la raíz de su poesía. Porque la razón y el motivo por el ensayista del Tratado de estilo o el novelista de El campesino de Paris comenzó a escribir versos con más energía y asiduidad que antes en la década de los 40, como si necesitara imperiosamente refuguiarse en ese género para decir lo que quería decir, fue el amor por Elsa. Elsa da sentido a todo: a su obra, a sus compromisos políticos, a las angustias nunca curadas de no haber sido nunca reconocido como hijo por su padre, que lo había tenido con una amante y lo presentó siempre como su hermano pequeño, a los sinsabores de la vida política y literaria. Y Elsa, que estába allí enterrada junto a él, está presente -hasta en el título- en Los ojos de Elsa (19429, Elsa (1959), Loco por Elsa (1963)…
Pocas cosas -seguramente ninguna- dicen tanto sobre Aragón y sobre la poesía. De su Cántico a Elsa reproduzco hoy la Obertura.

CÁNTICO A ELSA
(Obertura)

Te toco y veo tu cuerpo y tú respiras,
ya no es el tiempo de vivir separados.
Eres tú; vas y vienes y yo sigo tu imperio
para lo mejor y para lo peor.
Y jamás fuiste tan lejana a mi gusto.

Juntos encontramos en el país de las maravillas
el serio placer color de absoluto.
Pero cuando vuelvo a vosotros al despertarme
si suspiro a tu oído
como palabras de adiós tú no las oyes.

Ella duerme. Profundamente la escucho callar.
Ésta es ella presente en mis brazos, y, sin embargo,
más ausente de estar en ellos y más solitaria
de estar cerca de su misterio,
como un jugador que lee en los dados
el punto que le hace perder.

El día que parecerá arrancarla a la ausencia
me la descubre más conmovedora y más bella que él.
De la sombra guarda ella el perfume y la esencia.
Es como un sueño de los sentidos.
El día que la devuelve es todavía una noche.

Zarzales cotidianos en que nos desgarramos.
La vida habrá pasado como un viento enfadoso.
Jamás saciado de esos ojos que me dan hambre.
Mi cielo, mi desesperación de mujer,
trece años habré espiado tu silencio cantando.

Como las madréporas inscriben el mar,
embriagando mi corazón trece años, trece inviernos,
trece veranos;
habré temblado trece años sobre un suelo de quimeras,
trece años de un miedo dulce amargo,
y conjurado peligros aumentados trece años.

¡Oh niña mía!, el tiempo no está a nuestra medida
que mil y una noche son poco para los amantes.
Trece años son como un día y es fuego de pajas.
El que quema a nuestros pies malla por malla
el mágico tapiz de nuestra soledad.

(Versión de María Dolores Sartorio)

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