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La represión bárbara y los asesinatos en masa siguen siendo el más fuerte instrumento de El Asad en Siria. Las sanciones más contundentes –y al menos su simbolismo de cara a los sufrimientos de los opositores- quedaron en nada por el veto de Rusia y China. Un veto, ante la gravedad de lo que ocurre en ese país, que subraya algunas lamentables evidencias: que la ONU no es una reunión de democracias, que su sistema de funcionamiento representa a los poderosos (algunos de ellos sospechosos o acreditados totalitarismos) y que no responde a la defensa de determinados principios en las relaciones entre sus miembros o a la defensa de los derechos de sus ciudadanos, y que, para lo que cuenta, resulta de una inutilidad pasmosa. Como si todo eso fuera poco, el secretario general nombra a un enviado especial en Siria, que esos poderosos imponen a la Liga Árabe, que, después de una gestión llena de vergüenzas en la organización, se comporta con una desfachatez pasmosa. Kofi Annan, al que no se investiga por corrupción como antiguo secretario general porque ni para eso hay instrumentos válidos, se presenta en Damasco proponiendo un pacto con el sangriento dictador El Asad que supone una bofetada a los opositores, una mayor aún a las víctimas que había certificado y denunciado la propia responsable de Asuntos Humanitarios de la ONU, Valerie Amos, el cierre efectivo de la exigencia de responsabilidades y las futuras actuaciones de tribunales internacionales y una salida que los asesinos no podían imaginar antes de la participación de Annan en este asunto.

Pero hay que tener en cuenta también que la propuesta de una intervención militar internacional para detener la masacre no es un invento de gabinete al que se pueda oponer el sentido común de un funcionario de su rango. Una fuerza de intervención internacional árabe, con la ayuda de los cascos azules de la ONU, fue propuesta por Qatar y Túnez y apoyada por un buen número de países árabes hasta que Estados Unidos, Europa y Turquía se opusieron frontalmente a ella. Ante las sugerencias de Annan, el jefe de la principal plataforma de oposición en Siria, el Consejo Nacional Sirio, declaró que no podría haber verdadera solución sin la presión militar al régimen de El Asad. Mentar, como se hace, el temor al rechazo de la oposición interna y de los países árabes a cualquier contundencia con la dictadura, es una mala disculpa. Más valdría, por decencia mínima –y mientras se acepta la indecencia de una continuada represión asesina-, que se explicara que el equilibro con Rusia y China, el interesado sostenimiento de una ONU caduca, el miedo a Irán o la esperanza de negocios futuros son las causas de la pasividad internacional incluso en contra de las demandas de países árabes y opositores sirios. Si el mundo es una vergüenza moral más vale, al menos, reconocerlo.

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