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A Fernando Ortiz (Sevilla, 1947) le conocí hace muchos años en casa de otro poeta, Andrés Trapiello. No le he vuelto a ver pero recuerdo bien el encuentro porque me gustó el personaje: elegante, con una conversación interesante y divertida, con amplísimos conocimientos sobre poesía que iba desgranando de modo nada forzado y sin ánimo alguno de apabullar. Llevaba en una bolsa de una tienda de lujo el cheque con el que le indemnizaban del trabajo perdido pero no perdía ni la sonrisa ni el buen humor asegurando que con parte de su importe se iba a abonar a Canal+ para ver el fútbol, que no todo iba a ser poesía.
No le he vuelto a ver pero le he leído con interés y placer porque es, sin duda, uno de los grandes poetas españoles y uno de los más sagaces críticos literarios. Ha marcado de algún modo (con sus poemas “delicados y emocionantes” dice José Mateos, y con sus cientos de artículos y su labor como editor) la poesía que se ha escrito en España en los últimos años.

UNA VIDA

Una vida, ¿os la cuento
como si fuese un tango?
La niñez, que es la Arcadia
cuando la recordamos.

La pubertad, el sexo,
los estudios colgados,
el asombro ante el mundo
que yo soñé en mi mano.

Mucho atolondramiento,
echar los pies por alto.
El tedio, que se instala
como insidioso gato.

Descubrirme en el otro,
saber que le hago daño.
También la poesía.
Y está todo contado.

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