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Quisiera hoy hacer una doble recomendación. En primer lugar, un artículo de prensa publicado por Manuel Hidalgo en El Mundo en su serie “Galería de imprescindibles”. Con la maestría que le caracteriza, Hidalgo nos presenta, personal y literariamente, a Thomas Wolfe, el escritor norteamericano que nació en 1900 y falleció sólo 38 años más tarde. Fue entonces una promesa de grandeza literaria que la mala suerte truncó, pero fue también, entonces y ahora, un soberbio escritor que nos dejó páginas inolvidables. En este artículo se nos narra el viaje agotador de Wolfe por los parques naturales norteamericanos, la continuación del periplo a Vancouver, donde enfermó, la vuelta a Baltimore en donde ya se vio que no tenía remedio. Y el detalle de que, consciente de su fin, pidió papel y pluma para escribir a su amigo Maxwell Perkins tras años de alejamiento.
La segunda es, propiamente, la recomendación de este sábado. Una breve novela de Thomas Wolfe -“El niño perdido”- publicada por Periférica al año que acaba de terminar. El libro, a partir de los recuerdos de su infancia, nos lleva, como el relato del artículo, y con un tono de profunda y contenida tristeza, a esas verdades eternas como el amor, el paso del tiempo y la muerte que sólo los más frívolos dejan avanzar a su lado sin detenerse en ellas. Leyendo uno y otro (el artículo y el libro) no he podido en Gover, el niño protagonista de la novela, al propio Thomas que concentra sus penas en un defecto físico y que observa su entorno como él mismo haría, en su hermana a los siete hermanos del autor marcados por dolorosas muertes. Tras este relato, en el que es especialmente impactante la madre, Wolfe aporta también una visión personal de la América de su tiempo, entre la desesperación y la Exposición Universal de Saint Louis de 1904.

El recuerdo y la ausencia, el dolor y la esperanza, un mundo que va de lo nebuloso a lo nítido. Una pequeña joya, pero muy valiosa.

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