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Hace hoy 17 años y 26 días, en uno de los salones del Hotel de Londres de San Sebastián desde el que se veía como las olas avanzaban tranquilamente por La Concha, desayuné con el dirigente del PP Gregorio Ordoñez. Además de recuerdos de tiempo atrás y de repetirme su entusiasmo por su hijo, Goyo me habló con una mezcla de rabia y de pasión del drama de ETA en el País Vasco y de sus pesquisas sobre la infiltración de la banda en la Policía Municipal de San Sebastián, ciudad de la que era concejal. Levantaba la voz, hacía aspavientos, se ponía nervioso y, en un momento de la conversación, no porque yo dudara sino para tranquilizarle de alguna manera, le dije: “Goyo, no exageres que siempre has sido un exaltado”. Y él, rápido, con un melancólico convencimiento, me respondió: “Cuando me den un tiro vienes y me dices si soy un exagerado”.

Hace hoy 17 años –es decir, sólo 26 días después de aquél encuentro- un terrorista de ETA asesinaba a Gregorio Ordoñez en un restaurante de San Sebastián. Cuando recibimos la noticia en la redacción de El Mundo del País Vasco, periódico en el que yo trabajaba entonces, no queríamos creerla. Llamábamos una y otra vez a distintas instituciones o personas con la vana esperanza de que alguien nos dijera que era un error, que no había asesinado, que seguiría, aún asumiendo el riesgo, defendiendo con valentía sus ideas y sus ideales como había hecho hasta entonces. Pero le habían asesinado y me tuve que pasar aquella tarde (y aquella noche y…) llorando y recordando el desayuno y las palabras tremendas de finales de diciembre. Pocas horas después de este último encuentro estuve, en su misma ciudad, con José Luis López de Lacalle, amigo del alma y columnista de nuestro periódico. Le conté lo que me había dicho Ordoñez y, con la misma intención de las llamadas del 23 de enero, es decir, con la de que lo desmintiera, le pregunté si pensaba que era posible que atentaran contra el dirigente popular. “Claro –respondió-, es un hombre valiente, que no se calla, y los terroristas lo saben y son asesinos”. Años después, por esas mismas razones, ETA asesinó también a José Luis.

La vida del País Vasco durante muchos años ha sido esto y la verdad de Gregorio Ordoñez y de José Luis López de la Calle, tan distintos personal e ideológicamente, no son sus ideas, sino la constatación de que, precisamente por ser víctimas, y víctimas inocentes, ha habido verdugos. Verdugos culpables. Conviene recordarlo ahora, me parece, cuando, sorprendentemente, tantos se ocupan de los verdugos apartando, para anestesiar la conciencia, a las víctimas.

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