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Vuelvo, como seguiré haciendo, a Borges. Cuenta que en septiembre de 1980 estuvo con la viuda de Xul Solar, su extravagante amigo experto en astrología, religiones y ciencias ocultas, y que ésta, que había sido cuidadora de la casa, le contó que, poco antes de casarse, sentía el temor de descubrir que Xul no fuese perfecto, como ella había pensado desde tiempo atrás. ¿Qué habría hecho entonces? le preguntó Borges. “Seguir a su lado”, respondió.
Años antes, en otro continente -Europa en este caso- la madre de Ravel no ocultaba ante nadie el abatimiento por la muerte de su marido. Al contemplar su dolor y desconsuelo, una amiga se acercó a ella y le dijo que todo aquel sufrimiento, soportado con resignación, sería valorado por Dios y le serviría para alcanzar el cielo. La madre del músico de Ciboure debió poner cara de contratiempo o de duda porque su amiga le preguntó si no deseaba ir al cielo. Ella respondió: “Prefiero ir al cielo, claro, pero donde quiero terminar es donde esté mi marido”.

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