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No recuerdo el año exacto a comienzos de la década de los ochenta. Escribía entonces en el diario nacionalista Deia (que me trató siempre mucho mejor de lo que yo haya tratado nunca al PNV) y acudí a cubrir la información de una reunión celebrada en Bilbao de aquella coalición interminable AP-PDP-PDL… y no sé cuántas siglas más. El democristiano Julen Guimón, con el que después mantuve una amistad fraternal hasta su muerte, estaba enfadado conmigo por algo que había escrito y, muy alterado, me prohibió la entrada al salón del Hotel Ercilla en la que se celebraba el encuentro. Me qudé sentado en un sofá con la esperanza de que, antes o después, alguien me informase de lo que allí estaba pasando y, de pronto, don Manuel Fraga se acercó dando grandes y sonoras zancadas.

– ¿No entra usted?, me preguntó.

– No me dejan.

– ¿Cómo es eso?

– Julen Guimón está enfadado por un artículo mío y me lo ha prohibido.

– Venga conmigo.

Y, al colocar la mano sobre el pomo de la puerta, se volvió para preguntarme:

– ¿Cómo se llama usted?

– Germán Yanke

Abrió la puerta, buscó con la mirada a Julen Guimón y, al verle, le dijo:

– Guimón, no sé si usted conoce a mi amigo Yanke…

El otro, tras recuperarse, cambió el rostro adusto por la sonrisa:

– Claro, don Manuel, es buen amigo mío… Germán, buenos días, siéntate por aquí.

Desde aquella mañana, aquel terremoto de hombre empezó a caerme mejor, lo confieso. O, más exactamente, comenzó a caerme bien. Imagino que cada cual ve a los personajes que están en el escenario público según sus particulares ideas y el color del cristal con el que se los mira y, para mi, Fraga era el franquismo no sólo desde que empecé a ejercer el periodismo sino, por influencia de mi padre, desde mucho antes. Éramos conscientes, mi padre y yo, de su evolución, de que era uno de los pocos dirigentes franquistas que pensaban que nada estaba “atado y bien atado” y que era impepinable el camino hacia la democracia, de su papel significativo y decisivo en la Transición, de que “le cabía el Estado en la cabeza”, como dijo Felipe González, pero también era, en el fondo de nuestra visión de las cosas, el franquismo. No se trata de una urticaria de izquierdas –lo que nunca fuimos-, sino de una valoración de lo que fue el franquismo y la dictadura. Tiempo después, cuando José María Aznar fue elegido, precisamente por él, su sucesor y presidente del PP, hizo un viaje a Londres para conocer y explicar sus planes a Margaret Tatcher. Como todavía no hablaba inglés en la intimidad le acompañó Federico Trillo. Nada más sentarse en su despacho, la Dama de Hierro les dijo que les deseaba mucho éxito pero que nunca apoyaría personalmente a su partido.

– ¿Por qué?, le preguntaron.

– Porque no apoyaré a un partido fundado por un ministro de Franco.

Aznar reaccionó, la verdad, con rápida sagacidad:

– Lo respeto –le dijo- pero quiero que sepa que, cuando me critican en el Parlamento español no me llaman franquista, ni fraguista, sino tatcherista.

La política británica sonrió, se deshizo la gélida actitud con la que comenzó en encuentro, y siguió la conversación distendida. No sé si Tatcher sabía que muchas de las cosas que trasladó a su trabajo en la ponencia constitucional procedían de su experiencia y su reflexión mientras fue embajador en Londres

A Fraga le vi después en bastantes ocasiones, en Madrid o en Santiago, pero sólo mantuve con él una conversación larga y a solas. Fue en el despacho del presidente de la Xunta en la Delegación de Galicia en Madrid. Al llegar allí me dijo:

– Tenía ganas de conocerle.

– ¿Sí?

– Es que tengo una curiosidad.

– Dígame.

– Su apellido es checo, ¿no?

– Así es.

– Tendría que ser originalmente con jota.

– Efectivamente, le dije, la cambió mi bisabuelo por la y griega para que en Bilbao le llamaran Yanke en vez de Janke.

– Porque sería de Bohemia…

– Sí.

– De los Sudetes, claro.

– Sí.

– ¿Cerca del monte Kleis?

– Ya sabe usted más que yo, le dije.

Luego lo comprobé y, efectivamente, Blotterdorf, su pueblo, está al pie del monte Kleis.

En aquella larga charla, Fraga me habló, como un torrente, sin que yo dijera nada, de Bohemia, del nacimiento de Checoslovaquia (“un nuevo país sin nacionalismo”, me dijo), de la invasión nazi de los Sudetes, de Galicia, de sus lecturas recientes. En un momento de su monólogo dijo una frase que no he olvidado:

– Permítame que me interrumpa a mi mismo pero ahora quiero contarle…

Yo estaba allí callado, escuchando, pero me sentía a gusto. En un momento volvió a mi familia y me preguntó por mi abuelo.

– Había nacido en España y se sentía español pero seguía siendo checo, o bohemio, o austrohúngaro, no sé, porque Checolovaquia nació cuando él estaba aquí.

– ¿Un monárquico español hijo de un monárquico bohemio?, preguntó.

– No sé si mi bisabuelo era un monárquico bohemio pero mi abuelo era un republicano.

– ¿Le conoció?

– No.

– ¿Cuándo murió?

– En 1940, despojado de sus bienes y de sus esperanzas.

– Lo siento, dijo.

Y, ya al final, como me sentía cómodo, me atreví a decirle, con un cierto temblor en la voz y con un poco de osadía, que, aunque valoraba muchas de las cosa que había hecho, no podía quitarme de la cabeza que había sido ministro de Franco.

– No se lo quite, no podría, lo fui, me dijo sin inmutarse.

Hubo un silencio, que serían unos segundos pero que me pareció eterno, y añadió:

– Usted es de los que en el País Vasco llaman “constitucionalistas”, ¿no?

– Sí.

– Pues también puede relacionarme con la Constitución.

No duró mucho más la entrevista. Pidió un libro y me lo dedicó.

– ¿Puedo estrecharle la mano?

– Claro, será un honor, le dije.

Luego vi que la dedicatoria era “a mi amigo Yanke”, como aquella ocurrencia de los ochenta para tranquilizar a Guimón. Y me volví a casa convencido de que, a pesar de las discrepancias y el pasado, mi abuelo y mi padre también le habrían estrechado la mano con respeto.

Descanse en paz.

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